EL RUNRÚN

El sábado se celebró en Sort la Festa del Ruc. Los asistentes se comieron dos burros, en forma de estofado y longaniza. A la cena (preparada por la sociedad gastronómica La Xicoia) asistieron cuatrocientas personas. La organizan desde hace más de diez años, pero en esta ocasión han cambiado el lugar de encuentro: de Llessuí han pasado a Sort. En la edición digital de La Vanguardia,el vicepresidente de La Xicoia resaltaba las cualidades de la carne de burro, "cuyo sabor es similar a la del caballo, pero un poco más dulce". Explicaba también que, mezclada con la de cerdo, da unas longanizas sabrosas.

Pero -ay- en los últimos tiempos el burro ha ido ocupando un lugar en la simbología catalana (hecho que incluso ha merecido un sermón del mismísimo Jordi Pujol). Ese lugar simbólico ha hecho que - tras diez años sin que nadie reparase en la cita gastronómica del Pallars- de repente muchos ojos se hayan posado en ella. De entre todos esos ojos, cabe destacar los de Ecologistes en Acció y Asociación Defensa Derechos Animal (tal cual: sin artículos ni preposiciones), que han emitido un comunicado diciendo que comer burro en una fiesta gastronómica es "triste, esperpéntico y lamentable", que "en estos momentos hay trescientos burros catalanes protegidos, un símbolo de Catalunya, un símbolo identitario de un animal que durante siglos ha sido el compañero de trabajo del hombre" y que "creemos que a ningún país civilizado y europeo se le ocurriría promover una iniciativa de estas características".

El comunicado es un ejemplo claro de la empanada mental de muchas supuestas almas bondadosas. Ecologistes en Acció y Asociación Defensa Derechos Animal hacen trampa cuando hablan de burros protegidos en relación con los de Sort. Porque los que se comieron allí no son guarans sino de raza común. Eran machos, además, ya que -aun siendo comunes- las burras sí están protegidas, para facilitar la reproducción. De la bondad de estas citas gastronómicas habla La Xicoia: hace diez años, cuando esas comidas empezaron a celebrarse, sólo una granja pallaresa se dedicaba a la cría de esos animales, y una década después ya son diez, lo que demuestra que contribuye al mantenimiento de la especie.

Y las "almas bondadosas" vuelven a hacer trampa cuando dicen que "a ningún país civilizado y europeo se le ocurriría promover una iniciativa de estas características". Recuerdo que una mañana de abril de hace catorce años paseaba por la ciudad italiana de Asti. Entré en un mercado a curiosear. En un puesto de carnicería vi longanizas de burro y me interesé por ellas. Como le comenté al propietario que nunca las había probado, me regaló una, y no hubo forma de que quisiese cobrarme. Simplemente a la plancha, estaba rica-rica. A veces como carne de caballo o de potro, que compro en la carnicería Xavier, de Santa Caterina. Hoy, en mercados y restaurantes encuentras también carne de avestruz y de canguro (amén de gusanos y escorpiones, en Petràs de la Boqueria). Con ese panorama ¿la de burro no se va a poder comer? ¿Qué prejuicio puritano lo impide? ¿Uno religioso, similar al que prohíbe, según dónde, comer cerdo? Al estilo de Calixto Bieito, cabría modernizar el viejo refrán: de burro i de sostenible, se n´ha de venir de mena.