EL reciente acuerdo entre Hamas y Al Fatah, que supondrá un gobierno palestino conjunto y de unidad nacional tras decenas de muertos en muy pocas jornadas, es tan solo una luz de esperanza en un territorio marcado por el odio y las rencillas en el propio país y con Israel, su vecino más próximo. Olvidados en buena manera por la comunidad internacional, el movimiento que ha realizado el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abas, no tendrá recorrido político si el primer ministro de Hamas, el islamista Ismail Haniye, no rebaja considerablemente las radicales posiciones que mantiene en la zona. Estados Unidos parece haber dado por bueno el conflicto permanente entre los palestinos y el segundo mandato de George Bush ha significado una pérdida de iniciativas en la zona; mientras, Europa aparece claramente debilitada y carente de referentes políticos sólidos a la espera de que se despeje el interrogante sobre si Angela Merkel puede ocupar el liderazgo del que hoy el viejo continente carece. En medio de tantos interrogantes, la presidencia alemana podría ser una baza importante que jugar y habría que demandar urgentes iniciativas y propuestas para evitar que la tenue luz que existe en estos momentos no se difumine una vez más en muy pocas jornadas. Ayer en las cancillerías predominaba la prudencia, demasiado poco para lo mucho que hay en juego.