No seré yo quien niegue los méritos cosechados por José María Aznar en la primera de las legislaturas en que gobernó, porque los he glosado en no pocas ocasiones, y ahí están las hemerotecas para demostrarlo. Tampoco castigaré a mis lectores con los horrores de la segunda, que también he denunciado tantas veces. Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetirlo: A Aznar no lo cambió la mayoría absoluta: simplemente lo desenmascaró, sacando a relucir el irrefrenable caudal de soberbia herida que atesoraba en su pequeña arquitectura de líder tantas veces humillado, tantas ninguneado por tantos en los años del felipismo.
Su responsabilidad en la situación por la que ahora atraviesa España es inmensa, evidencia que ofende mucho a sus hoolingans, convencidos de que las desgracias que nos afligen hay que cargarlas en exclusiva en el debe de nuestro Zapatero prodigioso. Alguien que cayera de nuevas sobre la piel de toro no podría por menos de asombrarse al comprobar que, todavía hace menos de tres años en España gobernaba la derecha y con mayoría absoluta. Esa es la mancha, el baldón que como una losa arrastra tan singular personaje: haber pasado sin solución de continuidad de la mayoría absoluta a la oposición, por culpa, básicamente, de sus propios e incuestionables errores.
Nuestro hombre entendió la mayoría absoluta como una oportunidad de oro para aplicar la política del palo y tente tieso, un método muy casero que ya había sido utilizado, y durante 40 años, por un tal Francisco Franco. Las dictaduras de derechas creen que basta suplir la falta de libertad con el desarrollo económico para acabar con la disidencia. Las de izquierdas son aún peores, porque a la falta de libertad unen el hambre. Aznar creyó que la bonanza económica y la mano dura con los nacionalismos periféricos iban a arreglar los problemas de España. Eso, y posponer sine die las reformas que a gritos seguía reclamando nuestra débil democracia. En lugar de enarbolar la bandera de la regeneración democrática –obligación de la derecha española al volver a gobernar- nuestro Franquito se entregó a bodas y bautizos y guerras exóticas, todo ello aderezado con toneladas de arrogancia, petulancia y demás calificativos que ustedes gusten.
El resultado de tanto dislate fue la pérdida del poder. Las elecciones del 14-M no las perdió Mariano Rajoy, sino que fueron un voto de castigo claro contra una forma de gobernar basada en la soberbia y el menosprecio al adversario, una derrota de la que la derecha democrática tardará tiempo en recuperarse. Viene todo ello a cuento del divertido y nada casual espectáculo que el caballero del bigote y el famoso periodista protagonizaron la semana pasada en Pozuelo de Alarcón, dispuestos a escenificar la vuelta del primero a la política activa, de donde el segundo no ha salido en las últimas décadas. Quienes desde posiciones liberales no conservadoras le votamos en el 96 y en el 2000, todavía estamos esperando de Aznar un rasgo de autocrítica a cuenta de los groseros errores cometidos en su última legislatura. En Pozuelo, aleluya, reconoció, por fin, que en Iraq no había armas de destrucción masiva.
Pero allí estaba el famoso periodista para empedrar el camino de regreso al Poder del carismático líder de la España conservadora. Pedro J. Ramírez es uno de los tipos más pintorescos que ha producido la vida española en las últimas décadas, un hombre de indudable talento, la mayor parte de las veces puesto al servicio de un afán de notoriedad y una vanidad sin límites. En misa y repicando. El muerto en el entierro. Siempre en el centro del espectáculo. Conocida es la pasión que el personaje despliega en la búsqueda de nuevas y excitantes aventuras de sexo político en vivo: si hoy se mete en la cama con Zapatero, para brindarle sus mejores consejos, mañana se acurrucará junto a Aznar, a quien animará fervorosamente a regresar a la política, sin que ello sea obstáculo para que pasado mañana dedique sus más cálidos afectos a Rajoy, mientras en público le enseña a gobernar su casa. Sin ideología de ninguna clase, con el medro personal por bandera, lo importante para este consumado ególatra es estar en la pomada, ser establishment, alternar con el gran capital financiero madrileño, y tratar de poner y quitar Gobiernos o, al menos, desestabilizarlos.
De modo que ya tenemos en marcha la operación a la que tanta gente desde la derecha democrática se negaba a dar pábulo: la elección de un Rajoy timorato que no se atrevió a matar al padre, dicho sea en estricta terminología freudina, y que, asfixiado por el cinturón de hierro que el propio Aznar colocó en su derredor, camina hacia una nueva derrota electoral, oportunidad de oro que Franquito, espoleado por los gritos de quienes le reclaman como salvador de la patria, aprovecharía (“el primer día de la próxima legislatura”, recomienda el periodista) para retomar las riendas del PP. Una segunda oportunidad para el hombre incapaz de reconocer que su tiempo pasó, y que fueron las urnas quienes le echaron de la política activa. Esta es la operación que a la derecha conservadora le asegura 130 diputados fijos y le garantiza muchos años de oposición, porque con Aznar al frente, o alguien parecido, esa derecha jamás volverá a gobernar en este país, algo que, naturalmente, a Pedro José (“mi voto por Landelino”) le importa un bledo, que lo suyo es estar en la pomada y vender periódicos.
Ese es el favor que el señor Ramírez, un hombre que hace años dejó de hacer periodismo para dedicarse a los ejercicios de Poder, quiere hacerle a este país. De modo que falta cuarto de hora para que el inmarcesible dúo, rodeado por las enfervorizadas multitudes de la derecha conservadora, se planten en plena calle Génova y, altavoz en mano, apuntando directo a su despacho, hielen la sonrisa de un Rajoy a punto de llevarse la taza de café a los labios con un perentorio: ¡Ríndete, Mariano, estás rodeado...! Momento en que a los amantes de una derecha liberal y democrática, que por desgracia se bate hoy en retirada, no nos quedará más remedio que entregarnos en brazos de la abstención.

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