Al tiempo que se quiere obviar la categoría intelectual de la mayor parte de las grandes figuras que forjaron el único Estado no lampedusiano de la España contemporánea, es decir, la II República, se pretende mitificar la transición como aquel tiempo en que los partidos se entendían, la crispación no se respiraba y éste era el país de nunca jamás los grandes problemas. Y, como consecuencia, hay discursos que propenden a añorar aquellos años. Pues bien, ni fue un mito aquel Estado de cuya proclamación se cumplió el 75.º aniversario el pasado año ni tampoco la transición fue tan idílica como ahora nos la quieren santificar, especialmente aquéllos que tan reticentes fueron en su momento a la actual y tan bienamada Constitución.

La transición fue, como acaba de escribir Xuan Cándano en este periódico, inevitable, tras la muerte del dictador. Y -conviene no olvidarlo- recordando la dicotomía que tanto se planteó entonces, se optó por la reforma, y no por la ruptura, lo cual, como es obvio, no tiene vuelta atrás, pero es obligado recordarlo.

Transición, como el propio término indica, hacia alguna parte. En este caso, el destino era la democracia. Una de las primeras cuestiones que hay que plantearse al propósito es cuándo termina ese período, suponiendo que se pueda dar ya por concluso. A este respecto, se opta en muchos casos por considerar que el mencionado proceso tuvo su fin en octubre del 82 tras aquella aplastante e irrepetible victoria socialista, triunfo electoral cuyo lema era «Por el cambio», es decir, la famosa «pasada por la izquierda» tan preconizada por Alfonso Guerra.

La izquierda cosechaba en 1982 una victoria electoral indiscutible. Ni siquiera en la II República había tenido nunca una mayoría tan aplastante. ¿Y? Resultado final: terrorismo de Estado, «abrazo aristocrático», corrupción hasta la náusea, casos como el de Roldán y Mariano Rubio, y así un largo etcétera. Tengo escrito que lo que mejor que se puede decir de González es que no quiso abandonar el poder como Azaña y que terminó dejándolo como Lerroux. No es para fuegos de artificio, a decir verdad.

Entonces llegó Aznar con el firme compromiso de regeneración política. Consiguió irse con crispación. La regeneración prometida no campeó como se podría esperar. Y, por si todo esto fuera poco, el partido de nuestro hombre en las Azores no aceptó su derrota electoral de 2004. De su discurso se desprende que no fue la voluntad ciudadana quien los expulsó del poder, sino oscuras tramas empeñadas en negar la supuesta implicación de ETA en el mayor atentado de nuestra historia.

Y ahora Zapatero. La corrupción sigue ahí, si hacemos caso de los procesos judiciales y encarcelaciones en más de un Ayuntamiento. La voluntad política de acabar con estas tramas por parte del conjunto de fuerzas políticas no se manifiesta con la claridad deseable.

Si la transición concluyó en 1982, sus frutos no son para dar saltos de alegría. Si aún seguimos en ella, va de mal en peor, al menos en lo que se refiere a la talla de quienes presiden la vida pública, así como en la atmósfera que se respira.

¿No fue la transición una segunda Restauración, con Cánovas y Sagasta transmutados en PP (antes AP) y PSOE? ¿No estamos atravesando un momento de desprestigio inquietante de este sistema democrático, tanto como el que llegaron a alcanzar los partidos de aquella primera Restauración?

De otro lado, como decía al principio, se añora aquella etapa de entendimiento entre las fuerzas políticas, ahora tan crispadas. Invito a quienes enarbolan tal discurso a que pasen unas horas en las hemerotecas y vean, sin ir más lejos, cómo era tratado Adolfo Suárez por sus adversarios no sólo a su derecha e izquierda, sino también por muchas de las gentes de aquel partido suyo llamado UCD.

Es indudable que en la mitificada transición las esperanzas fueron mayores y que las decepciones actuales no hubieran podido llegar. Pero, en todo caso, aquello no fue tan excelso como ahora se nos quiere describir. Lo que se hizo fue una reforma del franquismo que dio paso al actual sistema político, Constitución del 78 incluida. No fue una ruptura. No fue una transición a la portuguesa.

Se puede argüir, lo que es al tiempo plausible pero también discutible, que aquello fue lo único posible, que la ruptura democrática preconizada por los entonces partidos de izquierda no era viable, o que, al menos, resultaba más arriesgada. En todo caso, lo que la transición mitificada cosechó es en gran parte lo que ahora tenemos, para bien y para mal.

Por lo demás, me congratula que alguien como Xuan, que pertenece a la misma generación que yo, se muestre crítico con esa transición idealizada que taponó a nuestra generación y que trajo entre otras consecuencias el desencanto del que tanto se habló en su momento, que alcanzó su cima más alta en los tiempos del felipismo.

Y, a día de hoy, el vilipendiado Zapatero se encuentra con que los eternos problemas de este país siguen ahí sin resolver, desde la vertebración territorial hasta la reparación moral que se merecen aquellas generaciones de españoles que sufrieron represiones y exilios, exilio interior incluido. De todo ello no sé cómo saldrá el actual presidente del Gobierno, responsable de la gestión de las encrucijadas con que se encuentra, encrucijadas no creadas por él, que fueron obviadas no sólo por la derecha que lo precedió, sino también por el felipismo que heredó.

Gracias, Xuan.