La semana pasada, en su sección El Runrún, Quim Monzó publicó uno de sus artículos, siempre inteligentes y a menudo divertidos. Comentó cómo una colombiana había visto interrumpido su proceso de nacionalización española. A Darling Vélez, que así se llama la colombiana, no le aceptaban lo de Darling como nombre propio, habida cuenta de que la ley prohíbe nombres ridículos o que no señalen claramente el sexo de quien los lleva. La colombiana dijo que se lo pensaría. Le dolía verse privada del nombre de Darling que ostentaba desde niña. La palabra inglesa equivale en castellano a cariño, amor, cielo o reina. Al emplear esta última denominación en el doblaje de una serie televisiva, se podía caer en el equívoco de que un hombre llamara a otro reina. Monzó dice que el Darling para él es asumible. Quizá no sepa que también ya lo fue en la misma Barcelona.
Alrededor de 1930 apareció por el Ateneu Barcelonès un distinguido joven inglés llamado Robert Donald Darling. Me lo presentó Josep Vergés, a quien años después se le pudo llamar el de Destino y aprendió el catalán e incluso escribió en las páginas del prestigioso semanario Mirador, que entonces dirigía Just Cabot. Su estar al corriente de todo, su curiosidad y, al mismo tiempo, no tener empleo fijo -decía que se dedicaba a algo de turismo- pudieron hacer pensar a alguno de sus mejores amigos que pertenecía al Intelligence Service, aunque jamás se lo preguntamos y, al decir verdad, no nos importaba. Su conexión catalano-inglesa podía ampliarse también en vacaciones, que pasaba en su querida isla de Menorca. Amigo de la familia Victory, cuyo apellido refleja orígenes del siglo XVIII, cuando el actual Villa-Carlos de Maó se llamaba Georgetown.
Muchos asociábamos el Intelligence Service con algo así como una orden de caballeros. Entonces todavía su director era un lord, amigo del rey, que no percibía emolumentos y de quien se desconocía incluso su nombre, más que por discreción, para evitar provechos personales. No sé si había escritores que lo eran por haber pertenecido al Intelligence Service (Somerset Maugham o John Le Carré) o, por el contrario, pasaban de notables personalidades al Servicio de Inteligencia. Incluso se decía que a lo largo y ancho del mundo, donde el imperio británico tenía intereses, casi todos los ingleses bien situados eran, aunque fuera a tiempo parcial, del Intelligence Service.
Cuando se acercaron los días de la Segunda Guerra Mundial, el Intelligence Service se convirtió en una agencia de espionaje como otra. La M6 carecía del prestigio anterior. Y peor fue cuando, años después, se descubrió un gran escándalo del que se habló. Unos estudiantes de Oxford se juramentaron para, llegados al desempeño de sus carreras, trabajar a favor del comunismo y de la URSS.
El más audaz de ellos fue Kim Philby, quien estuvo, por ejemplo, en la España de Franco durante la guerra como corresponsal de un periódico importante, cuando en realidad servía a la agencia de espionaje inglesa y, a la vez y en último término, al KGB soviético. Llegados los tiempos de paz, Kim Philby, gracias a sus contactos, se enteró oportunamente de que habían sido descubiertos. Pudieron huir. Algunos, como McLean y Bourges, más fácilmente, porque estaban en puestos diplomáticos en el extranjero. Después de su retiro, Kim Philby vivió plácidamente en Moscú, donde publicó un libro de recuerdos. Ningún agente inglés le atacó, a diferencia del ex espía del KGB que, retirado en Londres, murió hace unas cuantas semanas envenenado, con un producto radiactivo, seguramente por alguno de sus ex colegas.
Volviendo al caso de Robert Donald Darling, el 18 de julio de 1936 le pilló, sin que lo previera, en Barcelona. Perdí su contacto. Supe, tiempo después, que terminada la Guerra Civil se movió benéficamente en algo así como una ONG de los cuáqueros para aliviar o sacar a algunas personas del campo de concentración de Argelés. No mucho más tarde, empezada la Segunda Guerra Mundial, me escribió desde Gibraltar algún saludo en postal abierta para que la censura comprobara su anodino contenido. Terminada la larga guerra mundial, reaparece (por carta) situado en un consulado británico de Brasil. En un viaje yendo y viniendo él de Londres pasó por París, donde yo estaba, y comprobé que su catalán se mantenía, pero ya adulterado con palabras portuguesas.
La última vez que nos vimos fue en un pub de una calle adyacente a la londinense Trafalgar Square, donde me convocó. Encontré que su clásica sonrisa irónica cubría un decaimiento físico notorio. Su alcoholismo había hecho mella. Siempre había bebido pero silenciosamente, como si lo necesitara para reflexionar. Estuvimos aquel día hablando de diversas cosas y, al final, al hacer yo ademán de salir juntos, me dijo: "No, yo me quedo aquí; el dueño me ha habilitado una habitación en los altillos y aquí vivo". Vivió allí, en efecto, pero murió al poco tiempo.

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