EL DEBATE: ¿ De qué morimos?
En la medicina occidental se cumple hoy en día una curiosa correlación: cuanto más diferente, más inofensivo. Diferente, por supuesto, con respecto a nosotros mismos, siendo como somos la más egocéntrica de todas las especies. Efectivamente, cuanto más lejano es el origen de una patología, mayor es nuestra habilidad para tratarla.
Así, la medicina moderna tiene relativamente pocos problemas para controlar infecciones bacterianas, siendo las bacterias los patógenos que, evolutivamente hablando, menos se nos parecen. Cierto que las bacterias resistentes a antibióticos existen, y son un problema grave que trataremos en otra ocasión, pero en general las infecciones por procariotas (células sin núcleo) no son las que más nos preocupan.
Tampoco son demasiado graves las infecciones de protozoos como el plasmodio, o trypanosoma (organismos que causan millones de muertes anuales en el Tercer Mundo). Estos organismos eucariotas (sus células tienen núcleo, como las nuestras) son fácilmente controlables por la medicina del Primer Mundo.
Los hongos ya son más problemáticos. Se nos parecen bastante más que las bacterias, y no responden bien a antibióticos. Pero, en general, disponemos todavía de buenas herramientas para tratar sus infecciones. Lo mismo aplica a gusanos, insectos, arácnidos y otros bichos que nos colonizan. Éstos son ya animales (parientes próximos), y pueden ser desagradablemente persistentes, pero también los eliminamos sin grandes problemas.
Los virus (organismos sin vida independiente) merecerían un capítulo aparte, porque no estamos muy seguros de dónde proceden evolutivamente. Pero en el contexto de este artículo podemos considerarlos los agentes infecciosos más cercanos, porque usan nuestra maquinaria celular, pueden integrarse íntimamente en nuestros tejidos y pasan bastante más desapercibidos que bacterias, protozoos, hongos y gusanos mientras no provocan sus síntomas respectivos.
Nuestra habilidad para tratar infecciones víricas es menor porque el virus nos ofrece menos puntos débiles a los que dirigir nuestro arsenal de medicinas. Los virus usan unas pocas piezas propias para secuestrar nuestras células, y es difícil hallar cuñas que bloqueen la maquinaria viral sin generar en los enfermos excesivos efectos secundarios.
Con los virus en tercer lugar, llegamos al podio de las causas de muerte occidentales. En segundo lugar aparece el cáncer. No hay duda de que nuestra habilidad para tratar y curar cánceres ha mejorado extraordinariamente. Pero este avance, desde la perspectiva del enfermo, es agonizantemente lento. Y esto se debe, precisamente, a que en la mayoría de los casos no hay ningún elemento externo directamente implicado en el crecimiento de un tumor. El proceso puede iniciarse, sí, como resultado de un agente ambiental o de una infección previa, pero el desarrollo neoplásico es propio del paciente, y los enemigos son sus mismos tejidos. Ahí radica la dificultad en el tratamiento.
Los líderes de esta macabra carrera son las enfermedades cardiovasculares. Y con ellas la paradoja llega al extremo. Aquello que más nos mata es aquello que nos es más propio, sin injerencias inesperadas: nuestro estilo de vida. Seamos positivos, la biomedicina ha alargado nuestra esperanza de vida y ha aumentado su calidad, eliminando el efecto de centenares de enfermedades que hacían estragos a principios del siglo XX. Pero, en cierta manera, la eliminación de nuestros némesis ancestrales nos ha convertido en nuestros peores enemigos.
LLUÍS RIBAS DE POUPLANA, investigador Icrea en el Institut de Recerca Biomèdica (IRB Barcelona).

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