LA NUEVA AGENDA

Desde la segunda mitad del siglo XIX, los orientalistas no han parado, generación tras generación, de subrayar las razones que, en su opinión, impiden que la democracia eche raíces entre los musulmanes. Una de las teorías de esta escuela de pensamiento occidental aplicado a los pueblos de Oriente se refiere a la segmentación social de los árabes. La idea general es que la sociedad árabe se rige por solidaridades familiares muy amplias que son la base del poder político y que ahora, en el siglo XXI, siguen siendo un obstáculo antidemocrático.

El palestino Edward Said dedicó su vida a combatir el orientalismo moderno, que consideró una forma de neocolonialismo. Sylvain Cypel, redactor jefe de Le Monde,se ha añadido ahora a la lista con un magnífico libro, Entre muros. La sociedad israelí en vía muerta (Galaxia Gutenberg, 2006), en el que afirma que "el objetivo inconfesado e inconsciente de este método consiste en fabricar una realidad oriental que responda a las necesidades de la dominación".

No hace falta ser orientalista, sin embargo, para admitir la histórica incomprensión entre occidentales y musulmanes. Christopher Dickey, cuando Sadam Husein invadió Kuwait (1990-1991), explicó en Newsweek cómo los iraquíes, cuando hablaban en inglés, decían lo contrario que los estadounidenses.

"Los iraquíes, cuando hablan en inglés, dicen hello (hola) cuando en realidad quieren decir goodbye (adiós)", escribió Dickey en la víspera de la guerra. El lenguaje, pues, separa, pero para los árabes lo que resume la incomprensión no son las palabras, sino los hechos, es decir, la historia. Un estadounidense, al enfrentarse a un problema, preguntará, casi de forma inmediata, qué vendrá después. Esto es, pensará en el futuro. Un árabe, por el contrario, preguntará por lo que sucedió antes de que surgiera el problema. Es decir, rebuscará en el pasado. Y eso es así porque el pasado no sólo le trae momentos de gloria. Los egipcios se remontan a los faraones; los tunecinos recuerdan Cartago, y los iraquíes, Babilonia. Pero, para los árabes, la historia también tiene su parte negativa. En el último medio siglo han librado siete grandes guerras y las han perdido todas, contra Israel o contra una coalición internacional dirigida por Estados Unidos.

La idea de construir un nuevo Oriente Medio, democrático y moderno, no se la sugirió a George W. Bush la historia. Un año antes del 11 de septiembre, cuando Bush era simplemente candidato a la presidencia, un think tank neoconservador, fundado por personalidades que después ocuparon altos cargos en la Administración republicana, elaboró un documento, "Rebuilding America´s defenses: strategies, forces and resources for a new century" (reconstrucción de la defensa de Estados Unidos: estrategias, fuerzas y medios para un nuevo siglo), que sentenció que era posible un Oriente Medio democrático si primero se derrocaba al régimen de Sadam Husein.

Este cuento neoconservador prometía un final feliz. Una vez derrocado Sadam, dijeron los neoconservadores, los acontecimientos se precipitarían: los iraquíes, entusiasmados, se transformarían en un abrir y cerrar de ojos en un electorado liberal y tolerante; los sirios se contagiarían democráticamente; el régimen teocrático iraní caería por su propio peso o con un ligero empujón, y la celebración de elecciones entre los palestinos proporcionaría a Israel un auténtico interlocutor, no como Yasir Arafat. Cuatro años después, Oriente Medio no está, sin embargo, como soñaron los neoconservadores.

Cuando Bush accedió a la presidencia, Estados Unidos tenía una larga serie de regímenes aliados en Oriente Medio, entre ellos Egipto, Jordania y Arabia Saudí. Como declarados enemigos tenía a Iraq e Irán. Y Siria era hostil. Ahora, el mapa político de la región no es más democrático, pero es distinto. Iraq, ya sin Sadam Husein, ha cambiado de bando, como Afganistán, por lo que parece haber aumentado la lista de amigos. Pero no todos los amigos son iguales. Los hay que son más iguales que otros.

Egipto, Jordania y Pakistán son considerados amigos de Washington, pero resulta que la principal fuerza de oposición en cada uno de estos tres países es la islamista, es decir, la antiestadounidense, que no ha hecho más que crecer desde la guerra contra Sadam. En Iraq y Afganistán, los presidentes y primeros ministros son aliados estadounidenses, pero el campo antioccidental es poderoso. Y en Arabia Saudí, jefe de filas de los suníes, el avance chií en Iraq ha aumentado su sensación de vulnerabilidad frente a Irán, país de mayoría chií que aspira a ser una potencia regional. El Saban Center de la Brookings Institution acaba de publicar Things fall apart (el desmoronamiento), un informe sobre las graves consecuencias regionales que puede tener el conflicto iraquí, en el que sus autores, Daniel Byman y Kenneth Pollack, afirman: "Fue una arrogancia ante la historia la que nos hizo pensar que podíamos invadir Iraq sin preparar una ocupación".