Los judíos que niegan el holocausto, de Abraham B Yehoshua en La Vanguardia
Puedo imaginarme que los españoles, al ver en televisión imágenes sobre el congreso que organizó el presidente iraní en Teherán a finales del año pasado para negar el holocausto, debieron de frotarse los ojos con incredulidad cuando vieron en primera fila, como invitados de honor, a siete judíos religiosos, vestidos de negro, con barba y tirabuzones colgando de sus orejas. "¿Pero es verdad lo que estoy viendo?", seguro que se preguntaron muchos telespectadores. ¿Acaso es posible que judíos ultraortodoxos vayan al epicentro del antisemitismo más activo del mundo para apoyar la perversa propaganda contra el Estado de Israel llegando incluso a contribuir a las ideas que niegan el holocausto?
Sin duda, esos mismos judíos, procedentes de Nueva York u otros lugares, son familiares de judíos que perecieron en el holocausto durante la Segunda Guerra Mundial.
Entonces, ¿cómo puede ser que su odio hacia el Estado de Israel sea tan grande hasta el punto de estar dispuestos a apoyar la negación del asesinato de sus propios familiares y de miembros de su propio pueblo?
Para entender este fenómeno tan extraño y singular, hemos de retroceder unos ciento veinte años, a la época del nacimiento del sionismo político en el este de Europa, bajo la dirección de Herzl y sus seguidores. El sionismo surge ante todo como fruto del sufrimiento de los judíos que sentían que podían entrar en un conflicto profundo y peligroso con los pueblos donde vivían si decidían mostrar su identidad, una identidad que antes que nada es una identidad como pueblo y donde la religión es una opción libre del judío, como lo puede ser el catolicismo para un español o el islam para un egipcio. Mientras el judaísmo se concibió solamente como religión fue posible hallarle un lugar (si bien generalmente inferior) dentro de la teología cristiana o islámica.
Sin embargo, en el momento en que se identificó con un despertar de un sentimiento nacional en medio de otras nacionalidades, el odio y las sospechas hacia los judíos comenzaron a suponer un peligro sobre todo en países no democráticos.
El sionismo no creía que se pudiera evitar tal conflicto con los demás pueblos, especialmente conviviendo con el surgimiento de los nacionalismos en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. Y por eso, optó por una solución muy radical: la normalización del pueblo judío en un territorio propio y soberano. Pero la mayoría de los judíos se opuso al sionismo por muy diversas razones. Unos por motivos teológicos, otros por creer que el proyecto sionista era irrealizable y otros por la simple razón de que les resultaba duro y doloroso abandonar Europa, el centro de la cultura mundial, para instalarse en una tierra medio desierta en Oriente Medio. Si los judíos hubieran celebrado elecciones libres a comienzos del siglo XX, el partido sionista apenas habría obtenido el 10% de los votos. Pero, afortunadamente para el sionismo, no dependió de la voluntad de los judíos para llevar a cabo su gran revolución, que en realidad se realizó fuera del marco judío.
Los opositores más duros y empecinados al sionismo fueron los judíos ortodoxos, que constituían a principios del siglo XX la mayor parte del pueblo judío. Ellos se opusieron rotundamente a la solución sionista y lucharon con tesón contra ella. Dado que se trataba de comunidades organizadas y lideradas por rabinos, se estableció una oposición activa y eficaz que impidió a cientos de miles de judíos emigrar a Palestina en el periodo de entre guerras, cuando las puertas de América y del resto de los países estaban cerradas para los judíos, y de esa forma se evitó que muchos judíos se salvasen a tiempo de las cámaras de gas de los nazis.
La oposición de los judíos ortodoxos al sionismo no era por amor a Europa y su cultura. Estos judíos despreciaban esa cultura y vivían encerrados en sí mismos y nunca consideraron los países europeos como su auténtica patria. La mayoría de esos judíos sufrieron persecuciones y fueron discriminados económicamente en sus países de residencia. En sus oraciones diarias esos judíos se dirigían y miraban hacia la tierra de Israel como su auténtico hogar, donde tendrá lugar la redención que los librará del exilio. En cambio, y pese a todo esto, su oposición al movimiento sionista era enorme debido a motivos teológicos, y entre ellos el más importante se resume en el siguiente versículo: "Israel sólo existe en la Torá", es decir, el judío es única y exclusivamente un ser religioso y está sometido sólo a las leyes de la Torá, por lo que cualquier actuación laico-nacionalista para cambiar el destino de los judíos se considera una blasfemia y ha de ser duramente combatida. La redención sólo llegará del cielo y por decisión divina.
Sin embargo, el holocausto constituyó una prueba contundente de que el sionismo estaba en lo cierto cuando lanzaba pudieron evitar la pesadilla que acabó con la vida de millones de judíos. Y el Estado judío en ciernes no sólo logró salvar de los nazis a varios cientos de miles de judíos antes del holocausto, sino que después sirvió de refugio para muchos de sus supervivientes. El holocausto fue la respuesta definitiva contra la dudosa teología judía, que había fracasado rotundamente en su comprensión de la realidad, mostrándose incapaz de ofrecer soluciones reales al sufrimiento de los judíos.
La mayoría de los judíos ortodoxos pereció en el holocausto, y aquellos que sobrevivieron agacharon la cabeza y moderaron su oposición contra el sionismo. Parte vive en guetos repartidos por el mundo, ya sea en Nueva York o en otros lugares, y parte vive en Israel, ignorando al Estado y sus instituciones. Estos judíos ortodoxos consideran el Gobierno israelí un Gobierno extranjero, ajeno a ellos, y con el que colaboran sólo para cuestiones prácticas del día a día.
Pero la oposición teológica al sionismo y al movimiento de resurgir nacional no ha desaparecido en absoluto, sino que continúa viva en las venas de los judíos extremistas religiosos, que siguen negándose a aceptar una identidad judía que ante todo se base en la integración en un pueblo y no en una religión. que actuaban Y como la tragedia del holocausto y los acontecimientos dos por la durante la Segunda Guerra Mundial divina no son para los sionistas una prueba y una poderosa razón moral para justificar la gran necesidad de la existencia del Estado de Israel, toda oposición real al sionismo ha de pasar lógicamente también por la negación del holocausto.
Es cierto, de todas maneras, que muy pocos son los judíos dispuestos a negar el holocausto. Y esos judíos que participaron en el congreso de Teherán ya han sido fuertemente denostados y criticados incluso por los de su propia comunidad. Sin embargo, el antisionismo religioso, que se vincula en su filosofía al antisionismo laico o de izquierdas, continúa existiendo activamente, y sus brasas aún siguen ardiendo en las discusiones sobre el sionismo, tanto dentro como fuera de Israel.
La negación del holocausto es uno de los fenómenos más extraños y absurdos, y aglutina a su alrededor a gente de todo el panorama político, de izquierda a derecha. La participación de varios judíos en un congreso sobre la negación del holocausto es de momento un hecho curioso que nos habla del pasado y que no supone una amenaza para el futuro. Pero de todos modos es bueno saber que hace poco se celebró en Israel un congreso de rabinos y líderes religiosos musulmanes y en él estos últimos criticaron duramente a los que niegan el holocausto. Se trata, pues, de un paso positivo, ya que el hecho de que los palestinos comprendan la tragedia del holocausto mitigará los miedos de los judíos y hará que éstos, en nombre de su sufrimiento en el pasado, reconozcan el sufrimiento actual de los palestinos.
ABRAHAM B. YEHOSHUA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora Traducción: Sonia de Pedro.
