Antiguamente, los aparatos de radio no decían mucho de aquellos que eran sus propietarios. Solo indicaban su clase social, y a veces, la mayor parte de las veces, ni siquiera eso. Los que tenían solvencia económica solían tener aparatos grandes, decorados con gran profusión de arcos de media punta, pequeñas columnas anacaradas y celosías, tras las que era posible advertir los nombres de muchas ciudades europeas (Berlín, París, Roma, Madrid, Lisboa) que coincidiendo con la línea del dial y su número de frecuencia, eran las que supuestamente emitían sus ondas. Después en la práctica, buscabas con la ruedecilla del mando Paris, más que nada por oír hablar en francés para las clases de idioma, y lo que te salía era la emisora de las Cuencas Mineras de Sama, o Radio Falange de Avilés. Te quedabas sin la suave música de Juliette Greco o Charles Trenet, y te zambullías en los discos dedicados a los asturianos emigrantes en Europa o América, o más humildemente en aquellos otros destinados a suavizar las condiciones de vida de los quintos, que paseaban su nostalgia oyendo la guitarra asturiana del Presi o las canciones bravías de la Busdonga, mientras dormitaban en una de aquellas garitas del páramo castellano.
Pero estaban también las radios de los más pobres, que por no tener no tenían ni la lista de las ciudades que daba tanto glamour cosmopolita a los aparatos, artefactos más cercanos a las galenas de fabricación casera que a los telefunken o philips que he descrito con anterioridad. Los artefactos sonoros de los pobres sonaban peor, estaba llenos de interferencias indescifrables y era muy normal que pasaras de una canción de José Guardiola a otra de los Chimberos, sin solución de continuidad. Los vecinos de los barrios más populares solían situar sus aparatos cerca de las ventanas abiertas de la cocina, que era el espacio familiar por excelencia, donde se hacia la vida y donde se desarrollaban gran parte de las funciones vitales más primarias. La modesta radio (nadie decía: tengo el aparato de radio estropeado, sino, tengo la radio hecha una mierda) marcaba así, erguida sobre el alfeizar de la ventana, un signo de distinción, de dignidad, de modernidad, que integraba a los felices propietarios en la trama social de la comunidad.
HOY EN DIA, los viejos aparatos de radio han sido arrumbados en los rastrillos mañaneros de los parques, permanecen allí con aire de dignidad ofendida, entre candelabros oxidados, llaves de iglesia de una solidez y tamaño abusivos, carpetas con retratos de recién casados (no de hoy, sino de los años veinte o treinta o cuarenta o cincuenta), tebeos y pulgarcitos amarillentos, portafotos de anatomía dulzonamente barroca, y otros miles de objetos que hacen las delicias de los merodeadores. Ellos están allí, orgullosos de haber contribuido al esclarecimiento de las mentes apresadas por la necesidad y la autarquía, como símbolos adelantados de la vertiginosa tecnología que hoy aflige los bolsillos de la sociedad impersonal y globalizada. Allí están, para quien quiera lleváselos a casa, como se lleva a un perro callejero que implora el cariño de los transeúntes.
Pero, en realidad, yo quería hablar de otra cosa, pero la literatura tiene tanto tirón y es tan egoísta, que te enreda en consideraciones imprevistas, antes de llegar al verdadero objetivo que persigues. Yo, en realidad, de lo que quería escribir este sábado era de los móviles, biznietos desclasados de los viejos aparatos de radio. Y retomo la cuestión.
De forma inversa a la escasa información que los aparatos de radio proporcionaban sobre sus satisfechos propietarios, los móviles son, por el contrario, suministradores de datos muy completos que perfilan, con bastante exactitud, la personalidad de sus dueños. A diferencia de los teléfonos, que nos advertían de una llamada con el rín, rín, rín, monocorde y, a determinadas horas de la alborada, innecesariamente odioso, los móviles ofrecen la posibilidad a los usuarios de atribuir una melodía (hay cientos, miles, de melodías de todo tipo, interpretadas por instrumentos embalsamados por la mano del sintetizador) a la llamada apetecida o inesperada de alguien. Y ahí está encerrada, en la melodía que cada cual elige, la clave de desciframiento de la personalidad del usuario. Yo tengo un amigo que está en vías de tratamiento psiquiátrico, porque no acaba de dar con la melodía que mejor represente su reputada sensibilidad musical. Me dice su mujer (aparte del móvil, también está casado con su mujer), que se pasa horas y horas descartando melodías de música clásica, por su rudimentaria calidad de sonido, por su burda armonización, por la carencia absoluta de elementos orquestales, por la desgana con que se han seleccionado los fragmentos de la pieza en cuestión, etc, etc. Ahora, dado su estado actual de ensimismamiento y progresiva misantropía, ha puesto en su móvil el sonido de un accidente de coches en cadena, lo cual, según su mujer, es absolutamente preocupante.
Y ya puestos a hablar de gustos, a mí me gustaría saber que melodía lleva en su móvil Alicia Castro Masaveu. Porque después de llamar "perfecto imbécil" al presidente del gobierno, deduzco que en su móvil suena algo de aquel grupo madrileño que se llamaba, Tarzán y su puta madre buscan piso en Alcobendas .
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.

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