El Reino y sus reyes, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
Pelayo halló que los Moros habían hecho reyno por sí a Gijón, él también lo conservó, y en nuestras historias á Munuza llamamos Rey de Gijón con decir del fue uno de los Capitanes Moros, que entraron acá con Tarife. Mas este Reyno de Gijón se debió acabar luego, pues ninguna otra mención hay adelante».
Así escribió, corto y por lo «antiguo» de su tiempo, el señor Morales (D. Ambrosio) -quizá remoto antecesor de nuestro excepcional Morales, puede, el único edil de Urbanismo de este reyno de España, que después de cuatro lustros de ejercicio, ni ha sido encarcelado, ni denunciado, ni siquiera, ¡pobres!, mancillado-, sobre nuestro reyno de Gijón, primero moro, y después cristiano; anterior, por supuesto, al reino de Asturias.
Aquel reino -Gijón no gusta de coronas, ni de rosas ni de espinas-, tuvo tan corta vida como extensión. Comprendía, según escritos venerables, la vieja villa romana, «la ceñida de fuerte muralla», la que tenía a sus pies, (antes de instalarse El Corte Inglés), la mar del este y el oeste; los arenales y los humedales; y al fondo, la ería hacia el pueblo de Ceares; camino de aquella altura, «el término a rozas de San Nicolás del Mar», que luego conocimos como coto de San Nicolás, «todo él, territorio común y abertal hacia la mar y el arenal de la villa y reyno de Gijón, pasto de sus ganados»; allí iban los primitivos gijoneses a cortar leña y mata para el gasto de sus casas, «hasta que la mar y la arena lo fue apocando y consumiendo con sus crecimientos y avenidas», y en lugar de leñero, se convirtió en «afuera», industrial y pobre; hoy, central y rica...
Tras los humedales -del Humedal de hoy-, «monte de árboles de robles, hayas, abedules, humeros y rozas hasta Montebil, adonde iban los pescadores de la villa por la corteza para teñir las redes. Ya no hay cortezas, ni abedules, todo casas, avenidas, vecinos. Y al oeste, «debajo de Coroña, camino del pueblo de Santa Cruz de Jove, hacia el mar, todo era monte de rozas y algunos árboles, donde había carbayos, humeros y abedules, hasta que la mar lo fue entrando y socavando, «con que vino la ruina del arbolado y a descubrirse las peñas», y después Moreda, obreros, serrerías, astilleros, jesuitas, La Carreña, el Acuario, el disparatado Museo; los jueces... y los dos justos navales...
Entre San Nicolás y Montebil, «los campos del pueblo y lugar del Llano, por donde se va a Roces y Contrueces», que pronto, más que rurales que fueron, se consagrarán vecinales, comerciales e industriales...
Como el paciente lector puede comprobar, una vez terminada la lectura de la descripción de los territorios y enumeración de los pueblos que compusieron el reyno moro y Cristiano de Gijón, no hay referencia ninguna a los campos y extensiones al este de los arenales de la mar de San Nicolás, por tanto, podemos afirmar que Somió no estaba comprendido en el territorio del reyno gijonés; si bien, con el tiempo, y por el crecimiento de la villa y la instalación del tranvía animal, portugués luego, aquellos lejanos territorios fueron quedando unidos y, como parroquia, supeditados al arciprestazgo gijonés.
Allí, por ser tierra muy rica en manzanos, don Tomás Zarracina elaboró con la sidra natural de su cosecha, la primera sidra campanada; aquella para toneles, meriendas y romerías, ésta para Cuba, Nochebuena y Navidad... y brindis en banquetes de artesanos, menestrales y hoy de recalcitrantes «patriotas» nacionales.
No es de extrañar que no habiendo sido parte del reino, hoy, aquella rica parroquia, diez mil casas con merenderos, jardines, pipas y bailes, con asuncias y pondalas, quiera declararse, no sé bien si parroquia o república independiente, con su pueblo y senado, iglesia, párroco, bandera, himno y escudo...
De aquel reyno de Gijón, quisieron tras don Pelayo ser reyes, el infausto infante Aldegaster, el esposo de doña Brunilda, hermosa rubia cántabra, descendiente, sin duda, de la recia nibelunga, que por ser hijo extramuros palaciegos de Silo, rey, no podía aspirar a más dilatada y rica corona. Luego, quísonos para sí, otro pendón ilegítimo, el don Alonso Ramírez, casado con una Isabel de la Braganza portuguesa. Sus ambiciones y sus guerras dejaron el reyno gijonés, su alfoz y su ganado, arruinado; la villa deshecha; los palacios, arrasados; las farmacias, sin medicinas; y la mayor parte del poco poblamiento que quedó vivo, exiliado en el, todavía entonces, independiente y lejano Somió.
Jovellanos fue visto en su tiempo como dueño y señor, rey, «de facto», de la villa. Su sangre, sus ancestros y sus virtudes le hacían digno de la invisible corona, en la línea de lo que afirmaba el califa Omar, «los reyes (de los árabes) son los oradores y los poetas, son los que practican las virtudes... (en su caso, el de Omar) de los beduinos». En su tiempo, ya hubo quien justificó, en su superioridad y ambición desmedida en procurar todo para su patria (chica), el severo castigo de destierro y confinamiento, del que sólo le salvó el trueno francés.
Más tarde, don Melquíades quiso serlo, y en días de agosto, hasta ejerció de tal, «por corona su sombrero, por corte el arenal». Por sus correligionarios, dispuso de todo el poder municipal; de Rolls, por la telefónica; a «La Gloria» tuvo de vecina, que era el cabaret local. Para «el todo rey», sólo le faltó que, en los sellos de correos, estamparan su faz...
Lo fue, aunque sin corona y durante una década, don José García Bernardo, que de los usos vencedores desterró camisa azul, flechas y correajes, y volvió, como en «tiempos normales», al uso de la razón, la camisa blanca y el elegante chaqué que fue, con sus obras, su manto de armiño.
A punto estuvo de ser rey de media-villa (otro queda en Marqués de San Esteban), o sea, de un Gijón imaginario de derechas, don Francisco Álvarez Cascos: como ingeniero, ambicioso; como político, apasionado; por sus años, fuerte y vibrante, aunque, a pesar de su título y de su temprano y rotundo triunfo madrileño, no fuera capaz de sortear o desbrozar los obstáculos que de la áspera Castilla le trajera la modosa cuanto ambiciosa doña Pilar. Fue don Paco, en su tiempo, tan reconocido, amado, temido y odiado como antes lo fuera don Paco, el pescador; como su admirado Jovellanos, pena hoy, ¿por ambición fallida?, lejos de la villa, destierro y prisión..., aunque amorosa.
Y, por fin -y hasta reyna de Asturias, temen los suyos-, aspira a serlo doña Pilar, a la que, sin conocerla, pero, como en tantas cosas, adivinando, el «mago» Gaspar, señala en sus «Diarios» de 1794, las venturas y desventuras de que traen los días «pardos»; los calores y fríos, nubes y los bochornos de las mañanas y las tardes pardas; algunas, malas, muy malas, como la del pasado sábado, cuando sin goles y sin dos campeones, los del reyno de Gijón volvimos del Pisuerga...
Malos hados para soñarse reyna, que esta villa -campiña, playa y escalerona- ni gusta de que le metan goles, la deslumbren con faroles, ni la coronen de espinas...
