El hombre que gobernó Jauja se confiesa en casa de Juan Palomino

En un rincón adusto de la plaza Mayor, algo escondido por la penumbra de los soportales castellanos, está La Torre del Oro. Es un bar taurino, castizo y con mucho punto andaluz. En la casa del señor Juan Palomino, los camareros son alegres. De una alegría franca, apta para un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas sobre el declive del sentimiento trágico de la vida en el centro de Madrid.

Preside la pragmática institución la testa de Segador, cabeza parlante que recuerda aquella que Don Quijote conoció en Barcelona. El ritual es persa. Mitraico. En verano, un gazpacho con comino. En invierno, un caldo con hueso de jamón y jerez. Tres tazas y el trance empieza: el toro habla y razona con la seriedad de don José Ortega y Gasset. Anteayer, viernes, el ministro Joan Clos estuvo allí.

Un ministro en la caverna de Zaratustra! ¡Qué sorpresa! Tome, tome un poco más de caldillo.

- ¿Qué tal por Jauja?

- ¿Jauja? ¿Qué Jauja?

- Qué Jauja va a ser. ¡Barcelona! No se haga el longuis, acaso no conoce esas declaraciones tan jugosas de su Hereu: "Conmigo, Barcelona ya no es Jauja".

- Ja, ja, algo he leído de eso. ¿Jauja? Qué va. El reino de la comodidad, quizás sí. Barcelona vive demasiado preocupada por conservar intacto su alto nivel de calidad de vida.

- Su comodidad mental, querrá decir.

- Hace tiempo que he llegado a la conclusión de que Barcelona no participa como debiera de las incomodidades del siglo XXI. Y ello acabará perjudicándole. Lo que la burguesía y la menestralía supieron hacer en el tránsito del siglo XIX al XX - arriesgar, jugársela, verse las caras con una realidad social difícil e incluso violenta, construir nuevas dimensiones...- me temo que no se está haciendo en el tránsito del siglo XX al XXI. No existe la misma ambición. Me sabe mal decirlo, pero ésta es mi conclusión: tras haber conquistado una gran calidad de vida, Barcelona vive atenazada. Tiene miedo al riesgo y a la intemperie.

- Realmente, Madrid hace milagros. Le veo a usted poseído por una distancia brechtiana. ¡Qué bien disimulan ustedes los catalanes! ¡Qué bien disimulan la castaña que se acaban de pegar con la opa de Gas Natural a Endesa! Tengo para mí que esa derrota va a tener mucha importancia.

- No se lo niego.

- Fueron ustedes quienes se cargaron a Aznar. Fueron las clases medias catalanas y no el PSOE, debilitado en Madrid y cada vez más costumbrista en Andalucía, quienes tumbaron la hegemonía del aznarato. Sin las grandes manifestaciones de Barcelona, el PP aún estaría en la Moncloa. Y luego pusieron sobre la mesa dos ambiciones tremendas y contradictorias: querían ser menos España con el nuevo Estatut y mandar más en España controlando la llave del gas y el interruptor de la electricidad...

- Si me permiten....

- Adelante el del cuaderno.

- En fases de gran excitación, la sociedad catalana suele calibrar mal las relaciones de fuerza. El más sabio en este campo siempre ha sido Jordi Pujol, aunque con un fallo: no vio -o no le interesó ver- el alcance de Aznar. El catalán tiende a una visión mistificada del poder estatal, porque siempre lo ha tenido lejos. Ocurrió en los años treinta y se ha repetido ahora. El Govern Maragall -¡qué tropa!- acabó actuando como la Brigada Pomorska a finales de 1939: la caballería polaca contra los carros de combate. Voluntarismo, lirismo y empacho de retórica frente a estrategias de hierro.

- Juliana, no abuse de las metáforas. Han perdido la opa y van en camino de perder el Estatut. Brigada Pomorska, dice... ¡las Termópilas! ¿Acaso no se dan cuenta? Les han dejado llegar hasta el centro del valle y ahora les van a cortar la retirada. ¿Qué harán cuando les mutilen un Estatut que sólo fue apoyado por el 35,7% del censo? ¿Convocarán la huelga general?, ¿proclamarán el Estat català desde un balcón?, ¿se constituirán en el Montenegro occidental? ¿Qué harán, doctor Clos?

- No creo que debamos dar el Estatut por perdido. En absoluto. En cuanto a la opa, mejor no mezclar las cosas.

- ¿Acaso no ha sido una derrota?

- La primera oferta para comprar Endesa ha perdido, de eso no hay duda. Pero las grandes empresas catalanas tendrán nuevas oportunidades y deberán aprender de los errores, que los ha habido. Lo importante ahora es que Catalunya no se encierre sobre sí misma.

- Desde este mi templo, veo una Barcelona progre-pija, con muchas gafas de colorines. Mucho estilo y mucha desorientación.

- Lo que yo veo es un toro a un tópico pegado. Barcelona ha innovado mucho. Innovó con los Juegos Olímpicos, innovó con el Fòrum, innovó con el distrito tecnológico 22@ y acaba de innovar con la ordenanza sobre el civismo. Con todos sus defectos, Barcelona siempre va un paso por delante. España siempre tiene algo que aprender de Barcelona.

- Bueno, la ordenanza del civismo la impulsó usted, señor Clos, después de que ´La Vanguardia´ señalase el problema.

- La Vanguardia, periodista del cuaderno, siempre ha sido muy lista. Sabía que estábamos estudiando el tema y puso el foco en el momento oportuno. Les reconozco la astucia.

- Es usted la sonrisa del régimen. No hay otro ministro más risueño en el Gabinete ZP.

- Ser ministro no es una tragedia, es una gran experiencia; ¿acaso debería llorar?

- No me conmueve. Es usted ministro del Gobierno más ingenuo que ha tenido España en los últimos treinta años. El más flojeras desde el gabinete de Portela Valladares en 1935.

- Hace meses, al Gobierno le acusaban de lo contrario. Les diré algo arriesgado: una cierta ingenuidad sincera es buena para España en estos momentos. Y que nadie se engañe, no nos chupamos el dedo. Estén seguros de que habrá final con sorpresa. Quien ríe último ríe mejor.

- Yo diría que usted se ha dado el piro de Barcelona en el momento oportuno. La política local está mal; el prestigio de alcaldes y concejales está cayendo en picado en España.

- Admito que la gestión local está teniendo problemas de autoridad y prestigio; no sólo en España, en todo Occidente. La noción de bien común está pasando a manos privadas. Las buenas intenciones están siendo capturadas por la publicidad empresarial. ¿Qué está pasando? Mientras Microsoft u otras grandes empresas exhiben su bella filantropía con bonitos lemas sobre el Tercer Mundo, que siempre queda lejos, alcaldes y concejales se comen los problemas inmediatos, que son los más ásperos.

- Ahora lo entiendo, ¡es usted un antisistema!

- Ahí no me pillarán. La cuenta, por favor.