Isaiah Berlin utilizó un verso del poeta Arquíloco para proponer una tipología de dos tipos de escritores y, de paso, dos tipos de personas: "La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante". Así, Berlin comenta que la zorra es centrífuga, persigue muchos fines y su pensamiento es difuso y extendido, aparentemente contradictorio. Por el contrario, el erizo es más bien centrípeto, porque todo lo articula y relaciona con su visión única, buscando siempre la coherencia y la articulación. Berlin considera zorras a Aristóteles, Shakespeare, Goethe, Balzac y Joyce. Y destaca a Platón, Pascal, Nietzsche y Proust entre los erizos. Preguntarse quién es quién, de acuerdo con esta tipología, y por qué, es un ejercicio más que interesante. El sábado pasado Xavier Batalla lo hacía aquí sobre Bush, al mismo tiempo que yo me lo preguntaba en Sitges sobre Rusiñol.
Siempre me han interesado estas tipologías poco habituales. Vila-Matas, en París no se acaba nunca, recuerda otra de Julien Graq, igual de arbitraria que la de Berlin, pero también como ella muy sugerente: "En la caza de la palabra justa, dos razas: la de los pajareros y la de los ojeadores". Los segundos, nos cuenta, obtienen mayores logros y, sin embargo, a diferencia de los primeros, jamás regresan con sus piezas vivas. Y Ángel Gabilondo, por su parte, en Menos que palabras,sugiere dos tipos de palabras que también permitiría pensar, en dos clases, a los que las usan: "Hay palabras que parecen empeñadas en dejarlo todo dicho, en atinar de modo definitivo, en dar en el blanco papel lo que son, y que ya no haya más que hablar". Son palabras, dice, insaciables. Otras no llegan a ser nunca rotundas, sustanciales ni plenas, son insuficientes, no porque digan poco, sino porque dicen lo poco: palabras pobres, que apenas muestran, más bien, todo lo que queda por decir.
He pensado en estas clasificaciones a propósito de la magnífica edición, acabada de publicar por la Bibliotheca Homo Legens, de dos de las más extraordinarias biografías publicadas separadamente por el gran G. K. Chesterton: la de Francisco de Asís y la de Tomás de Aquino. Ahora aparecen, que yo sepa, por primera vez juntas. Una ocasión de oro para recuperar en castellano la mítica del Aquinate, que había editado Austral, pero que hace tiempo que estaba descatalogada. Pero, sobre todo, un lujo para leerlas juntas y para pensar, a propósito de las dos, como hace Chesterton, las posibles relaciones entre lo que aparentemente está muy alejado por sus diferencias. Del de Asís, dice Chesterton, sólo puede hacerse un esbozo; del de Aquino, sólo un plano, y además parecido al de una ciudad laberíntica. Francisco, "delgado como un hilo y vibrante como la cuerda de un arco; y en sus movimientos, como la flecha que el arco dispara". Tomás, "como un toro, grueso, lento y callado", imperturbable hasta pasar por zote. Francisco, dice todavía Chesterton, fue como un asno común o borrico; Tomás, como un buey. No es un azar que fueran las dos bestias del establo de Belén, según el relato.
Y, al final, el asno parece más bien zorra ojeadora con sus palabras siempre pobres. Y el buey, más bien erizo ojeador, y de palabra rotunda. Imágenes cruzadas para pensar en nosotros y en los otros de dos en dos, y para acercarnos a aquello que alguien (o nosotros) es adivinando lo que no es, y acaso lo que le falta. Prueben a averiguarlo. Merece la pena.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados