OBSERVATORIO GLOBAL
Quiénes eran los cientos de guerrilleros que el pasado fin de semana lucharon una encarnizada batalla en torno a la ciudad santa chií de Nayaf? Ellos se denominan el ejército del paraíso, hay suníes y chiíes y mezclan antiguos oficiales del partido Baas con jóvenes crecidos en la espiral de masacres y torturas en que se ha convertido el Iraq de la ocupación occidental. Esperan la llegada del Mahdi liberador y para acelerarla habían planeado matar a los principales líderes religiosos chiíes, incluyendo el venerado Ali Sistani, en el día en que convergían los peregrinos a Nayaf para conmemorar la fecha del sacrificio del profeta Ali, la referencia de origen del chiísmo.
Nayaf está en una de las zonas consideradas seguras y a las que los estadounidenses han transferido el control al ejército iraquí. Pero estos insurgentes de nuevo tipo, descubiertos por un chivatazo, rechazaron el ataque del ejército, hasta que intervinieron los estadounidenses con toda su potencia y, aun perdiendo un helicóptero, mataron y capturaron a muchos de los soldados del paraíso. El episodio ilustra el grado de descomposición interna de Iraq y la dificultad de trazar líneas de amigos y enemigos con la claridad burocrática de los analistas del Pentágono. La estrategia política de Bush era tan sencilla como antigua: divide y vencerás. Como el núcleo de la resistencia es suní y como éstos eran la minoría de la población que había oprimido y masacrado a la mayoría chií y a la minoría kurda, las elecciones tendrían el apoyo de la mayoría de la población y el Gobierno resultante acabaría con sus enemigos proverbiales, intentando de paso ir integrando a algunos notables suníes en un nuevo Iraq aliado de Estados Unidos. Para ello había que construir un ejército, empezando por apoyarse en el núcleo kurdo, los únicos que tienen todo por ganar en un Iraq bajo protección occidental en el que al fin pudieran conseguir una autonomía. El problema es que a los chiíes se les fue la mano en la represión a los suníes, utilizando milicias bajo la protección del ejército y la policía. Y como Al Qaeda, que tiene pocos efectivos pero determinados y organizados, vio la oportunidad de provocar un odio insaciable mediante masacres, raptos y asesinatos de chiíes, el resultado ha sido la guerra civil. Que es guerra religiosa pero no sólo. También hay diferentes sectores chiíes, en particular la milicia de Al Sadar, la más violenta, que disputa el poder al mayoritario Consejo Supremo de la Revolución Islámica, que tiene vínculos con el chiísmo iraní. Ésta es la contradicción fundamental de la política estadounidense: un régimen chií en Iraq podría gravitar hacia Irán, buscando en la potencia emergente de Oriente Medio protección contra el mundo suní que los rodea. Porque nadie piensa en Iraq en una alianza estrecha con Estados Unidos después de la ocupación: hay demasiado odio acumulado contra quienes destruyeron el país y provocaron la muerte de cientos de miles.
En esas condiciones, el intento desesperado de Bush de ganar como sea, enviando 21.500 soldados más y prolongando la estancia de los que ya están en la carnicería, tiene dos lecturas. La primera es la de querer poner orden en la llamada guerra sectaria, haciendo que las tropas estadounidenses ayuden a los núcleos fiables del ejército iraquí a poner orden en Bagdad mediante el control de las milicias chiíes, integrándolas en una disciplina y concentrándolas en la represión de la insurgencia sin extenderla excesivamente a la población civil suní. Al mismo tiempo, se trata de cortar la conexión iraní, persiguiendo a sus agentes en Iraq y obligando a los líderes chiíes a alinearse con Estados Unidos. Ahora bien, pocos expertos creen en la pacificación de Iraq a corto plazo. Y Bush y su política tienen fecha de caducidad: el 1 de enero del 2009. E incluso antes si no quiere provocar la derrota republicana en noviembre del 2008. Porque un 70% de los estadounidenses está contra la guerra, decenas de miles se están movilizando en un nuevo movimiento por la paz, y la popularidad de Bush (28%) es la más baja de cualquier presidente, excepto Nixon durante el Watergate. Y no es que los demócratas tengan demasiadas ideas sobre lo que se puede hacer. Hablan de redespliegue de las tropas en los países del entorno, de acelerar la transferencia de poder al Gobierno iraquí y, sobre todo, de negociar con Irán y Siria una estabilización de la zona, mediante una gran conferencia internacional de la paz. Pero esta perspectiva está bloqueada, desde luego por Bush, pero también por el poderoso lobby proisraelí entre los demócratas, incluyendo el senador Lieberman, que tiene la llave del desempate en el Senado y que representa directamente los intereses de Israel. Y también Hillary Clinton, cuya base electoral y sus apoyos financieros tienen un componente decisivo en los medios proisraelíes, en particular en Nueva York. Y es que se suele olvidar que Israel sigue siendo la pieza fundamental en la política de Medio Oriente, mucho más que nuestro petróleo, que tenemos relativamente asegurado a través de la estabilidad de Arabia Saudí y los emiratos del Golfo. Israel en este momento tiene una obsesión: Irán. Cualquier solución política que diera a Irán un papel importante en la región es vista como una amenaza por Israel. Y esto bloquea tanto una conferencia regional por la paz (que incluiría la negociación con Siria, con los palestinos y con Hizbulah) como un régimen chií en Iraq que fuese autónomo con respecto a Estados Unidos.
Por eso hay una segunda lectura de la estrategia actual de Bush, que a primera vista parece estúpida o suicida si no añadimos este otro elemento. Una indicación es el cambio de personal en los estrategas neoconservadores. La primera ola (los Perle, Wolfowitz y demás) ha abjurado de la paternidad de la guerra de Iraq cuando vio como se desplomaba la criatura que engendró, Rumsfeld. Entra Robert Kagan, brillante periodista político (a quien Narcís Serra y yo invitamos a dialogar en Barcelona hace algún tiempo) y autor intelectual de la nueva estrategia. Kagan piensa, como los otros neocons, que el mundo se ha vuelto muy peligroso y que hay que poner orden (democrático si se puede) aprovechando la oportunidad histórica de una superioridad militar, tecnológica y económica de Estados Unidos. Pero es más coherente que nadie y piensa que hay que ir hasta el final de esta lógica, y que hay que hacerlo ahora aprovechando un presidente que está convencido y que se juega su lugar en la historia en aras de esta estrategia. El problema es que no queda apenas tiempo. La solución, tan simple como peligrosa, es crear una dinámica tal que los demócratas no tengan otro remedio que continuar la guerra y la ocupación hasta la victoria final. Si Bin Laden hiciera un atentado en Estados Unidos, sería aún más fácil. Pero como nunca se puede uno fiar de Bin Laden, hay que incrementar la confrontación por otros medios. O sea, atacar a Irán, no ocupándolo (no hay capacidad material del ejército estadounidense) pero dañando gravemente su infraestructura y su potencial militar. Y esperando además que Irán responda mediante Hizbulah, lo cual daría pie a Israel para intentar liquidar a Hizbulah en Líbano y, de paso, a Hamas en Gaza. Mezclando Iraq e Irán y sobre todo metiendo a Israel en la ecuación, se hace imposible a los demócratas optar por una estrategia de retirada. Teniendo en cuenta la capacidad militar de Irán y las posibilidades abiertas entonces para atentados de nuevo tipo por partede Al Qaeda, puede vislumbrarse la cabalgada por el desierto de los jinetes del apocalipsis. Un desierto que llega hasta nuestras puertas a través de redes globales de destrucción.

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