Un oncogén recorre Asturias, y no es broma. El «cáncer de cloro», que afecta -según dicen- a la vejiga urinaria y a esa parte del intestino con nombre de descubridor sin tilde, el colon, podría tener su origen en el agua del grifo. La «aguateca» asturiana, fértil en comentarios y desvaríos a la hora de hablar de los futuros abastecimientos (o sea, Caleao, más Caleao y sólo Caleao), acaba de enriquecerse con una salva de declaraciones sin desperdicio, un a modo de traca final. Volveremos a esto, pero antes, para suavizar tensiones, vale más navegar por otros aspectos de la vida más lúdicos y agradables.
Cuando mi generación éramos niños, los feriales que se instalaban en Oviedo, las barracas o caballitos según quién se refiriese a ellos, que sentaban sus reales en el Campo de Maniobras, incluían siempre una atracción entrañable. Un pequeño tren, de vagones abiertos y con asientos corridos, recorría un trazado circular que la mayor parte se desarrollaba dentro de un túnel. En él, diablos, esqueletos, monstruos y demás fantasmagórica familia, asustaban a los usuarios, mientras una bruja, con cuya inseparable escoba iba repartiendo mandobles, corría, saltaba a los vagones y aparecía y desaparecía a vertiginosa velocidad, provocando gritos en los atemorizados pasajeros. Cuando la sirena anunciaba la última vuelta y se veía la salida definitiva del túnel, la bruja reaparecía por un ventanal superior repartiendo escobazos por doquier, de forma que el susto final del respetable y sus gritos de pánico no se acallaban hasta mucho después de abandonar la estación.
Con la facilidad con que internet permite recorrer el pasado, uno no puede menos que sonreír cuando se sumerge en las procelosas aguas astures. Desde los aplausos que produjo aquel divertimento de Alfonso Guerra, siendo vicepresidente del Gobierno, que proponía llevar agua de los Picos de Europa a Andalucía, comenzó a ningunearse el papel de los ríos en nuestro entorno vital y empezamos a oír lindezas como, por ejemplo, que el agua de nuestros cauces se perdía en el mar y otras parecidas, entre las que no faltaba la solidaridad de la cesión. A partir de ahí, nuestra hemeroteca acuática particular, en la que a parte de los medios de comunicación habituales recomiendo repasar el papel de nuestros políticos electos en los diarios oficiales de los parlamentos, se ha ido llenando de declaraciones más o menos bienintencionadas así como de sorprendentes silencios a la hora de defender determinadas cuestiones en los lugares donde se toman las decisiones.
Los últimos días han sido pródigos en mensajes acuáticos ensamblados a modo de rosario y con un argumentario no exento de alarmas dirigidas a la población como para ponerla sobre aviso en caso de que nuestra tan citada presa de Caleao no se llegara a construir: gastaríamos mucho más para obtener agua, beberíamos aguas contaminadas, renunciaríamos a un modelo diseñado en épocas predemocráticas, el balance energético sería negativo (la nueva presa serviría para producir energía y otras soluciones la gastarían), una cuenca regulada aguas abajo puede ser explotada aguas arriba, la protección de Redes se hizo para preservar todas sus aguas, («ergo» su destrucción está justificada si se hace con ese fin) y, retornando al comienzo de este artículo, si tenemos que clorar el agua fomentaremos el incremento de ciertas formas de cáncer.
No seré yo quien niegue la gravedad de que por las cañerías circulen compuestos organoclorados ni yo quien rebata la relación entre éstos y algunos tipos de carcinomas. Pero, para eso están las autoridades sanitarias, para garantizar que el agua que llega a los ciudadanos y que las administraciones públicas tienen la obligación de suministrar esté en perfecto estado de revista. Y si desde tiempo inmemorial se viene clorando el agua del grifo, o es que todos son unos insensatos o es que no es tan prioritario un cambio en la forma de desinfección.
Un gran amigo mío, una de las mentes más preclaras que hay en la Administración asturiana, me dice que si en la balanza hubiera que poner la muerte de un individuo a partir de los 80 años por haber bebido agua potable o su desaparición a los 18 meses de edad a causa de una infección intestinal provocada por «salmonelas» o cualquiera otros bichitos, el lo tendría muy claro. Algo así como lo que piensa Pepe el Ferreiro, otro preclaro amigo, sobre la negativa administrativa a legalizar un bar-tienda por la cantidad de productos colgados del techo: ¡mourreron tantos!, apostilla.
Y en esta política de carrusel, de atemorizar a los ciudadanos, brilla con luz propia la respuesta de nuestros gestores ambientales regionales a una posible catalogación de las tierras del alto Nalón como parque nacional: ¡ojo, puede haber más restricciones! Algo así como si un responsable de sanidad advirtiese a los ciudadanos de que la ley antitabaco pudiera ser negativa para los no fumadores.
En fin, lectores, la sirena suena y el «culebrón Caleao» parece llegar a una estación más o menos definitiva. Esperemos que alguien ponga en la balanza el coste medioambiental que supondría una actuación como ésta y que se puedan estudiar todas las alternativas posibles -que, por cierto, hay algunas más de las que se plantean- con tranquilidad y sin que se manden más mensajes intimidatorios ¿o se dice irrisorios? Se ve la luz a la salida del túnel, ¡agachad la cabeza!
Víctor M. Vázquez es miembro numerario permanente del Real Instituto de Estudios Asturianos.

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