La diputada del PP Alicia Castro Masaveu y el secretario general de la FSA, Javier Fernández, deberían citarse una mañana tras la iglesia de San Miguel de Lillo y allí, entre las húmedas brumas del amanecer, decirse a la cara todo lo que se están diciendo estos días a través de sus respectivos gabinetes de prensa. Podrían incluso palparse los lomos para saber quien los tiene más duros, o para iniciar una gran amistad, quién sabe. Pero también para evitarnos la escena que están protagonizando, propia de un matrimonio muy mal avenido, como los Rose de la película de Danny DeVito, que se tiraban, literalmente, los trastos a la cabeza. Lo suyo tenía más mérito del que ahora tienen los dos políticos asturianos.
Insultarse vía comunicado es infinitamente más fácil que hacerlo vis a vis, pero igual de inútil. El problema no es que se insulten o se ofendan en público, sino que crean que eso sirve para algo, que puede incluso reportarles votos entre las mujeres maltratadas o los carniceros deslomados. Ofende a la inteligencia, aunque Castro y Fernández no hayan sido los primeros en hacerlo ni seguramente serán los últimos. Para estos casos sería recomendable un cara a cara que muestre la verdadera osadía de los contendientes, más allá de la pose de ofendidos que utilizan en sus respectivos comunicados. Como personas civilizadas que son, acodados en la barra de un bar serían incapaces de llamarse "imbécil", "maltratador" y otras lindezas. Por qué entonces nos martirizan a todos con lo que no se darían en privado?, y por qué los medios invertimos tiempo y papel en airear semejante nadería?
Nacho Monserrat. Periodista.

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