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13 Febrero 2007

El desalojo de los trabajadores de Cajastur: todavía hay quien cree que Manuel Menéndez, Antonio Trevín y Vicente Álvarez Areces no están en lo mismo, del Editorial en El Comentario

El desalojo de los trabajadores de Cajastur, se produjo en la noche del domingo, sobre las 22:30, en una actuación rápida y limpia, desarrollada por la Policía, bajo el control directo del Delegado del Gobierno, Antonio Trevín Lombán. Se trata de una operación sin precedentes conocidos -por lo menos para nosotros- dado que ningún encierro había sido desalojado en esta comunidad autónoma con ayuda de los antidisturbios, lanzando sobre cinco trabajadores encerrados una impresionante fuerza armada que resolvió el asunto en unos minutos. Como quien sopla en el humeante cañón de una pistola tras un certero disparo.

El recuerdo de otro presidente de Cajastur, Ángel Fernández Noriega, llevando personalmente la comida en una cesta a los dirigentes sindicales del SOMA-UGT y de CCOO de la minería, José Ángel Fernández Villa y José Antonio Hevia, al encierro que mantenían en el Pozo Barredo de Mieres los cuadros sindicales de la minería, contra la reconversión de Felipe González, podría ser el marco perfecto para explicar la evolución de quince años de la historia de Asturias, desde que en 1993 Juan Luis Rodríguez Vigil tuvo que abandonar el gobierno en medio de un impresionante espectáculo de corrupción.

No pretendemos que los presidentes de las cajas de ahorros tengan que llevar cestas con la comida a los trabajadores encerrados, pero sí que respeten sus derechos a la manifestación pública de sus opiniones y sus discrepancias, algo que parece muchísimo pedir, cuando nos encontramos con la feroz censura que hoy es ya práctica diaria en el Principado, que oculta nuevamente a la población asturiana el conocimiento de lo sucedido. La Nueva España aplica directamente la censura anticonstitucional contra la información del desalojo, El Comercio da una nota y La Voz de Asturias lo refleja razonablemente; todo en proporción inversa a la difusión de cada medio. Eso es lo que hay.

Una sociedad en la que una empresa puede comprar el silencio de la prensa para sus problemas laborales poniendo pasta encima de la mesa, es una sociedad enferma en la que el autoritarismo se ha adueñado de los resortes esenciales que garantizan el ejercicio de los derechos y libertades fundamentales. Ese mal de la sociedad asturiana es ya un hecho. Manuel Menéndez está comprando el silencio de los medios a la vista de todo el mundo, y este clima de emponzoñamiento le viene muy bien a ciertos personajes que dan pasos, a grandes zancadas, hacia la tiranía, y lo hacen porque van muy a gusto subidos en esa moto.

La persecución contra los dirigentes sindicales de la Corriente Sindical de Izquierdas, Cándido González Carnero y Juan Manuel Martínez Morala, cuyo segundo juicio se celebraba en Gijón, con una impresionante concentración de antidisturbios a la puerta del juzgado, tras la denuncia, por parte de estos líderes sindicales, de la infiltración de un policía en sus filas, había descubierto ya, ante los atónitos ojos de muchos militantes de izquierdas, que la coalición PSOE-IU que gobierna en Asturias podía jugar sucísimo, en su entrega a los intereses inmobiliarios de quienes pretenden encerrar a estos sindicalistas en la cárcel para remover el último obstáculo para el pelotazo de Poniente en la bahía de Gijón.

Cuando Trevín sucedió a Vigil, tras la crisis del Petromocho, las instituciones asturianas se pusieron de acuerdo para enterrar la investigación judicial de una operación en la que un grupo de empresarios habían ya desembolsado dinero par gozar de las opciones que el estafador Maurice Jean Lauze les había colocado encima de la mesa para escapar con cien millones de pesetas de comisión. Aquello no se investigó. Tampoco se investigó la adjudicación de la llamada Autovía Minera a un pool de empresarios que sirvió para corromper sin remisión al malhadado gobierno de Sergio Marqués y preparar la victoria por mayoría absoluta del hoy presidente del Principado Vicente Álvarez Areces.

Cuando Areces llegó al gobierno e intentó hacerse con la llave de la cámara blindada de Cajastur, el escándalo de la Ley de Cajas se zanjó con una comisión de investigación que se cerró en falso, sin aclarar el destino del crédito condonado por la entidad financiera a Juan Cofiño, con el que se sufragaron los pagos para liberar a dos miembros de la delegación del gobierno asturiano en Cuba en el año 1991, detenidos por escándalos sexuales por las autoridades de la isla.

El Caso Campelo se ocultó en algún cajón de las dependencias judiciales asturianas, sin que nunca se llegase a nombrar el tribunal popular que había de juzgar el primer caso de corrupción, en el que un jurado había de tomar la decisión sobre el castigo a los culpables de aquel escándalo de comisiones ilegales.

Nunca se aclaró en medio de todas aquellas turbulencias, cómo se pudieron condonar los créditos al Grupo Mall, afín al presidente Areces -impulsor de negocios en Campeche y Panamá, así como la fallida Air Asturias-, cómo se condonaron también las deudas del empresario Manuel Meleiro que impulsaron la denuncia del Caso Villafría que se cerró de manera silenciosa en la Audiencia, ni por supuesto, cómo pudo entregar Vicente Álvarez Areces al empresario Victorino Alonso, hoy con gravísimos problemas judiciales en la vecina comunidad, los créditos de Cajastur contra la Minero Siderúrgica de Ponferrada.

Aquí siempre se tapó todo lo que afecta a las personas importantes -aquí, "importante", es igual a rico o influyente-, en una cama redonda montada entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y nunca como ahora se había visto públicamente la connivencia entre esos tres ámbitos del poder del Estado, para convertir Asturias en un pozo purulento en el que todo vale, con tal de que quienes hacen negocios sucios puedan seguir haciéndolos tranquilamente, sin que nada interrumpa el corro de la patata que bailan políticos, empresarios logreros, empresas periodísticas y vividores de toda laya, que tienen en el Principado de Asturias su paraiso antinatural para comprar, vender, sobornar, pagar comisiones y salir corriendo sin poblema alguno, por mucho que sus negocios destrocen la calidad de vida de la mayoría de la población.

Ahora el magama del pasado cristaliza en la rocosa realidad del presente, en el que en nombre de una sedicente izquierda, la Asturias que presume de sus ansias de libertad, se manifiesta como lo que realmente es: una tierra degradada y envilecida, en la que se persigue libremente a los trabajadores que protestan por sus condiciones de trabajo, en la que se despide a quienes osan preguntar por los secretos de alcoba de los vividores que campan por sus respetos, y en la que se encarcela a quienes llegan, en su desparpajo, a crear problemas a los negocios ilimitados de la casta que aquí ha usurpado el poder del pueblo, para elevar al gobierno a los gerentes de los intereses de una plutocracia zafia y sin escrúpulos, que ha convertido esta industriosa tierra, en un lugar en el que han desaparecido todas nuestras industrias tradicionales, para dar paso a unos pringosos negocios que sólo se basan en la destrucción de los recursos naturales y en la más pura y dura depredación.

Eso sí, los profesores universitarios, los periodistas, los "intelectuales" en definitiva, están a la cola para que les pagen el próximo librito o el próximo cursillito, callados como auténticos sinvergüenzas, asintiendo con su silencio cómplice, cuando no con su colaboración activa, prestándose de vez en cuando a estampar su firma en un manifiesto de los muchos que se elaboran que sólo sirven para lavar conciencias. ¡Qué progre, qué liberal soy, que firmo manifiestos! `¡Dan asco!

¿A quién puede extrañar que los mismos que impulsan y apadrinan este estado de cosas, desde el ejecutivo de coalición PSOE-IU y desde la Delegación del Gobierno, hayan podido ponerse de acuerdo con el presidente de Cajastur, para desalojar ilegalmente a los trabajadores encerrados en una protesta pacífica? Si no hacemos nada para combatir la corrupción que nos pudre, si no lo hemos hecho a lo largo de todos estos años, ¿De qué nos extrañamos ahora? Y todavía hay inocentes que piensan que Menéndez, Areces y Trevín no tienen intereses plenamente convergentes.

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