No me digan que no recuerdan a don Diego López Garrido apesadumbrado cuando la formación a la que pertenecía, IU, decidió en su momento no incluirlo en la candidatura al Congreso de los Diputados! No era el suyo un dulce lamentar, sino un desmoronamiento que a todos nos desazonaba. Sin embargo, mírenlo ahora, de portavoz del PSOE. No se muestra contrito, sino continuamente ceñudo contra el PP. Su lamento actual es de una aparente irritación, al tiempo contenida e indisimulable. Las huestes peperas matan a disgustos a nuestro hombre en el Parlamento. Del áspero cariz de la política profesional don Diego es un exponente pintiparado. ¡Cuánto sufre, se afana y se desvela nuestro infatigable parlamentario!

Y, miren por dónde, ahora nuestro hombre está muy afligido por el hecho de que al final de la manifestación que se celebró el 3 de febrero en Madrid se oyó el himno nacional. Dice don Diego que el himno es de todos y que, por ende, nadie tiene derecho a apropiárselo. ¡Toma patriotismo! ¡Hay que ver lo fervorosa que es esta izquierda nuestra! ¡Y el PP sin enterarse! Seguro que de la lectura de Max Weber coligieron que la ética de la responsabilidad llevaría a la izquierda española del siglo XXI a renunciar no sólo a la «Internacional» (una antigualla, oiga), sino también al himno de Riego, muy irreverente él, sobre todo en lo que se refiere a sus connotaciones.

Izquierda responsable la nuestra, sí, señor. Pero es que la cosa no se queda ahí. También es castiza. El himno es el himno. Gabachadas las justas, mire usted. La «Marsellesa» para los franceses. «La izquierda española y yo somos así, señora». Éste y no otro es el entusiástico mensaje del don Diego de todas las Españas.

Izquierda superadora de todas las historias, a un lado y otro de los Pirineos. Seguro que don Diego rebatiría estas palabras de Stromberg: «Los franceses brindaron felices por la "patrie", de la que, a partir de ese momento, todos eran hijos en pie de igualdad». La «Marsellesa» está muy bien, pero emociona más, eriza más la piel el himno oficial patrio.

No les quepa duda de que, como decíamos antes, para la actual izquierda el himno de Riego no pasa de ser una folclorada. Eso por mucho que Baroja hubiera escrito al propósito: «El himno de Riego es callejero, alegre y saltarín... Está empapado en los héroes del liberalismo». Eso por mucho que Unamuno se hubiera manifestado de idéntica manera: «Para muchos en España, Riego es el himno de Riego. Un hombre que lo fue de carne y hueso y sangre y alma que se ha convertido en un himno».

¿Verá don Diego en nuestra música oficial patria un himno gigante y extraño al modo becqueriano? ¿Se conmoverá escuchándolo? ¿Se pondrá en posición de firmes? ¿Sentirán las izquierdas hispanas un vehemente deseo de formar prietas las filas para escenificar como Dios manda el himno patrio?

¿Se imaginan ustedes a todos los liberales y heterodoxos que en España han sido arrebatados y trémulos de emoción ante el himno oficial que tenemos ahora, al tiempo que con lastimero desdén evocasen a Riego y a la «Marsellesa»? ¿Cómo habría sido «El mañana efímero» machadiano en caso de que hubiese tenido una visión del arsenal estético que mueve y conmueve a la izquierda hispana del siglo XXI?

Sólo nos falta una cosa por ver y por oír, a saber, a don Diego López Garrido recitando, embargado por la exaltación, versos de Pemán.

Cosas veredes.