Puede que nunca se hayan preguntado por qué septiembre viene de siete, octubre tiene la raíz de ocho, noviembre la de nueve. Por qué diciembre indica décimo y no duodécimo mes del año. ¿Es que los romanos tenían diez meses? Ni hablar, tenían los doce que nos han legado, pero se saltaban los dos primeros. En épocas primigenias, enero y febrero no tenían nombre, ni siquiera computaban.

Hasta tiempos imperiales, en los albores de nuestra era, cuando cambiaron su denominación en honor de Julio César y Octavio Augusto, julio era quintiliano y agosto sextiliano. Si no recuerdo mal, otros emperadores, como Cómodo o Heliogábalo, ambos de infausta memoria, ya en los siglos II y III, decretaron cambios en el calendario a fin de endilgar su nombre a un mes, pero aunque no lo llegaran a saber, pues en vida todo el mundo les temía, fracasaron en sus intentos.

En tiempos primitivos, sólo tenían nombre propio, no basado en la numeración correlativa, los cuatro meses que van de marzo, al caer, a junio. No es ocioso recordar que marzo venía de Marte. Los salis,sacerdotes saltadores, danzaban y golpeaban los escudos sagrados, vestidos como los antiguos guerreros. Luego se lustraban los caballos, todo el armamento era objeto de purificación espiritual. Pronto iba a empezar la época de las campañas militares, que finalizaría en octubre. Abril viene de aperire,abrir o roturar la tierra. Mayo, de una antigua diosa primaveral llamada Maia, y junio de la deidad etrusca Juno. El resto se lo acabo de contar: números, uno detrás de otro, empezando por el quinto, que en realidad es el séptimo.

Al parecer, si las fuentes que creo rigurosas no yerran, los primeros romanos, o sus antecesores, no eran la única sociedad antigua que se abstenía de computar enero y febrero (de los cuales, para completar las etimologías, reportaré que provienen del dios Jano y la diosa Februus o de la fiebre). Supongamos que el olvido voluntario les despierta cierta curiosidad. Existían, claro, eran meses, con sus días y sus noches, pero preferían pasarlos por alto. Eran un tiempo muerto, en el que la tierra no daba frutos, en los que nada en especial había por hacer, salvo esperar los anuncios de la primavera, y con ella el renacer de la actividad, a partir de abril en franco crescendo.

En cierto modo, nuestros antepasados eran conscientes de que hibernaban. Procuraban reducir el tiempo del frío y la inanición al mínimo, pero no podían evitar la impresión de que enero y febrero eran un buen par de inútiles, inhóspitos, desagradables fragmentos del calendario, que no servían para nada. Por eso, en justa venganza o castigo, los condenaban a la anomia. Ni siquiera contaban a la hora de numerar los meses. Por eso, repito, diciembre significa todavía hoy décimo mes del año. Y cuando adquirieron nombre, no por ello el año dejaba de empezar, durante los primeros siglos de la república, el primero de marzo. Marzo podía ser traicionero y cruel, pero las horas de luz casi igualan las de oscuridad, cuando el sol asoma, lo hace de verdad, calienta, brilla, está más alto, anuncia sin lugar a dudas la llegada inminente del buen tiempo. Aunque no nos lo parezca, eso lo llevamos dentro. Algunos más, otros menos. Anímense, pues, los decaídos, porque pueden echar la culpa de su estado de ánimo poco optimista a una herencia ancestral. Anímense todos, porque el año biológico, ya que así podemos llamarlo, está a punto de empezar. Poco más de dos semanas, y lo más crudo habrá pasado.

Alo que íbamos. Les supongo sabedores de que los romanos tenían muy en cuenta el vuelo y los actos de los pájaros antes de decidir sobre asuntos importantes. Discuten aún los filólogos sobre el origen de la palabra augurio, si bien lo más lógico es que comparta raíz con ave. "Magna fides avium est" (hay enorme fe en las aves), según el famoso verso de Ovidio. El colegio de augures, formado por una casta de familias de sacerdotes adivinos, deducía la voluntad del cielo del comportamiento y las circunvoluciones de las aves, basándose en el hecho, por todos constatable, de que sólo ellas recorren el cielo. A veces era requerida la colaboración de los arúspices, que iban para nota, pero de ellos ya les he hablado. Un augurio no tenía por objeto predecir el futuro, sino algo mucho más sutil: determinar si los dioses eran o no propicios a tal o cual empresa en el momento de iniciarla. ¿Qué ocurría si los augurios no resultaban favorables? Pues o bien el augur miraba hacia otra parte -ojos que no ven, corazón que no duele- o bien mentía a la descarada, con lo que el efecto sobre el consultante era igual de bueno.

De todos modos, al ser enero y febrero meses en los que no se acometía la menor empresa de calado, es lícito suponer que los augures y los arúspices no tenían clientela. Como confirman mis antepasados Brutus, hay que abstenerse de todo vaticinio, de toda interpretación o proyección, hasta bien entrado el mes de marzo. Entonces sí se renueva la vida.