Ha causado gran sorpresa la revelación de que Guy Mollet ofreciera cierto día a su homólogo inglés, Anthony Eden, una posible fusión biestatal franco-británica, según un documento que dormía en los archivos londinenses. Demuestra el estado de desesperación en que se encontraba el entonces primer ministro francés, en 1956, tras el fracaso de la acción conjunta llevada a cabo en Suez que provocó Naser apoyado por Moscú, y en plena guerra colonial en Argelia, que amenazaba con acabar igual que en Indochina. El general De Gaulle aún no había salido de su silencio en su refugio de Colombey, pero el socialista Mollet temía que volviera a tomar el poder, presionado por Massu y otros generales y por una opinión pública desmoralizada, harta de crisis ministeriales y de gobiernos que no aguantaban más de un semestre, a veces ni un trimestre, a lo largo de toda la IV República. No extraña pues que, en medio de la tormenta, Mollet intentara salvar la nave a punto de hundirse lanzando un utópico SOS.

En rigor, Mollet retomaba la audaz idea salida de la chistera de uno de los hombres más imaginativos del siglo pasado: el genial Jean Monnet, en los días más críticos de la debacle de junio de 1940, cuando los acontecimientos rodaban a la velocidad de los tanques alemanes en avances irresistibles por las suaves llanuras del norte y este de la dulce Francia. El gobierno de Reynaud, trasladado a Burdeos, se tambaleaba y De Gaulle, recién ascendido a general, con cargo de secretario de Estado de Defensa, decidió marchar a Londres "para salvar el honor de Francia". Monnet, mientras tanto, iba y venía sin cesar entre Burdeos y la capital londinense en calidad de jefe de la junta de coordinación franco-británica, negándose a aceptar la derrota y tratando de convencer a su viejo amigo Churchill y al laborista Clement Atlee de la posibilidad de que Francia siguiera la lucha desde las posesiones de África y demás colonias del imperio.

Para dar más fuerza a esta determinación de mantenerse en el campo de los defensores de la libertad, del que Churchill ya se había proclamado el líder indiscutible, a Monnet se le ocurrió redactar una declaración conjunta de ambos gobiernos en la que se planteaba el proyecto de fusión franco-británica: "One Parliament, one Cabinet, one army". Churchill, enfrascado ya en hacer frente a la anunciada invasión de los nazis, animó a su amigo Monnet, aunque puso en duda que convenciera al gobierno de Burdeos. El propio De Gaulle pensó que ya era tarde.

No se equivocaban. París ya había caído en manos enemigas. Reynaud dimitió. Y entregó el poder al mariscal Pétain. Monnet trató aún de convencerle y de poner la flota a disposición del gobierno para trasladarlo a Casablanca. El viejo mariscal jugó a dos paños y al tiempo que le daba órdenes a Darlan para el embarque, pidió el armisticio y la paz por separado. El Parlamento dio el voto favorable. Herriot, su presidente, pasó a la cárcel con otros notables de la III República. Más de un ex ministro acabó sucumbiendo bajo las balas. Monnet y otros muchos huyeron como pudieron a Londres para empezar la resistencia en torno a De Gaulle. Tras su primer encuentro con Churchill, encarnación en esa hora de un pueblo indomable, De Gaulle dijo de aquél que estaba hecho "para tareas grandiosas". "Un hombre a mi medida", dijo por su lado Churchill del terco general que tampoco quiso claudicar. Todo menos rendirse. Y si fuera necesario, el premier ya previno, en caso de catástrofe en la isla, estaría dispuesto a seguir la guerra desde Canadá. E incluso a fusionar la Commonwealth con los Estados Unidos de América. Hitler no sabía dónde se había metido, ni contra quiénes.

Hoy vivimos otros tiempos, pero nos faltan hombres con determinación en la defensa de los derechos humanos y las libertades esenciales por las que Roosevelt puso todo el peso de su país en la balanza de las democracias de Occidente: lo preocupante es que hoy Bush cree ser otro Roosevelt, Blair un nuevo Churchill y Sarkozy, el posible Napoleón del siglo XXI. Menos mal que la canciller alemana, Angela Merkel, se contenta con llegar a la altura de un Kohl y que Napolitano lleva la presidencia de la República de Italia con igual dignidad e inteligencia que casi todos sus antecesores en el cargo.