El Estatut no tiene quien lo quiera, de Marçal Sintes en El Mundo de Cataluña
SEÑALES DE HUMO
La polémica por la tercera hora de castellano y la Ley de Dependencia sume a ERC en el desconcierto
Apenas transcurridos unos meses desde su alumbramiento, el Estatut no tiene quien lo quiera. Pero resulta que Cataluña no tiene otro, y que el que tenía antes, el de 1979, era mucho peor que el actual. La incomodidad y la pereza en la defensa del marco estatutario empiezan a resultar alarmantes entre los socios del tripartito II, actitud que deja a los catalanes, a todos, en una posición bastante precaria, amén de injusta.
Observemos el panorama con un poco de detenimiento. José Montilla no tuvo inconveniente en presentar, al final de su mandato como ministro, un recurso de inconstitucionalidad contra la Ley del Audiovisual del Parlament (votada por el propio PSC). Había sido, asimismo, el encargado de anunciar las enmiendas del PSOE contra el proyecto de Estatut aprobado por la Cámara de la Ciutadella.Con estos antecedentes, a nadie puede extrañar que el PSC votara en las Cortes españolas, como hicieran también ERC, Iniciativa y el PP, la Ley de Dependencia. Lo hacían a sabiendas de su naturaleza antiestatutaria, denunciada firme y reiteradamente antes de su aprobación por el Institut d'Estudis Autonòmics. Esta misma semana el Consell Consultiu de la Generalitat se cargaba también el texto. Veremos si acaba en el Constitucional, algo que, por otra parte, no afectaría a los beneficios derivados de la norma.
Otrosí: el decreto de la tercera hora de castellano de la ministra Cabrera. Incomprensiblemente, el conseller Ernest Maragall aplaude una medida que, en primer lugar, invade las competencias de la Generalitat y, en segundo, vuelve a demostrar que la España plural de Zapatero era un mero eslogan. Dice la señora ministra que le preocupa el bilingüismo. En realidad, recela del catalán, que ve como una lengua ajena (como, por otra parte, les ocurre a la mayoría de abanderados de la causa bilingüe). Si de verdad le preocupara el bilingüismo nos dejaría en paz (los datos indican que los niños catalanes dominan el castellano tan bien o tan mal como los de fuera de Cataluña) y se ocuparía del catalán que se habla en el País Valenciano, el valenciano, o del catalán que se habla en las Islas Baleares, donde esa lengua retrocede a pasos agigantados gracias al concurso militante de las autoridades del PP. Los socialistas han anunciado un recurso -un conflicto de competencias- ante el TC, pero -para estupefacción de propios y extraños- sin incluir en él el punto sobre el castellano. En paralelo, Maragall prepara un decreto diseñado para dar satisfacción a los prejuicios de la señora ministra.
Y mientras se desarrolla este insólito guión, que más parece una fantasía de Boadella y los chavales de Ciutadans, ¿qué hace ERC? Pues intentar argumentar que todos los males son culpa de CiU, que compró un Estatut de rebajas, una CiU a la que el tripartito ha excluido de las comisiones bilaterales con el Estado para desplegar el texto. No obstante, el partido de Macià y Companys no puede evitar sumirse en el desconcierto, atrapado entre el sentir de sus votantes y la estrategia casi masoquista de sometimiento al montillismo. Una metáfora de la situación de ERC bien podría ser la flagrante contradicción entre un Joan Puigcercós que iza la bandera española tras ser reconvenido por Montilla y el joven alcalde de Matadepera, también republicano, imputado judicialmente por no izarla.
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