Cuando el Constitucional empieza a perder aureola, a ojos de los que le tenían por imparcial, ponderado y ecuánime; cuando se empiezan a oír voces advirtiendo de los costes en inversiones económicas del rifirrafe político en que España anda metida; cuando el ruido es sustituto del debate y los dos grandes partidos van entrando en el territorio de la opacidad; es entonces que conviene calibrar de nuevo la vida pública. Conviene, pero no es posible obtener la menor incidencia. Desde Barcelona, no hay eco en Madrid. En Madrid, no hay ganas de cambiar parámetros. A estas alturas, ya no sabrían por dónde empezar.
Así que, con su permiso, les voy a hablar de la cuestión más importante entre las que se trae entre manos el catalanismo: su división, emparejada a la desorientación estratégica. Sabidas son dos circunstancias, tan antitéticas como complementarias. Por un lado, la sensación de notable impermeabilidad de la sociedad respeto del mensaje, la sensibilidad, los modos, la textura. Por el otro, la persistencia. Desde que se recuperó la democracia, siempre ha habido mayoría absoluta nacionalista en el Parlament. Es una constante, un vector de fuerza que parece equilibrarse con el de la escasa permeabilidad. En la sociedad catalana, queda mucho fuera, por lo que no es factible proponer objetivos comunes con la esperanza o la seguridad de que sean aceptados y apoyados. Catalunya es una nación deshilachada, o por lo menos lo parece.
¿Es entonces recomendable reagrupar fuerzas, marcar un rumbo, señalar objetivos y conjurarse para una acción unitaria en Madrid? Tal vez, pero no parece que el momento haya llegado, ni desde luego CiU y ERC están por la labor. Esquerra tiene clara la estrategia, tanto para ella como para los de Mas y Duran. Consiste, grosso modo, en que cada partido nacionalista se dedique a convencer un espacio político-social, a derecha e izquierda. Tú te metes en tu campo, yo en el mío, ambos a sembrar, y luego a comparar cosechas. Es una jugada un tanto arriesgada, pero es la que hay. Pormenorizando un poco, los principales riesgos son: primero, el acomodo de los de Carod y Puigcercós a una prolongada hegemonía socialista, algo así como la fórmula de gobierno municipal de Barcelona trasladada a la Generalitat; segundo, la negativa de CiU a moverse de su propósito de casa común, o sea, abstenerse de aproximarse a sectores sociales de centro y derecha poco sensibles al catalanismo y esperar a que el electorado nacionalista de izquierdas se dirija a CiU por su cuenta y le vaya ampliando la ventaja (a saber en cuántas legislaturas) hasta conseguir una nueva mayoría suficiente; el tercer riesgo consiste en que el divorcio actual entre CiU y ERC se convierta en abismo separador, de modo que el intento de ensanchar el espacio a derecha e izquierda se salde con la ruptura por la mitad y la disolución de ambas familias en espacios controlados o muy conformados por el PSC y el PP de Catalunya (no tanto por sí mismo como por la potencia del espacio de proclividad social). Es aquello de la impermeabilización. Madrid pesa mucho, y en este caso, más que pesaría.
Lejos de calibrar los riesgos mencionados o de hacer hincapié en la pérdida de control real de la autonomía y la administración de la Generalitat, Carod-Rovira pregona un nuevo optimismo. Una vez decidida la apuesta, es lo más sensato, lo único posible, ya que no se puede entregar la presidencia y la mayor parte del Govern a los socialistas y no combatir el gori-gori de les absoltes o réquiem por el nacionalismo, entonado desde dentro y desde fuera. En su conferencia del miércoles pasado, el líder de Esquerra se dedicó a limar los principales puntos de fricción entre catalanismo y sociedad, la lengua catalana, que pretende despolitizar insuflando optimismo y responsabilidad social, y la identidad, sobre cuyas adscripciones decreta libertad total. Es lo que hay, el nuevo discurso. ¿Es eso sembrar o deshilachar? El tiempo lo dirá.

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