EL RUNRÚN

Nada me une a Mayol salvo el nombre de pila, pero sintonicé con ella cuando dijo que sus simpatías van más hacia un okupa pacífico que hacia un especulador. Dijo también: "En part (aunque el en part todo el mundo se lo pasó por el forro), jo també sóc antisistema". Me parecieron unas palabras espontáneas que no merecían tan exageradas reacciones, casi todas basadas en la acusación de demagogia y de "inconsistencia ideológica". Yo también siento más simpatía hacia colectivos como Miles de Viviendas o hacia los daneses de Ungdomshuset que hacia Mario Conde, por poner dos extremos. Pero yo me puedo permitir manifestar mis simpatías: no tengo poder alguno salvo el que pueda derivarse del ligero peso de mi pluma. Tampoco he tenido jamás ideología, ni consistente ni inconsistente, así que dudo que nadie me eche en cara mis simpatías con gran vehemencia.

Su comentario, sin embargo, fue objeto de furibundas respuestas. Y no me parece mal que se cuestionen las simpatías de quienes están en el poder. La pena es que siempre se hace con argumentos sectarios, o bien con la típica acusación, más que discutible, de "inconsistencia ideológica". Rahola la utilizó a fondo en su carta en el Avui,donde llama a Mayol pijoprogre por simpatizar con lo que no practica, y por ejercer "la militancia estética que resulta tan propia de algunas izquierdas ortodoxas". Pero esto es relativo: los más ortodoxos de izquierdas que yo he conocido se pirran por comprar de mercadillo, duermen en los albergues de la Generalitat por no pisar el hotel, y jamás invitan a un café porque lo consideran un dispendio, con lo que sospecho que gracias a su tacañería atesoran secretamente verdaderas fortunas. ¿No es ésta también una militancia estética? ¡Si hasta tuve un colega tan ortodoxo que se negaba a comprarse un sofá porque consideraba todo lo blando un símbolo burgués! Y la verdad, no creo que la compra hubiera menoscabado sus convicciones y, en cambio, tal vez sus amigos seguiríamos siéndolo hoy en día.

No siempre son los ciudadanos quienes acusan a los políticos de inconsistencia ideológica: al principio de la acampada de París, fue la ministra Catherine Vautrin quien calificó a Augustin Legrand, el promotor de la protesta a favor de los sin techo, de "mistificador" y "demagogo", y lo acusó de incoherente porque era actor, de buena familia, y nunca había dormido bajo un puente. Por lo visto, habría sido más coherente que Legrand, cuando su bebé no lo dejaba dormir, se hubiera tomado un somnífero. Pero resulta que le dio por pasear y charlar con los indigentes, y ahí empezó la movida que ha culminado en el proyecto de ley sobre la vivienda exigible. No estuvo afortunada Catherine Vautrin con estas acusaciones: mal les iría a los desheredados del mundo si sólo pudieran hablar en su favor quienes comparten la misma condición. Tampoco lo estuvo el periodista que, en la misma onda, ironizó al transmitirlas: "La ministra ha hecho estas declaraciones desde su despacho, entre marquetería y terciopelos". ¿Acaso tenía que hacerlas entre cortinas mugrientas y con un enjambre de piojos alrededor del pelo, para quedar más acorde?

En fin, que acusar a alguien de inconsistencia ideológica, ah, eso sí es demagógico, y vende un montón.