En el PP estaban a punto de descolgar el retrato de Garzón de su galería de hombres ilustres y aguerridos patriotas hasta que obró el milagro. El juez proclamaba esta semana que los policías enviados por el Gobierno del PP a Guantánamo para interrogar a decenas de detenidos no hicieron nada ilegal sino “una actividad de inteligencia”. Es más, si hablaron con los que allí estaban enjaulados como animales y con grilletes en los pies fue por voluntad de ellos, que bien podían haberse negado moviendo la capucha de izquierda a derecha. El agua se convertía en vino y la mierda en flores, bendito sea.
Además de para el PP, el asunto olía fatal para Garzón, que fue quien recibió la información que los policías quisieron darle, sin que le asaltara duda alguna sobre la legalidad de su origen, posiblemente porque fue informado con carácter previo. Así que el superjuez, muy mirado con lo suyo, ha tirado de desodorante y, de paso, le ha hecho el favor de su vida a Rajoy, que ya se sabe que no está en los suevos ni en Felipe V, pero al que se le supone enterado y conforme con lo que hacía el Gobierno del que era vicepresidente.
En cualquier otro país, la revelación no hubiera tenido por qué resultar escandalosa. Al fin y a cabo, es de suponer que los policías españoles no llevaban pilas de petaca para dar descargas eléctricas a los detenidos ni pretendían ensayar nuevas técnicas de gota malaya, sino que buscaban datos acerca de las actividades que grupos islamistas podían estar llevando a cabo en España e impedir posibles atentados terroristas. Mal está comulgar con la existencia de esa aberración llamada Guantánamo, pero peor aún hubiera sido renunciar a obtener una información vital para la seguridad nacional.
Lo lógico era mantener esta tesis, pero en vez de eso los dirigentes populares se habían puesto a silbar el Only you hasta que Garzón le dio al Rexona. ¿Por qué? Pues porque reconocer que ya en julio de 2002 se temía un atentado islamista y que se enviaban agentes en misión especial al mayor centro de tortura del mundo se compadecía muy mal con la política ‘vaquera’ de Aznar en Iraq y, sobre todo, con la obstinación del PP por mantener su teoría conspirativa favorita que implica a ETA en el 11-M.
Para que no falte de nada en este reino de la hipocresía que es la política española, los mismos socialistas que ahora acusan al PP de complicidad con Bush y con su campo de concentración son los que han consentido, sin decir una palabra más alta que otra, que Estados Unidos siguiera utilizando los aeropuertos españoles como escala de los vuelos secretos de la CIA, en los que trasladaban detenidos a Guantánamo desde cualquiera de las cárceles clandestinas que ha mantenido en Europa. En definitiva, que los americanos son muy malos pero que venga otro a poner el cascabel al tigre, que con retirar las tropas de Iraq ya tuvimos bastante.
Desde este jueves se juzga a los presuntos autores de los atentados del 11-M. España ha demostrado al mundo que para castigar a los terroristas no es necesario arrasar países, ni elevar monumentos a la impunidad, ni siquiera recortar las libertades individuales. Es el mejor ejemplo de cómo se hace Justicia en democracia y de por qué nos sentimos orgullosos de nuestro modelo de sociedad. Es la mejor manera de no sentir vergüenza.
El sistema no es perfecto pero resiste. Aguanta que enviemos a funcionarios al otro lado del espejo, a ese país de los horrores que se llama Guantánamo; soporta el silencio por el tránsito ilegal de prisioneros delante de nuestras mismas narices; y tolera incluso que a Garzón le haya abandonado el desodorante.
escudier@elconfidencial.com

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