En nuestra villa, rica de siempre en hoteles, fondas, casas de comidas y restaurantes, hubo en los pasados tiempos, dos cenas anuales a día fijo. Fueron las cenas «señoriales» de don Octavio Bellmunt, en sus días, 20 de noviembre; y las cenas «republicanas» con las que, cada 11 de febrero, parte del republicanismo local recordaba y lloraba la Jerusalén perdida..., haciendo votos y brindis para recobrarla.
El doctor Bellmunt oficiaba, cada 20 de noviembre -fíjese el atinado lector o lectora en la infeliz coincidencia con el posterior 20-N-, la liturgia de su santo en el gran salón de la planta baja de su residencia, sita en el paseo de Begoña esquina a Perseguida, hoy, Covadonga.
Al anochecer de aquella fecha, excepto las tardes de intensa lluvia o fuerte viento, Begoña era un hervidero de buenas gentes y pocas luces, como si ya conocieran nuestros abuelos el demoledor informe sobre nuestros excesos. Allí llegaban, algunos con vela en mano, «mirones» y «pacientas» de todos los barrios, de todas clases y todos los colores, más los selectos íntimos a los que el doctor llamaba a generoso yantar. En la bien surtida mesa, no encontraríamos, de buscarla, ni a la poca nobleza titulada de la villa, ni a la industrial de La Isla, excepto algún Truán, generalmente don Luis, de la familia de la esposa fallecida; sí tenemos en la mesa a la representación de la enseñanza, la literatura, la música, las tres pasiones del doctor, sin que, aunque sólo fuera de tarde en tarde, falte algún galeno de renombre nacional.
La fiesta-reunión del gran «paridor» iba precedida, unas veces, para recreo de los de fuera y de los de dentro, de músicas de la orquesta del Orfeón; otras, de las voces de su coro..., y no faltaron días para las músicas de la «Armonía» o de la «Constancia».
Era el anfitrión «de regular estatura, vivo de movimientos y palabras, y de elegantes modales; cuidadoso de su persona y cumplido caballero en toda la extensión de la palabra», sin duda, el primer petimetre de nuestro pequeño reino. Vestía en Madrid, aunque sin menospreciar al sastre y concejal Ocano; y sus siempre vistosas camisas llegaban regularmente de San Sebastián, siendo como era correligionario de don Manuel Valdés y Sánchez, «Manolín el camisero», el de la calle Corrida, al que, sin embargo, casi a diario compraba algún lazo de novedad. Fue don Octavio el primero en lucir en Gijón corbata de «nudo gordiano».
Recibir tarjetón para asistir a la velada de sus días era distingo muy apreciado, tanto como pueda serlo hoy recibirlo para un evento de los señores Príncipes de Niemeyer, o para asistir al reparto de alguno de los muchos honores, premios y funciones con que, sin mayor motivo y a manos llenas, nos agasajamos en esta tierra de bombos mutuos. Don Octavio para los elegantes fue el Petronio de su tiempo; para las damas, fue la mano amiga capaz de realizar milagrosas extracciones, o salir triunfante de las más difíciles intervenciones.
Don Teodoro Cuesta, cada 20 de noviembre, le dedicaba un poema; el pianista señor. Romo, una polca; el farmacéutico Menéndez, el de la botica de la plaza mayor, una receta; don Leoncio Cid, una lección republicana... Hasta el día de la fiesta del dogma de la Inmaculada -el de las «Cochitas»-, que ahora niega uno de los esforzados servidores de la cadena episcopal, («tirad del tirez», dejó escrito «el Aldeanu», en cada una de las cadenas del hotel Asturias), la sociedad gijonesa no tenía otro tema en el Casino, en el salón o en el café que la glosa de los detalles de la última cena del señor. Con la misma regularidad anual desde que en 1881 se levantara la excomunión y prohibición republicana, aunque con menos «confort», abundancia y elegancia, se celebró cada 11 de febrero la cena de la añoranza y la recuperación. Posibilistas de Castelar, progresistas de Zorrilla, Federales de Pi componían, de menor a mayor, los colores del republicanismo gijonés, aunque las cenas 11-F casi quedaban reservadas, por exclusión de los señores de Cabueñes y los apóstoles de Carreño, al sector progresista-centralista, que poco a poco iba asentándose en nuestro reino.
Cuando expira el invierno, «San Blas y la Calendaria echan el invierno fuera», y el oso despierta de su letargo, (el pobre Mitrofán no despertará este año en su cueva), llegaba la noche de la gran cena. Cuarenta, sesenta, cien correligionarios... Unas veces, en las mesas de Las Cuatro Naciones; otras, en las de la fonda del Comercio, de Manuel Vega; otras, en las de La Marina de José Elías; alguna, en los salones de Los Campos Elíseos, de Viña-Goyanes, y una sola vez en el café Dindurra. Casi en cada ocasión, el ciudadano José Fernández Nespral, que había llegado de Langreo, manifestaba su entusiasmo por el orden y compostura de los comensales, dejando entrever que en la cuenca de su nacimiento las pasiones políticas arrastraban Nalón abajo orden y compostura.
Pero no sólo de orden se trataba. Aquellos beneméritos ciudadanos, trabajadores unos, empleados públicos o particulares otros, comerciantes algunos, contando como industrial-líder con don Tomás Zarracina, entre sopa y pescado, carne y postre, recordaban el año feliz de la República, en la que habían ejercido, cuando menos, de voluntarios de la causa.
Pero no sólo de recuerdos y añoranzas se alimentaban los comensales republicanos, también se servían, con la sidra espumosa, firmes propósitos para la recuperación del poder. Los asistentes al Casino Federal la noche del 11 de febrero de 1898, presididos por quien era presidente del Centro, don Manuel de la Cerra, y por don Tomás Zarracina, que fallecería en Madrid a finales de aquel mismo año, cuando el infatigable don Julio García Mencía les preguntó si querían brindar con él «para que si hiciera falta, cojamos todos las armas para defender la República», no tuvieron dudas. Un sí unánime, de jóvenes, medianos y mayores, fue la respuesta a la pregunta, que nada les helaba la sangre.
Hoy, también se repiten en nuestro pueblo cenas de señores, y cenas de fecha. A finales del pasado enero, por ejemplo, en un hotel de las afueras, a veintiocho kilómetros, hubo una bien grande con ocasión de honrar y escuchar al señor Gonzalo Urquijo, ahora fiel empleado del señor Mittal. En las mesas, no se distinguía el magnate empresarial del obrero sindicalista, tal la igualdad alcanzada, tal orden, la compostura y urbanidad en los modos y las formas, en el dobladillo de los meñiques y en la perfección de los nudos «gordianos» en las corbatas de seda. También de señores, las de Leones y Rotarios, donde la elegancia, la caridad y la suerte se estrechan la mano que da.
El próximo día 9, los que hoy, humilde y sacrificadamente, continuamos profesando la fe de la igualdad sin excepciones, de la libertad sin restricciones y de la fraternidad universal, volveremos, con o sin corbata, con más o menos suerte, a proclamar nuestra fe en la República como senda, esperanza y forma de Gobierno, aunque, para disgusto del anciano cuanto lucido señor Carrillo, no la presida, salvo previa elección, el señor rey (don Alfredo)...
Francisco Prendes Quirós es presidente del Ateneo Republicano.

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