EL VOYEUR

El pretexto del tierno interrogatorio del astuto Quintero a la eterna triunfadora Ana Obregón, ahora afiliada sin vocación a la desolada sentencia de Fitzgerald, es que ya puede hablar con la autoridad que otorga el fracaso. Como soy inconstante y frívolo, aprovecho la metafísica confesión de la musa erótica del español medio para atender mis descuidadas labores domésticas, pero, entre paseo a la cocina y al lavabo, escucho su filípica en inglés, acompañada de su propia traducción simultánea al español (qué detalle hacia los espectadores paletos y monolingües), en la que responde a los agravios de una Victoria Beckham virtual, y no se que coño le cuenta sobre lo maravillosa que es España y que sus moradores no olemos a ajo.

Y llega el plato fuerte, protagonizado por Federico Jiménez Losantos, el señor que ha conseguido que medio país le encienda piadosas velas y le considere su inaplazable Mesías, y al resto le provoque urticaria, problemas digestivos y deseos homicidas. El rey de la agresividad decide montárselo de natural ante las previsibles trampas que le colocará la peligrosa suavidad de Quintero. Su actuación es brillante, derrocha agilidad mental, listeza y temple. La curia y los jefes de Numancia estarán encantados con la rotunda expresividad de su principal guerrero. Y los que, además de detestar con causa, la metodología, los modales, la deslenguada acritud y todo lo que representa el gurú de una ancestral y reconocible España, si están en posesión de dos dedos de frente, no tendrán más remedio que admitir después de su actuación con Quintero, que se trata de un peso pesado con reflejos, pegada y encaje.

Losantos sólo baja la guardia en algún revelador momento. Está muy feo eso de andar provocando diariamente al maestro Iñaki Gabilondo durante cuatro meses, buscando el orgasmo que te provocará su demorada respuesta y traducir eso, artera y cínicamente, en beneficios de audiencia. Lo de que a los 20 años hay que ser de izquierdas y a los 40, de derechas es muy pobre, indigno de cerebro tan afilado.

Losantos se declara agnóstico, pero no hay paradoja en que el muy terrenal sentido del dinero que tiene la celestial Iglesia católica le encargue a un impío la promoción de su empresa. Losantos promete que jamás se sentará a hablar con un terrorista. En eso nos parecemos. No podría contener las arcadas si me colocan al lado a Josu Ternera, a Bin Laden, a Sharon, o a Bush, pero sospecho que Losantos tiene que cruzarse a menudo con un tal Pío Moa en la amada casa común. Que martirio debe sufrir cotidianamente. Yo también tengo un olfato antiguo e hiperdesarrollado para detectar la impostura del «progre» y del «moderno». Pero siempre he tenido repugnantemente claro lo que es el fascismo, sus huellas, sus principios, su hedor. Cuenta que le repugnan los señoritos. De los taxistas no dice nada. No entiendo por qué hay que ser ofensivo con tu público incondicional.

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