La confirmación de que el planeta, con su alta fiebre, ha pillado una enfermedad irreversible, refuerza la imagen sombría de este siglo XXI. No sólo la escena internacional supura miedo e inseguridad por todos sus poros (misterioso terrorismo, palos del ciego americano, impotencia europea, hundimiento de África, gangrena en Oriente Próximo…). También el progreso científico-técnico, antaño camino de rosas, despierta ahora miedos a mansalva. Sea por su influencia en el cambio climático, sea a propósito de nuestra salud. Diariamente nos acechan enfermedades reales o imaginadas, causadas por nuestro estilo de vida: del sida a las alergias, de la obesidad a las muertes en carretera, de los extraños cánceres a las pandemias anunciadas. El optimismo occidental se eclipsa. Y las gentes más débiles lo notan especialmente a causa de la precariedad y la incertidumbre económicas, pero también del súbito cambio de paisaje humano: nuevos olores, extraños vestidos, lenguas desconocidas.

Una mezcla de miedo, irritación y desasosiego preside, consiguientemente, el humor social. De vez en cuando, cada vez con más frecuencia, esta mezcla toma la forma de una tormenta. Una tormenta de emoción colectiva. El ciclón de la histeria se desata cuando se difunde una posible pandemia de gripe o se produce un ominoso ataque terrorista. Y la borrasca de la ira, cuando se derrumba un túnel, naufraga un pringoso petrolero o molestan unos emigrantes.

De las explosiones de emoción colectiva al clásico "¡Sálvese quien pueda!" sólo media un paso. De momento, es maravilloso comprobar que las gentes aún no se lían a tortas como consecuencia de las rivalidades políticas o identitarias, enconadas por líderes y periodistas sin escrúpulos. O que no se arman hasta los dientes los que habitan en pequeños pueblos o en dispersas urbanizaciones para conjurar el miedo a la delincuencia. El corazón social reclama hoy chivos expiatorios a los que cargar la responsabilidad del vértigo, el miedo y el difuso malestar. Y nadie mejor que los políticos para esta función expiatoria. Su poder ante los formidables laberintos del presente es ínfimo. Si los humoristas se burlan de ellos tan obstinadamente es porque no dudan de su debilidad.

Pero los políticos no están solos en la arena del circo mediático. Artistas, toreros y famosos de pacotilla son despellejados incluso con más ardor que los políticos. Las folklóricas obtienen más sarcasmos que un conseller pillado en un renuncio. Y un torero en horas bajas es presa más fácil para la burla social que un resabiado ex presidente. Las marquesas que antaño visitaban las peluquerías de barrio gracias a las revistas de papel cuché, aparecen ahora mostrando tristes michelines, miserias familiares, deudas gloriosas, ridiculeces sin cuento. En pocos años, la prensa rosa ha perdido todo su almíbar. Ahora llega a los quioscos empapada en vinagre, en ácido sulfúrico. El fenómeno no es nuevo. Antaño, en tabernas, barberías o patios de vecindad, se hablaba de todo, pero principalmente de las rarezas del señorito y de los cuernos de la cuñada. La novedad no está en el chismorreo, sino en el poder de intimidación del medio en el que se produce. El sarcasmo, el ataque, el insulto, la agresión gratuita y el hostigamiento constante y despiadado se practican ahora en el Gran Vecindario de la televisión. El género tiene un gran éxito. Lo tenía ya en la vieja Roma. En la arena del plató se enfrentan patéticos gladiadores. Y son hostigados hasta la náusea deprimentes tipos caídos en desgracia. Con frecuencia, los fieros atacantes televisivos usan un argumento moral para justificar el acoso: puesto que alguna vez la víctima del hostigamiento ha vendido su intimidad, ahora debe aguantar cualquier intromisión en su vida privada. El argumento es más que inquietante. Es como decir que puede violarse una mujer tantas veces como se quiera porque alguna vez se prostituye.

Las agresivas cámaras atormentan a personajes débiles, ignorantes o decadentes. Aunque también se atreven con los fuertes si encuentran resquicios en los que hurgar. Me pregunto si el triste final de hermana de la princesa Letizia servirá de atajo al populismo rosa. Si a través de la difunta Erika, empezarán a devorar las carnes de la monarquía. No sería precisamente un triunfo del republicanismo, y menos de la libertad de opinión, sino el encuentro entre populismo rosa y populismo pardo. El éxito del chismorreo sulfúrico debe ser analizado como una avanzadilla del populismo venidero. Expertos en sadismo social y conductores del resentimiento colectivo dominan la arena televisiva. Obtienen enormes beneficios acosando a personas gracias al poder intimidador de la audiencia; y despojan a sus víctimas de sus derechos individuales. Así crecieron los fascismos en los años treinta. Alerta, pues, con la consolidación del odio catódico y del sadismo televisivo. Es un calmante social que no tiene marcha atrás.