TESTIGO IMPERTINENTE
Me puse antigua y señorial para celebrar el número 100 de 'La Aventura de la Historia'
Carmen Calvo llevaba un abrigo de Zara 'distraído' con dos hermosos prendedores
Pedro J. incidió en la política antiterrorista y Zapatero contestó con su empeño de paz. Todos contentos
Asistí al cumple de La Aventura de la Historia con las mismas esperanzas que si hubiera ido al cumple de Fotogramas. Pura lógica. Si en Fotogramas lo previsible son las actrices de escote resbaladizo, en La Aventura de la Historia lo previsible son los señores de chaleco y gafas. El gremio de la historiografía lo nutren contingentes de personajillos aplicados y silenciosos, catedráticos bifrontes e intelectuales de chaqueta desmadejada. O sea, gente que se ha pasado más de media vida con las cervicales vencidas ante un libraco. Hay excepciones, naturalmente. Gonzalo Anes, director de la Academia de la Historia, es una de ellas. Para empezar, no usa gafas, camina muy erguido y siempre parece dispuesto a doblar el espinazo invitando a una dama a bailar un vals (puntualización: si la dama resulta ser Aline Romanones, siempre preferirá un hip hop a un vals). El pasado vuelve porque nunca se ha ido del todo, dice Anes desde el silencio. En él, por ejemplo, confluyen Petronio, Cánovas y Lorenzo de Médicis.
Yo también me puse antigua y señorial para celebrar la aventura del número 100 de la revista. Primer objetivo: pegarme a la sombra de Pep Guardiola y averiguar qué demonios hacía allí un futbolista. Una de dos. O él se había equivocado de lugar, o yo me equivocaba de crónica. Guardiola no es periodista (ni falta que le hace), pero lleva dos meses siguiendo a ZP por el mundo para hacer un documental.
El presidente estaba a punto de llegar. Le esperaban a pie de calle David Solar (director de la revista) junto a la ministra Carmen Calvo (te pillé, darling: llevabas un abrigo de Zara distraído con dos hermosos prendedores), y los jefes de esta casa, Pedro J. Ramírez y Antonio Fernández-Galiano.
El resto de los invitados, tirando a monográficos. La historia ganaba por puntos a la política, pero la política se vengó enseguida. Con los dedos de la mano cuento los políticos: el presidente Zapatero y su asterisco (Fernando Moraleda), la ministra Carmen Calvo y el matrimonio Barreda, desglosado en José María Barreda, presidente de la Junta de Castilla-La Mancha, y Clementina Díez de Baldeón, presidenta de la Comisión de Cultura del Congreso. Por el lado de la Historia hacían causa común Julio Valdeón, Fernando García de Cortázar, Eloy Benito (secretario a perpetuidad de la Academia de la Historia) y José Alvarez Junco, entre otros. El grueso lo ponía el cuerpo de catedráticos de la Universidad. He aquí algunas alineaciones. Por la Complutense, Julio Mangas, Nicasio Salvador, Julio Aróstegui, José Manuel Roldán, Rosario de la Torre y Federico Lara Peinado. Por la Autónoma de Madrid, Pedro García Martín, Germán Vázquez y Manuel Bendala. Por la UNED, Julio Gil Pecharromán, Carlos Martínez Show, Germán Vázquez y Genoveva Queipo de Llano (viuda de Javier Tusell).
La política se vengó, ya digo. Eso fue a la hora de las alocuciones, que se desarrollaron en un in crescendo sinfónico. El primero (David Solar) invirtió tres minutos en su parlamento y el último (Zapatero), 70. Más que un cumpleaños, aquello parecía un discurso de investidura. Entre medias se produjo el apagón contra el cambio climático. No fue un apagón propiamente dicho sino un descenso de intensidad. Poca cosa, lo justo para cumplir con la protesta sin provocar desconcierto entre el equipo de seguratas del presidente.
Agatha Ruiz de la Prada, que iba con un traje alusivo, no podía ocultar su incomodidad. «Me he puesto un cuello de María Antonieta para estar a tono, pero si llego a saber que se enrollan tanto, habría elegido algo más cómodo». El marido de Agatha hizo un discurso al uso (es decir, al uso suyo) y consumió 18 minutos de reloj. Las referencias vertidas hicieron que Zapatero se extendiera más de lo previsto cuando le llegó el turno de palabra. No exagero. El texto del presidente fue repartido entre la prensa y doy fe de que apenas sobrepasaba los 20 minutos.
La palabra, para quien la trabaja. Gonzalo Anes se fue por los cerros del regeneracionismo, Pedro J. incidió en la política antiterrorista, y ZP contestó con su empeño de paz. Todos contentos.
Egipto puede esperar
EL TECHO ASTRONOMICO MAS ANTIGUO. Cuando llegó el brindis ya era hora de cenar. Fue entonces cuando les vi las caras. Milagro-milagro. Distinguí entre el público a un actor (Juanjo Puigcorbé: a lo mejor es medievalista, y yo sin enterarme), a una editora de casta (Imelda Navajo), a un matrimonio indiviso (Rosa Pereda y Marcos-Ricardo Barnatán), a un querido profesor (Pablo Irazazábal), al director de la revista Zero (Miguel Angel López) y a una pareja de egiptólogos incombustibles: Paco Martín Valentín y Teresa Bedman.
A Paco Martín le debo mi primera lección de egiptología y gracias a ella, cada vez que veo una madona amamantando al niño me acuerdo de la Isis lactante. Menos es nada. Siempre he creído que Egipto, por su abundancia, sólo cabe en las cabezas superdotadas, pero la otra tarde, aprovechando que el Nilo pasaba por allí, me hice la encontradiza y amplié un par de conocimientos. Paco y Teresa llevan conjuntamente el proyecto Sen-En-Mut en Deir el Bahari (Valle de los Reyes). Se trata de una falsa tumba con joya incorporada: el techo astronómico más antiguo de la Humanidad. Ahora, la pareja se dispone a iniciar las obras de una copia facsímil de la cámara para que todo el mundo pueda admirar el techo astronómico. Los últimos trabajos de la pareja, sin embargo, han abierto una nueva vía de exploración que promete deparar mayores sorpresas. La reina Hapsepsut guarda la clave. Egipto puede esperar. De hecho, lleva cuatro mil años esperando. Todo un récord.
© Mundinteractivos, S.A.

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