La muerte de Erika Ortiz ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de los medios de comunicación y sus usos y abusos en relación con la intimidad personal. A lo que debe añadirse un problema semejante referido al ámbito político. Y conste que ignoro lo que puede haber pasado o que ha sido evitado sobre dicha persona en concreto, y me uno en lo posible al dolor de algunos de sus familiares, con los que me une una leal amistad.
En rigor, hasta esta desgraciada hora ni conocía la existencia de Erika Ortiz, vivo lejos de la prensa volcada en los fastos sociales. Y no digamos de la escandalosa y canallesca, a la que habría que añadir la farisaica que en nombre de lo políticamente correcto despelleja a quien le apetece y miente a mansalva, sea a la derecha o a la izquierda. Porque no es verdad que el sectarismo y el servilismo estén sólo a un lado. Para no hablar ya de la modalidad catalana de la coñita autocorrosiva o de la española de la bronca apocalíptica, que cunden tan boyantes como nos empequeñecen y enlodan. Y no me refiero para nada al ejercicio del humor o de la crítica, siempre estimulantes, sino a la mediocridad inquisitorial y vomitiva, que además suelen funcionar hermanadas. Y sin nada que ver con el derecho a la información.
Pero esas tropas y tropillas no constituyen la totalidad, y ni tan siquiera el grueso, de la prensa y de los audiovisuales españoles: hay medios y periodistas de una eficacia, una probidad y unos conocimientos admirables, sean cuales fueren sus tendencias ideológicas o sus estilos. Yes a éstos a quienes debiera atender el ciudadano, se está con la exigencia o con el rebañismo. Porque tampoco vale quejarse a mansalva de la prensa y la televisión adocenadas para después consumir las peores de todas ellas. Contra las que tampoco parece poder la misma judicatura, lo que resulta incomprensible.
Pero no se trata únicamente de contenidos, sino también de negocio: explotar la vertiente más grosera, tendenciosa y morbosa de la gente para aumentar las tiradas o las audiencias, atrayendo con ello más publicidad. Goethe decía que la calidad surge de la cantidad, mientras el Abbé Pierre, ese combativo filántropo que acaba de morir, retocaba: "La democracia tiene el gran defecto de basarlo todo en la cantidad, con lo que hasta que los pobres no superen en número a los ricos no se les hará caso". Ambos tienen razón, pero hay igualmente otras: los desastres que comportan la masificación y el elitismo. Por lo que, y por encima de todo, existe también un fiel de la balanza, es éste: democracia no significa desmadre, sino una inevitable fiscalización que estimula la responsabilidad y así el bien común.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados