DEBATE
Mucho se ha escrito y se escribe sobre la escuela y la universidad. Se debate sobre el fracaso escolar y también sobre el nivel académico de nuestros alumnos (basta recordar todo el debate surgido a raíz de los resultados del informe Pisa). Mucho se escribe también sobre la precariedad laboral, que afecta sobremanera a jóvenes y mujeres. ¿Quién no conoce actualmente el término mileurista? Sin poner en duda la importancia de estos dos temas de debate, hay que reconocer que se ha escrito poco sobre la conexión entre el sistema educativo y el mercado de trabajo. ¿Es nuestro sistema educativo el más adecuado al mercado de trabajo? En otras palabras, ¿proporciona nuestro sistema educativo los trabajadores que necesita el mercado de trabajo?
Sin duda alguna, el mercado de trabajo no es un mercado como los otros, pues la mercancía con la que se comercia es la fuerza de trabajo, y el trabajo es un derecho fundamental y básico en nuestra Constitución. El mercado de trabajo es un mercado directamente relacionado con la calidad de vida de los individuos. Partiendo de esta base, podemos entender que hay muchos otros factores que influyen en el funcionamiento de este mercado. De todos estos factores, es conveniente destacar tres: la regulación del mercado de trabajo, el nivel académico y la coyuntura económica.
En cuanto al nivel académico, que es el tema que nos ocupa, viene proporcionado por el sistema educativo. La pregunta surge inmediatamente: ¿qué debe perseguir y conseguir por tanto el sistema educativo? ¿Debe ser el sistema educativo un sistema de aprendizaje que proporcione solamente una formación y unos conocimientos? o ¿debe ser también un sistema articulado y que esté en clara vinculación con el mercado de trabajo? Es, con toda seguridad, en el mercado de trabajo donde se ponen en práctica los conocimientos adquiridos en el sistema educativo. Un buen sistema educativo es aquel que tiene una buena articulación con el mercado de trabajo y facilita las transiciones del sistema educativo al mercado de trabajo en el menor tiempo posible con un buen nivel de formación académica o profesional.
Sucede muchas veces que el sistema educativo no responde a esta necesidad de articulación, sino más bien a ciertas necesidades políticas. Una muestra de este argumento la tenemos en la polémica surgida recientemente en Catalunya a raíz del decreto del Ministerio de Educación y Ciencia de aumentar una hora semanal el estudio de la lengua castellana. ¿Obedece este decreto a una necesidad real de formación (el informe Pisa nos dice que no) o es una muestra más de la politización del sistema educativo en España?
Los datos nos indican que nuestro sistema educativo proporciona una tasa de personas con estudios superiores o universitarios de un 19% de la población. Es una de las tasas más elevadas de Europa. En cambio, otros países de la UE, con mayor renta per cápita y desarrollo industrial, presentan índices menores, como Alemania (13%), Francia (14%) o Italia (11%). Nos muestran también que España presenta uno de los índices más elevados de Europa de personas que sólo tienen estudios primarios, únicamente superada por Turquía, Portugal y Grecia. España muestra también un índice de personas con estudios secundarios, donde se enmarcan los estudios de formación profesional, de los más bajos de Europa.
En resumen, España presenta una elevada polarización en los resultados de su sistema educativo, por un lado, con un elevado índice de graduados universitarios y, por otro, un elevado índice de estudiantes de nivel educativo muy bajo. También presenta un índice muy bajo en graduados en formación profesional. Cabe decir que esta situación es fruto de la democratización del acceso a la universidad a partir de los años setenta y del desprestigio de la formación profesional en España.
En un momento como el actual, en un mundo muy competitivo, donde prevalecen las empresas que fabrican productos con un alto valor añadido y que precisan trabajadores cualificados en todos los niveles, resulta que España tiene un déficit de trabajadores cualificados medios y un exceso en algunos ámbitos de trabajadores titulados superiores, que no pueden ejercer la profesión que han estudiado y ocupan otros puestos de trabajo.
Todas esas reflexiones anteriores nos llevan a la pregunta siguiente: ¿no es hora ya de que exista un sistema educativo que, con el consenso de todas las realidades políticas y sociales, pueda prolongarse por espacio de más de una legislatura sin cambios en profundidad? Es necesaria la búsqueda de un sistema educativo que, aparte de garantizar un buen nivel académico, tenga también una buena conexión con el mercado de trabajo. El sistema educativo tiene un impacto directo sobre el mercado de trabajo. No es el único factor que incide sobre él, ni probablemente el más importante, pero es un factor que debe tenerse en cuenta. Por tanto, ¿no deberían los sectores económicos y sociales estar más involucrados quizá en la definición de los objetivos del sistema educativo?
JORDI SERRET, licenciado en Ciencia Política y de la Administración.

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