Medicinas alternativas, de Ana Tortajada en El Mundo de Cataluña
PRISMA
Algunas de nuestras antepasadas sufrieron en carnes propias la estigmatización por parte de las sociedades en las que les tocó en suerte vivir, debido a sus conocimientos acerca de plantas medicinales y otras prácticas relativas a cómo mejorar la salud propia y la de sus congéneres. Durante muchos años, un cuarto de siglo, el resurgimiento de las terapias naturales a partir del descubrimiento, por parte de Occidente, de las medicinas orientales y de nuevas formas de enfocar la salud y la enfermedad, ha tenido mala prensa. El sector tradicional y profesional de la medicina convencional, establecida, reconocida como buena, ha perseguido sin tregua a esos otros profesionales que consideran a la persona como un todo individual, y que recurren a terapias armonizadoras. Sin embargo, el éxito de estas terapias a las que recurre un amplísimo sector de la población, ha llevado a las autoridades políticas a la búsqueda de una regulación y reglamentación de las mismas. Nuestra sociedad lo reglamenta todo. Se homologan los aparatos, se controlan los procesos, se hace obligatorio estampar fechas de caducidad en un loable afán por garantizar a la ciudadanía una seguridad que, a menudo, como en el caso de la humillante parafernalia en los controles de los aeropuertos, lo que hacen es restringir la libertad y los derechos. Es correcto que ante la creciente proliferación de profesionales de las terapias naturales y su uso, las autoridades políticas reaccionen, como deben hacerlo ante cualquier fenómeno social. Sin embargo, habría que ver hasta que punto la reglamentación, regularización y control de las medicinas alternativas deben hacerse desde los criterios de la otra medicina, la convencional, que salvo honrosas excepciones, siempre ha manifestado una férrea oposición a lo que llaman intrusismo, desde el más completo desconocimiento e incomprensión de estas prácticas. Para la elaboración del decreto que se ha aprobado esta semana se creó una comisión mixta de expertos, que al parecer no llegó a grandes acuerdos, seguramente porque el concepto de salud para ambos colectivos es completamente distinto y por lo tanto también el modo de recuperarla o conservarla. A partir del decreto se establecen los criterios de la medicina convencional como referente. No parece un gran avance. El programa de formación de estos profesionales lo definirá el Institut d'Estudis de la Salut. La contradicción que esto implica, más que garantizar nada a la ciudadanía, más bien podría crear suspicacias, ya que resulta difícil comprender cómo un organismo puede establecer un programa de formación sobre algo que desconoce y cuya filosofía no comparte. Los profesionales de las terapias naturales son los primeros interesados en evitar que estas medicinas se vean desprestigiadas por las prácticas de los intrusos que también ellos padecen, por los charlatanes y personas sin escrúpulos que se aprovechan de la desesperación, la ignorancia y la superstición.Pero puesto que es a ellos a quienes les afecta y que son ellos los que conocen bien esas terapias alternativas, quizás deberían haber sido ellos mismos quienes se autorregularan, quienes establecieran los criterios, más que sus detractores. Habrá que ver adónde nos conduce el nuevo decreto que finalmente regulariza en Cataluña la práctica de las terapias naturales, de probada eficacia, tanto en sus lugares de origen como en el resto del mundo y a las que la Organización Mundial de la Salud reconoce y apoya.
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