LA TERRAZA
El hecho de publicar mis crónicas, mis terrazas en la edición dominical de La Vanguardia tiene su recompensa. Amén de que las señoras del barrio no se cansan de cubrirme de elogios, el lunes recibà una llamada del Teatre Nacional de Catalunya (la crónica del pasado domingo debió de causar su efecto) en la que se me informaba de que la cabeza de mi padre, el busto que yo habÃa cedido a Domènec Reixach para que lo exhibiera en el Romea (a la sazón Centre Dramà tic de la Generalitat), estaba a punto de serme devuelto, tal como yo lo habÃa reclamado en mi crónica, dado que el TNC no encontraba un lugar adecuado para mostrarlo.
La cabeza llegó al dÃa siguiente, martes, a las once de la mañana. El bronce del escultor Llauradó estaba algo guarro, a consecuencia, supongo, de su permanencia en el Ikea (la sala del TNC donde guardan el atrezo) y sin la peana que lo sostenÃa en el hall del Romea. Al dÃa siguiente metà la cabeza en una mochilita que antaño utilizaba en Espot para ir a cazar mariposas y me fui con ella al Ateneu, su nuevo destino. Confieso que me produjo una sensación un tanto extraña caminar por la Rambla con la cabeza de mi padre colgada a mi espalda. Estuve tentado de detenerme en el Boadas, que tanto le gustaba, para darle un respiro y ofrecerle un dry martini, pero decidà seguir mi camino, meterme en la calle Canuda, subir la noble escalera del antiguo palacio del barón de Savassona y depositar la cabeza en la barra del bar del Ateneu, para que Àngel Teixidor, el encargado del mismo, se hiciese cargo de ella y luego de limpiarla y buscarle una peana la colocase en el bar, donde mejor le parezca. El presidente del Ateneu, mi buen amigo Oriol Bohigas, me ha llamado por teléfono agradeciéndome la cesión de la cabeza y me ha hecho saber que cuando esté listo su emplazamiento celebraremos la llegada del viejo socio a su casa tomándonos un Sagarra (picón con vermú), lo cual se lo haré saber con antelación por si algún lector quiere apuntarse al acto.
Antes he mencionado mi crónica del pasado domingo y quisiera pedir disculpas, en primer lugar al señor Francesc Fontbona, que mandó una carta al diario que fue publicada el pasado martes, por el menosprecio -tal es la justa apreciación del señor Fontbona- que demostré en ella por el escultor Eudald Serra, el autor del monumento a Margarida Xirgu que se encuentra en la plaza del Canonge Colom, frente al teatro Romea. He sido injusto con ese escultor, "un escultor distinguit, un dels primers que ja als anys trenta va introduir l´escultura d´avantguarda a Catalunya", como dice el señor Fontbona en su carta. Pido, pues, nuevamente disculpas aunque, a mi modesto entender, la escultura de Eudald Serra dedicada a la Xirgu sigue pareciéndome algo horrible. También quiero agradecer a mi buen amigo Javier Ozón, otro lector del diario, la información que me ha hecho llegar sobre otra estatua, la del actor Iscle Soler, que se encuentra en la plaza de Sant AgustÃ, a un par de pasos de la del Canonge Colom. El señor Ozón me dice que la estatua de Iscle Soler es obra del escultor Pablo Gargallo, lo cual hace todavÃa más vergonzosa su transformación en parking de bicicletas y deberÃa hacer reflexionar al vecindario.
Una vez hechas esas puntualizaciones, quisiera volver al Teatre Nacional de Catalunya donde acaba de presentarse Primera història d´Esther,de Salvador Espriu, bajo la dirección de Oriol Broggi. No es un montaje cualquiera. Supone la aparición, la entronización en el TNC de uno de los grandes escritores catalanes del pasado siglo y, más concretamente, de una obra fundamental, vamos a llamarla asÃ, del teatro catalán de la posguerra. Yo siento una especial estima por esa obra de Espriu y por diversas razones. La primera, porque Espriu vino a nuestro piso de la Bonanova a leérsela a mi padre y buena prueba de esa visita es el ejemplar de la misma, editado en la Col · lecció Literà ria Aymà -que conservo como oro en paño-, con la siguiente dedicatoria: "A Josep Maria de Sagarra, que tan bondadosament s´interessà per aquesta obra. Salvador Espriu. B., 23-X-I.948". La segunda razón, es que se trata de un texto que marca, al menos para mÃ, nada menos que 50 años del teatro catalán, toda una época que coincide con los años más esperanzados de dicho teatro: desde el montaje de la Agrupació Dramà tica de Catalunya, del 1957, hasta el de LluÃs Pasqual en el Lliure, de 1982, pasando por dos montajes de Ricard Salvat (la Adrià Gual) de 1962 y 1977. La tercera razón es la larga conversación que mantuve con Espriu sobre dicha obra y sobre lo que él entendÃa que debÃa ser el teatro catalán, y cuál debÃa ser su derrotero, a raÃz de la crÃtica que publiqué en el diario El PaÃs sobre el montaje de Pasqual, hace 25 años. Una conversación que me produjo una fuerte impresión y de la que hablaré algún dÃa. Pero aún hay más. En mi despacho, a la derecha de la mesa en que escribo esta crónica, figura en la pared una gran fotografÃa de mi querido amigo Josep Montanyès interpretando el personaje del AltÃssim - "Jo, l´AltÃssim, cec d ´ aquesta parroquia de Sinera, tinc missió de convocar nens i crescuts..."-, una fotografÃa que me regaló su viuda, Maria MartÃnez, y sus hijos poco después de la muerte de mi amigo. TenÃa, pues, una gran curiosidad por presenciar ese nuevo montaje de la obra de Espriu. Pensaba ir a verlo anteayer, la noche del viernes, pero aquel mismo dÃa me encontré con la crÃtica de Joan Antón Benach en este diario, que coincidÃa con la que unas horas antes le habÃa escuchado a Toni Moreno en Catalunya Rà dio. EscribÃa Benach en su crÃtica que "¿Qué habremos hecho nosotros, condignos espectadores de Sinera, para merecer esto? ¿Qué habremos hecho para que un Espriu tan complejo cono el de Primera història d ´ Esther, el joven y admirado Broggi nos lo complique mucho más, consiguiendo que extensos pasajes de la representación resulten hórridos galimatÃas? ¿Qué pecado el nuestro merece la penitencia de ver emborronadas no pocas palabras del poeta, cuyo eco nacido de otros cómicos aguardábamos expectantes?". Eso, señores, es muy grave. Uno puede discrepar del enfoque dado a tal o cual montaje, pero eso de emborronar no pocas palabras del poeta, y más en un teatro que se auto califica de Nacional de Catalunya, no deberÃa tolerarse. De los catorce actores que figuran en el reparto, sólo tres o cuatro están a la altura , según el crÃtico teatral de este diario, en cuanto al manejo del texto se refiere. Uno de ellos es mi buen amigo Joan Anguera, el cual, según Benach, interpreta "un AltÃssim magnÃfico, soberbio". Me alegro por él. Anguera me habló este verano en Espot de la ilusión que le hacÃa interpretar ese personaje. Iré a escucharte otro dÃa, Joan, cuando se me haya pasado el disgusto, y luego nos beberemos una botella de champán a la memoria de Espriu y del teatro catalán.
Total, que la noche del viernes me fui al TÃvoli, a ver La revista negra, el espectáculo de Jérôme Savary. Fui, antes que nada, para mostrar mi solidaridad y mi simpatÃa con la compañÃa tras la muerte fulminante, el pasado miércoles, en plena función, del pianista Jimmy Justice, un negro neoyorquino de 75 años. Conseguà un par de butacas en la fila 5 del primer piso (52 euros); la platea estaba llena. Encontré el planteamiento del espectáculo un pelÃn pedagógico, pero la compañÃa es excelente. Buenos músicos, buenos cantantes y buenos bailarines, especialmente un par de bailarines de claqué, sensacionales. La joven Nicole Rochelle logra una brillante recreación del personaje de Joséphine Baker. No tiene las piernas tan largas como las de la Baker, pero hace gala de una vocecita de soprano, aflautada, como la de la Perla Negra, y sus interpretaciones de Le petite Tonkinoise y de J ´ai deux amours a buen seguro que hubiesen hecho las delicias del viejo Vincent Scotto, el compositor de las mismas, el viejo marsellés del muelle de Rive-Neuve al que tanto le agradaban las mujeres, casi tanto como le agradan a Jérôme Savary. Toda la revista tiene ese aire desenfadado y a la vez esa gran clase profesional a la que nos tiene acostumbrados Savary. Con Savary he coincidido en numerosos escenarios, en ParÃs, en Aviñón, en Barcelona, en Hamburgo... y siempre me lo he pasado la mar de bien. El tipo es un provocador nato y un buen fumador de habanos. TodavÃa recuerdo la impresión que nos produjo su primera visita a Barcelona, con la compañÃa del Magic Circus, que ofreció en el Romea el espectáculo Les grands sentiments. Eso ocurrÃa en el mes de marzo de 1976. El dÃa del estreno, terminada la función, el público permanecÃa en pie, aplaudiendo, resistiéndose a abandonar el local. Entonces, una chica de la compañÃa se puso a cantar a capella, La dama d´Aragó. Yo estaba en un palco con mi colega el crÃtico Martà Farreras y a ambos se nos escaparon unas lágrimas. Eso son cosas que no se olvidan y hacen que siempre le estemos agradecidos a Jérôme Savary y nos encontremos felices con él. La revista negra sigue en el TÃvoli hasta el próximo dÃa 25 de febrero.

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