La semana pasada la prensa italiana se ocupó de la carta que Verónica Lario hizo publicar en un diario del país para exigir a su marido, Silvio Berlusconi, disculpas públicas por los excesos cometidos en una gala benéfica donde, según las crónicas, coqueteó a diestro y siniestro con cuánta mujer se le acercó.

En una de las informaciones de las que se hace eco la prensa española, leo que, tras la respuesta ofrecida por el esposo a la esposa, la mayoría de los italianos; especialmente las mujeres (se añade), no perdonaba a Verónica su quiebra de la discreción conyugal.

Parece ser que en nuestro consciente colectivo sigue muy vigente aquello de ser como la mujer del césar; ser honrada y parecerlo. Aunque se trata de una máxima de conducta un poco injusta, por unilateral, ya que al césar no sólo no se le exige discreción sino que se le aplaude sacar los pies fuera del tiesto cada vez que tiene ocasión y aunque no la tenga.

Y no solo a éste césar, sino a todos los que lo son o lo han sido. Por eso Putin puede decir casi en público del presidente de Israel aquello de "vaya machote" "violar a una docena de mujeres"; y aquí no pasa nada.

No se si han tenido ocasión de leer la carta de Verónica Lario o al menos los extractos que de la misma se han publicado en la prensa española. Yo, como madre de tres varones, me he sentido identificada con ella cuando afirma que la defensa que hace de su dignidad de mujer "ayude a mi hijo a no olvidar el valor fundamental del respeto a la mujer, con lo que podrá establecer con ellas relaciones siempre sanas y equilibradas".

Siempre se insiste en la complicidad que las mujeres tenemos en la perduración de los comportamientos machistas. Dicen algunos, incluso, que la responsabilidad principal es de las madres ya que somos nosotras quienes educamos a nuestros hijos. Verónica piensa, y yo con ella, que la conducta pública de su marido con las mujeres es indigna. Y no para ella. O al menos no sólo para ella.

Es indigna porque trasmite disvalores. Porque, de varón a varón, perpetúa la idea de que lo único que merece la pena mirar de una mujer es lo que está debajo de su vestido.

¡Bravo, Verónica!

Rosario Hevia. Magistrada.