Lo dijimos días atrás, las dos formaciones catalanistas mayoritarias, ERC y CiU, son hermanas siamesas pese a su mutua agresividad. La cual no se debe como se dice a que CiU sea nacionalista y ERC independentista. Porque ¿qué significa con exactitud nacionalista catalán?, no se sabe; en cuanto a independentista, está claro: no se relaciona con la realidad existente ni con la previsible. Y es que ambas formaciones practican una excitada maniobra posibilista para hacerse con unas cotas de poder que puede estar bien o mal, pero que cuanto más éxito alcanza más se denigra a sí misma y más enturbia la situación general del catalanismo.
El posibilismo razonado es una opción, no cabe duda, y en la práctica es la que anima acaso a la mayoría de los votantes catalanes. Pero su buen funcionamiento requeriría una amplia revisión de sí misma y una explícita fijación de objetivos, pues de lo contrario ocurre como ahora, que se limita a constituir un oportunismo rapaz y alicorto, pero con unos efectos perniciosos al máximo, pues se niega a sí misma la legitimidad y convierte a sus votantes en colaboracionistas y los deja en medio de la calle inermes y avergonzados. Porque reconoce como óptimo el soberanismo radical, lo que podría tener un sentido, pero al no dotarlo de una hipótesis de plasmación en los hechos en una circunstancia previsible, lo condena al ensimismado universo de la utopía, o sea, que lo desactiva.
Así, cuando CiU y ERC se pelean por la silla o el mendrugo de pan, continúan perdiendo el tiempo, como le ha ocurrido al catalanismo político tan a menudo, pues ha dejado pasar los momentos álgidos en que quizás hubiera podido erguirse decisivo, como fueron 1931 y 1975, a la vez que se inhibe de los periodos de bonanza: la Segunda República y el cuarto de siglo inicial de la actual democracia.
Lo que acaso debieran hacer ERCy CiU, pues, sería convocar un concilio catalán, como ha hecho la Iglesia en sus épocas más tempestuosas o extenuadas, para dirimir y ensayar un par de doctrinas o mejor filosofías, la matizada y la absolutista, y a partir de ahí dividirse y trabajar en ambos frentes ofreciendo a la ciudadanía una doble planificación prestigiosamente plausible, y que permitiera expresarse a la voluntad popular, de acuerdo con unas ideas coherentes y unos intereses insertos en la historia. Porque ninguna opción de futuro puede sostenerse sobre una ambigüedad o una incapacidad de 50 o 100 años. Y cuidado: de esta confusión no es España la culpable, como tampoco lo fue Felipe V de ganar otra guerra civil en la que Catalunya también se había alineado en el bando perdedor. Si no se es responsable, no se es político.

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