Los monjes de Silos habían acudido, como solían tener por costumbre, a casa de Ramón Tamames a recoger unas cuantas bolsas repletas de libros para engordar su ya nutrida biblioteca. Es una costumbre que tiene don Ramón. Cuando ya no le caben más volúmenes en su casa, los envía al Monasterio. Aquella vez, los monjes comenzaron a cargar tan preciada –por su valor intelectual- carga en la furgoneta, pero entre tanta pieza sesuda se encontraban algunas obras de aventajados discípulos de Karl Marx. “Esos no –les dijo don Ramón-. Esos son comunistas, no los querrán”, a lo que los monjes contestaron: “Esos también”. La respuesta de los monjes da muestra de hasta qué punto el humanismo cristiano, al contrario que las doctrinas totalitarias y los movimientos fundamentalistas, es respetuoso con el parecer ajeno, aunque no se comparta e, incluso, aunque el parecer ajeno sea acérrimo enemigo de la idea de Dios. ¿Y esto qué tiene que ver con E.ON? Pues mucho. Verán, resulta que don Ramón, que es hombre generoso donde los haya y de gran clarividencia, nos reunió a un grupo de periodistas e insignes catedráticos para debatir en torno a la ponencia que va a presentar en la IX Reunión Mundial de Economía, titulada Por una plataforma estratégica para España, y que realmente dedica el 90% de su contenido a hablar de las OPA de Endesa.
Digo que esto tiene que ver con lo de los monjes porque creyendo yo que me iba a encontrar en un foro, reducido eso sí, favorable al libre mercado y la no interferencia de los poderes públicos en las decisiones empresariales, vaya por donde me tropecé con todo lo contrario, es decir, con un empeño numantino en la idea de defensa de un sector estratégico, como supuestamente es la energía, frente al ataque del gigante alemán, y por lo tanto favoreciendo la intervención de los poderes públicos, en este caso de la Comunidad de Madrid, y mostrando un apoyo decidido a la propuesta de Acciona de crear un núcleo duro español en la primera eléctrica del país.
A tal fin se argumentaron algunas cuestiones tan peregrinas como el reclamo a Esperanza Aguirre de que, a su vez, recomendara a Miguel Blesa, presidente de Caja Madrid, no vender, en aras de la supervivencia de Endesa en manos españolas, porque de lo contrario Aguirre corría el riesgo de perder las elecciones. ¡Hombre! Yo nunca me hubiera atrevido a insinuar tanto, y menos no teniendo un asidero sociológico a modo de sondeo dónde agarrarme, entre otras cosas porque puede resultar que Blesa le acabe sacando a E.ON 40 euros por acción, y entonces los accionistas madrileños de Endesa no es que voten a Aguirre, es que la sacan en volandas. Pero con todo, eso sería lo de menos. Lo de más, y así lo expuse, es que me resulta del todo contradictorio que, siendo un pecado de los más graves contra la libertad empresarial la manera en que el Gobierno socialista de Madrid y el tripartito catalán hicieron de las suyas en la OPA de Gas Natural y el modo en que presionaron a La Caixa, ahora se le pida a la liberal Aguirre tres cuartos de lo mismo.
La cuestión que se planteaba, sin embargo, es qué pinta Endesa en manos de la alemana. Según el estudio, nada. Es decir, que lo que quiere E.ON es crecer en tamaño y en territorio con el fin de cambiar el mapa energético europeo de acuerdo con los movimientos en este sentido que desde Rusia está haciendo Vladimir Putin. Por el contrario, lo mejor, a entendimiento de los ponentes, era –es- una Endesa independiente, capaz de crecer y diversificarse y a la que lo que le hace falta es una nueva estructura societaria que le dé robustez financiera, es decir, Acciona. Aquí cabía hacerse dos preguntas. Primera, ¿qué no estaríamos diciendo nosotros si, siendo el caso el contrario, es decir, Endesa la que quisiera comprar E.ON, en Alemania se estuvieran esgrimiendo argumentos parecidos para impedirlo? “No ha lugar”, se dice, porque eso es imposible. Bien, ya, pero estamos hablando de dos empresas europeas, que compiten en un mismo mercado, que podrían tener coincidencias de objetivos y de estrategias y que, en definitiva, no tienen porque mirarse como enemigas, sino como parte de un Mercado Energético Común que nos confiere a todos.
Y, segunda, ¿por qué no envidiamos la libertad y la transparencia con la que los británicos observan las operaciones que se producen en su país –dos españolas recientes, de considerable importancia, y una tercera por llegar en el mercado energético-, sin intervenir en ellas? “Es que ése es su negocio”, dice don Ramón. Y no le falta razón, pero entonces cabría otra pregunta: ¿por qué no nos dedicamos también a ese negocio, que parece que a ellos les va tan bien? Y se dice más: “Si una empresa española quisiera comprar una empresa británica estratégica, otro gallo cantaría”. Pues yo lo dudo.
Dicho lo cual, el otro argumento en defensa de la idea nacional es, precisamente, la necesidad de tener empresas propias que garanticen el suministro, con más ahínco si cabe teniendo en cuenta que España tiene una elevadísima dependencia energética exterior. Pero ante eso cabe argumentar que lo que hay que hacer es crear un Mercado Europeo de la Energía que garantice la seguridad energética, no solo de los españoles, sino de todos los europeos, y en esa lid la unión E.ON-Endesa sería satisfactoria. Pero no. En lugar de eso se afirma que “si esto se entrega a los alemanes, hacemos el negocio más negro de nuestra historia económica”, y que, por el contrario, si Endesa se queda en manos españolas los accionistas todavía van a ver una acción mucho más revalorizada.
Puede ser, pero lo cierto es que, antes de la OPA, la acción de Endesa valía lo que valía, y nadie da un duro porque se mantenga en los precios actuales si E.ON se retira. Y en estas estábamos, con el catedrático Santos Ruesga, y Eduardo González en representación del Foro Nuclear, intentando apuntalar todos estos argumentos, cuando apareció en escena el catedrático de, según él, Seguridad Internacional de la Complutense Antonio Marquina. Hasta ese momento creía que mi capacidad de interiorizar más dosis de intervencionismo había llegado al límite, pero con las palabras de Marquina, todo cambió.
Marquina empezó a hablar de lo que sabe, de seguridad. Nos alertó sobre el riesgo sobrevenido por haber perdido el control geopolítico sobre Irán e Iraq, y puso el énfasis en que la seguridad es el asunto primordial en el futuro y en que Europa ha abandonado ese debate. A pesar de Bush, a Europa le conviene estrechar lazos con Estados Unidos, pero en lugar de eso la estrategia europea está en “desarraigo desde el punto de vista de la integración y la seguridad”, decía Marquina, al tiempo que señalaba cómo en China la política energética es la prioridad número uno. En el futuro, quien controle las fuentes de energía, controlará los destinos de la Tierra.
Ese sería, en definitiva, el mensaje clave sobre el que hay que reflexionar. Pero, en lugar de ello, España no tiene una política exterior energética –no tiene una política exterior de nada, todo sea dicho-, y lo que deberíamos hacer es pensar que la situación internacional ha cambiado, que Europa ha dado marcha atrás mientras nosotros seguimos como niños cogidos de la pernera de Jacques Chirac y no somos conscientes de que la UE camina en dirección contraria a la nuestra. Marruecos puede plantearnos serios problemas si el waabismo se hace fuerte en sus instituciones, y cuando deberíamos de practicar una política inteligente con nuestros vecinos del sur, desairamos a Argelia –de cuyo gas dependemos en buena parte- modificando nuestra tradicional posición en el asunto del Polisario. Y en lugar de apostar por fuentes de energía alternativas y fiables, como la nuclear, hacemos brindis al sol con las renovables que, estando muy bien como compromiso por el medio ambiente, no nos servirían ni para alumbrar un candil en caso de crisis energética.
Tiene esto que ver con la anécdota de los monjes de Silos porque, probablemente, el argumento de Marquina fue el único que me hizo pensar que, quizás, nos estamos equivocando y que, en efecto, a lo mejor este no es este el momento oportuno para ser los más ortodoxos defensores del libre mercado, cuando a nuestro alrededor resulta que todos los demás cierran filas y se enrocan en no querer avanzar en las políticas de liberalización energética, y porque esto quizás se deba a que le están viendo las orejas al lobo. ¿Qué modelo energético queremos? No lo sé, o al menos quien debería de decírnoslo mira para otro lado y se lamenta de no haber podido crear un campeón nacional catalán tal y como había prometido en el Pacto del Tinell. Pero de lo que queremos para el futuro, nada de nada, el vacío más absoluto. Y la cuestión es que las alarmas que encendió Marquina son reales, están ahí, y en el resto de los países occidentales son conscientes de que algo se está moviendo, de que Rusia ha encontrado la nueva manera de extender su imperio, y de que todos estamos en manos de unos cuantos políticos que dejan bastante que desear en lo que a respeto de la legalidad internacional y de los derechos humanos se refiere. En esa tesitura, a lo mejor sería bueno que Endesa siguiera siendo de capital español. Les prometo pensarlo.

Nosotros los pequeños accionistas también "conspiramos":
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