EL RETO DE LA INMIGRACION
Umaro Cande busca el cuerpo de su hermano y descubre que no murió de sed, sino asesinado en el cayuco
En el pasillo de los juzgados de Arona, al sur de Tenerife, Umaro Cande espera ser recibido por el juez decano Herminio Maillo. Todo el equipaje que porta es una bolsa de plástico con una muda interior, un cepillo y pasta de dientes. En un sobre guarda el recorte de prensa cuyo titular dice "Mueren otros cuatro sin papeles en la ruta hacia Canarias". Umaro, nervioso porque es la primera vez que lo recibe un juez en su despacho, ya sabe que no fueron cuatro, sino al menos siete las víctimas. El magistrado le mira a los ojos y escucha. "Nuestra casa se viene abajo al menos dos veces al año. En ningún lugar del mundo llueve más fuerte que en África y los habitantes de Candemba-Uri estamos acostumbrados a que la tempestad se lleve por delante las viviendas de adobe, que volvemos a levantar con paciencia, agua y barro. Un día, yo decidí que tendríamos una casa hecha de bloques de cemento y un techo que no fuera de ramas. Por eso emigré hace seis años y trabajo de soldador en Bilbao. Vengo en busca del cuerpo de mi hermano Laovo, que pretendió seguir mis pasos y se murió. Tengo que llevarlo de vuelta a casa para hacerle un funeral y enterrarlo en el cementerio de nuestra aldea. Por eso necesito que usted autorice que me enseñen los cuerpos de los inmigrantes muertos en cayucos".
El corazón de Umaro no trotaba desbocado al adentrarse por el pasillo de la morgue del hospital de Santa Cruz de Tenerife. El depósito de cadáveres es moderno, limpio, impersonal. Todo envuelto en una atmósfera de asepsia y silencio. El funcionario lo miró de reojo al abrir el cajón correspondiente al fallecido etiquetado con el nombre de Musa Cande, llegado en la piragua del 28 de julio. Podían haberse confundido de nombre porque su hermano se llamaba Laovo Cande. Sin embargo, desde que salió del despacho del juez, Umaro presagiaba que aquel cuerpo no iba a ser el de Laovo. Al verlo le pareció demasiado estilizado, larguirucho, y más negro que la gente de su familia. Musa ni siquiera sería guineano. A lo largo del verano habían sido recuperadas en las islas Canarias más de 600 víctimas de la emigración de África, once en los últimos diez días de julio. Los iban enterrando sin funeral, sin una persona que dijera unas palabras de cariño. Mientras, en algún lugar de África una madre o una esposa mirarían todos los días el calendario a la espera de una llamada de teléfono. Umaro pensó que no se iría de Tenerife sin rezar a estos muertos en nombre de sus familias.
Después de ver los cadáveres que había en las morgues de toda Canarias, Umaro regresó al despacho del juez Herminio Maillo. Le dijo que los cuerpos se parecían demasiado entre sí, hinchados, pálidos, con los ojos apagados o entreabiertos, con la piel del rostro despegada a trozos. Le confesó haber pasado dos días atrapado por las dudas que le despertaba el rostro desfigurado de uno de los muertos. Le faltaban el ojo izquierdo y la nariz, y tenía el vientre abierto de arriba abajo. Umaro no se atrevió a decirle al juez que creía que a aquel hombre, que podía ser Laovo, le habían robado en el hospital los órganos para venderlos. La estatura del muerto correspondía a la de su hermano, lo mismo que los rasgos de la cara. Dos días repitió la visita con idéntico resultado. Después de largos minutos de contemplación - siempre con la mirada del funcionario urgiendo una decisión- concluyó que no eran los rasgos físicos lo que extrañaba en aquel cuerpo, sino la frialdad de su expresión, la indiferencia que le producía. Si hubiese decidido reconocerlo, tendría siempre sobre su conciencia la duda de haber trasladado a un extraño ante su madre. La última vez que vio a Laovo fue tres años atrás, en el último viaje que hizo al pueblo. Era hablador, alegre y quería hacerse una casa propia. Se había casado con Tulai, con la que tuvo un hijo.
Finalmente, Umaro optó por pedir una prueba de ADN, autorizada por el juez Maillo.
El resultado tardaría dos o tres meses. La empresa de Bilbao para la que trabajaba le rescindió el contrato en agosto para no pagarle vacaciones, así que Umaro tomó un avión a Lisboa para buscar a algún compañero de viaje que le contara lo ocurrido a Laovo.
"A Laovo lo mataron en el cayuco". Quizá fue en una pelea por el agua potable que quedaba o porque pretendía denunciar a los organizadores del viaje si lograba arribar con vida a tierra firme. Fue precisamente el último día de viaje. Umaro escuchó las palabras de Mamadu Balde en un restaurante de comida africana que hay en la Calçada do Garcia de Lisboa. Mamadu tenía el miedo reflejado en los ojos cuando desveló que Laovo había luchado dos veces en el cayuco, la primera vez contra un espíritu maligno que intentó matar a uno de los pasajeros y la segunda con dos ocupantes de la embarcación, quizás los patrones que trataban de evitar ser delatados como responsables de aquel viaje desastroso. Uno de los autores del crimen falleció en la pelea. Todos estaban demasiado débiles para saber con claridad qué pasaba. El penúltimo día de travesía, casi nadie era capaz de sostenerse en pie. Mamadu Balde tuvo que ser hospitalizado en Canarias y dos semanas después, en Lisboa, sentía escalofríos al contar el viaje. Lo recordaba como una pesadilla. Incapaz de sentir deseos de venganza, Umaro cree que Mamadu tenía miedo de la organización y se escudaba en lo mal que estaba para no dar detalles de las personas que mataron a Laovo.
El análisis del ADN efectuado dio resultado negativo, pero eso no hizo más que avivar en Umaro la necesidad de llevar a aquel desconocido al que creía, ahora más que nunca, su hermano Laovo. Eran hijos del mismo padre, pero de distintas madres y eso obligaría a extraer muestras de ADN a Adama, la madre de Laovo, según le informó el juez Maillo. Además, mientras esperaban el resultado del análisis, el cuerpo que reclamaba Umaro había sido incinerado para aliviar la saturación que sufrían las morgues de Canarias. Umaro tendría que viajar de vuelta sin Laovo, al que sin embargo le oficiarían el funeral que se merecía.

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