Viajar en tren por España aún proporciona experiencias de recio costumbrismo celtibérico
En realidad todo era bajo en aquella oscura época. La estatura de los españoles era baja, la dieta era baja en calorías, los sueldos eran más bien bajísimos, la temperatura en las casas en invierno era baja (recuerdo a un compañero de estudios que vivía en una pensión, encima de la librería Polledo, que estudiaba la paleografía con abrigo, guantes y bufanda, y que tenía que combatir el frío a base de ginebra calentada en un hornillo), las expectativas laborales eran bajas, como eran bajas las posibilidades de viajar por Europa, de comprarse un coche o de estrenar un traje que no hubiera utilizado antes un hermano mayor, un cuñado generoso o algún otro pariente de la misma edad. Y no digamos nada del nivel de libertad de reunión, sindicación o huelga. Todo eso era tan bajo, tan bajo, que en realidad solo existía en nuestra fantasía, alimentada por las noticias de la Pirenaica o Radio París, en sus emisiones para España, con el gran Francisco Diaz Ronceros al micrófono. En realidad lo único alto que había era la posibilidad de que, por un quítame allá esas pajas, te dejaran sin pasaporte o sin certificado de buena conducta. Inolvidable democracia orgánica, aquella de nuestra inocente pubertad.
Y, como no podía ser menos, la gente vivía a baja velocidad, viajaba o se desplazaba con toda la vida por delante para llegar a los destinos. Ir de Oviedo a Llanes de vacaciones eran tres horas y pico, y lo mismo rendir viaje en Luarca o en Navia. No digamos ya lo que era salir de Asturias, camino de León o Bilbao, o apuntarse a un viaje de estudios para ver la Alhambra de Granada. O ir secuestrado en un tren militar camino de un destino en un cuartel de Cáceres o en el aeródromo sevillano de Tablada.
Recuerdo con verdadera emoción el día que mi padre me preguntó si quería subirme a un volksvagen de un amigo suyo, que quería probar su velocidad en la recta de Barcía. Hicimos la recta en dirección Oviedo, y a la altura del monolito que recuerda la muerte violenta del arzobispo Arce Ochotorena, que allí rindió su alma a Dios, el pequeño coche de patente alemana alcanzó los cien kilómetros por hora!, al llegar al cementerio moro levantado durante la guerra civil. Aquella sensación de ingravidez y el recuerdo del piadoso obispo santanderino me hicieron rechazar el vértigo de la velocidad para siempre, prefiriendo siempre el tren al resto de los semovientes de cuatro ruedas para desplazarme por España.
Y AHI quería yo llegar, aunque siempre me acabo liando y contando lo que no estaba previsto decir. El otro día tuve que ir a Zaragoza por motivos de devoción (no mariana, sino académica), y lógicamente elegí el tren para el desplazamiento. Concretamente el Talgo, ese entrañable paquidermo que hizo las delicias hispánicas en los viajes de novios, camino de un modesto hotel de Madrid, que era entonces la meca de las noches de boda (si algún recién casado le dijera hoy a su novia que la nerviosa noche nupcial iba a tener lugar en un hotelazo de Madrid, ella pediría ipso flauto la nulidad por crueldad mental de semejante perturbado). Cogí el Talgo, pues, a las once de la mañana y me dispuse a gozar de las ventajas de la sensata elección. La primera ventaja: el equipaje va encima de tu cabeza, en la litera lateral superior que cruza el vagón, y que ya no es de aquel material de bramante que cedía con el peso de la ropa y podía propiciar que en Sahagún tuvieran que bajarte del tren con fractura de cráneo. La segunda ventaja ya no se cuál es, la verdad.
Llegamos a León a la una y cuarto, y una voz dulce y sabiamente dispuesta para la persuasión, nos advirtió que no nos moviéramos del sitio, porque durante veinte minutos el tren iba a efectuar unas pequeñas maniobras. Reconfortado por tanta amabilidad informativa, me dispuse a terminar de leer La ofensa , de Ricardo García Salmón, que les recomiendo a ustedes bajo palabra de lector.
Así que salimos de León a las dos menos veinte, casi tres horas después de la partida.
UN CIERTO cosquilleo en el estómago llenó de interés mi imaginación cuando me encaminé al vagón cafetería. En mi malsana costumbre por relacionar sucesos o escenas del pasado con el presente, me dio por pensar que me iba a encontrar con aquel cálido comedor que aparece en las escenas de tren de las películas inglesas, y lo que me encontré fue una especie de barra ondulada de discoteca manchega, con unos taburetes de dudosa estabilidad (no eran fijos) que se bamboleaban en cada curva, permitiéndote ver lo que pasaba a tus espaldas, es decir, nada, con una casa de adobe al fondo. Todavía animado por la aventura del viaje (la voz femenina de León me había hecho quedar en deuda con el mundo), pedí la carta con aire de estudiada indiferencia y me fijé en la propuesta de un sándwich de jamón y queso. Lo pedí. "No nos queda de jamón y queso", me dijo el camarero, y ahí empecé a plantearme el viaje de otra forma. El hombre que estaba a mi lado, comía algo indescifrable en un plato de una movilidad desconcertante: El pobre hombre esperaba que llegara una recta para ir directamente al grano, y en las curvas dejaba de comer. Dejo el relato en Palencia. Continuará.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.

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