Corre el mes de enero, todavía benignamente otoñal, cuando de pronto llega el invierno entre frías ventoleras. No ha llovido desde hace semanas, quizá meses. Y menos que va a llover, porque los cielos han quedado sin a la vista nube alguna y sopla un viento helado que entumece. Se despejan los horizontes y se ensanchan las perspectivas hasta la lejanía en que se casan el cielo y el mar, por donde a veces se divisa algún crucero.
Pero en esta época tan furiosamente barrida nuestros atardeceres son mágicos. Las urracas, siempre en pareja, picotean los membrillos que han caído a pie de árbol, ya sin hojas. Y hubo que talar la palmera: un escarabajo se la comía por dentro y la autoridad dijo que había que sacrificarla, ahora que estaba en letargo, para detener la expansión de la plaga.
El viento se para súbitamente ahora, como en desconcierto, mientras capota el sol entre rojos vivaces. Y soñamos que de pronto rompe a nevar, como el año pasado por estas mismas fechas. Es primero una suave llovizna, como una evanescente constelación de esporas. Y, al poco, un desprendimiento de copos que cuajan enharinando las superficies. Y todo queda como insonorizado y el silencio se impone.
Pero no. Los adivinos del tiempo lo profetizaron tal vez porque todos teníamos tantas ganas. Pero la cosa ha quedado en una nevada imaginaria, de pan mojado en aceite. Y podemos todavía maravillarnos con los fantásticos atardeceres dorados de nuestro seco paisaje entre viñas.
Este año los almendros han echado la primera flor por San Antón, pero otros años llegaron a florecer hasta días antes de Navidad, por el solsticio. O, lo más frecuente, antes de Reyes. El almendro es un árbol incauto, que suele dejarse engañar por las buenas temperaturas. Hasta que llega el frío de golpe y porrazo y entonces hay peligro de que se queden muertos del susto.
También floreció a destiempo el níspero, que da sus frutos en junio.
Tuve un profesor que, cuando nos las prometíamos más felices, nos advertía, algo sádico, que ya llegarían los nísperos. Y quería decir que ya nos caerían las calabazas, que no vienen en junio sino en septiembre.
Las coles, habas y demás verduras, a causa de tanta bonanza, hasta ahora "no han trabajado", según dice el Cisco, como debieran. Y los conejos dejan el huerto perdido de tanto rascar la tierra en busca de manjar de boca. Los que van de cazadores los sueltan, pongamos que el miércoles o el jueves, y el domingo, al alba, ya les están disparando. Este año, hasta han largado pintadas, o gallinas de Guinea, que son aves de corral y van por entre los sembrados como sonámbulas por el frío. La caza es, como se ve, un gran deporte.
Cambian, devorados por la avidez, nuestros parajes naturales. Y, sí, hay que dar testimonio "quan et rompen a cops de vergonya el paisatge", como grita el menorquín Ponç Pons en sus dodecasílabos sin comas ni puntos de Nura,su último poemario.
Cuando oscurece, también nosotros entramos, como el poeta, "a un món interior de paratges i llibres" y nos acordamos del explorador que regresa a la caverna del mito platónico con la gran noticia de la luz que hay más allá, en el mundo ideal, y no sólo no es creído sino que la buena nueva está a punto de costarle la vida a manos de los que nunca quisieron desencadenarse de las tinieblas.
Por fortuna, siempre hay "un paisatge moral que ens arrela i ens salva". Y éste es el nuestro.

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