En recuerdo del C.I.T. del Valle del Nalón, que fue ejemplo de resistencia civil al desmantelamiento industrial .
Hace treinta años que la sociedad asturiana se dedica a avanzar hacia el futuro caminando alrededor de sí misma, al ritmo que le marcan los tambores de su congénita vocación endogámica; provocada, seguramente, por una atávica propensión al ensimismamiento; con lo cual, es incapaz de ver mas allá de los reducidos límites de su propio ombligo antropológico. Hace tres décadas que los asturianos estamos dando vueltas alrededor de nuestros propios errores; unas veces, históricos; otras, novísimos. Por ejenplo, el más frecuente: pensar -y creérnoslo- que Asturias es políticamente unidimensional; sociológicamente serializada, y , desde el punto vista empresarial, autosuficiente. Todavía hay quien sostiene que la sociedad asturiana es, en términos políticos, de izquierda; lo cual, es bastante más que un error: es un tremendismo literario y político. ¿De qué izquierda se habla después de las terribles represiones que sufrió en 1917; en Octubre de 1934 y, a partir de 1937 hasta 1975, desde el final de la Guerra Civil en Asturias hasta la proclamación de la democracia?.
(En Asturias, la única izquierda que logró sobrevivir, en los últimos 70 años ha sido la izquierda emulsionada durante la transición).
Tres décadas girando alrededor de nosotros mismos es la representación de un fracaso sociopolítico. Fracaso que acabarán pagando las siguientes generaciones cuando se encuentren con una región literalmente desertizada en términos económicos y culturales, y con una sociedad cuyos miembros pululan en ella enfrentándose entre sí. Fascinante futuro. Asturias es una comunidad peligrosamente escarpada; incluso, para esa audaz especie postotalitaria -tan característica de las jóvenes democracias inorgánicas- que constituye una nueva clase social: la de los trepas. Individuos dispuestos a confundir la práctica con la teoría; por lo tanto, también la política con la ideología. Con este personal, esta antigua provincia convertida, por decreto , en autonomía, inició el régimen de las libertades democráticas ignorando su propio pasado ideológico. Nos olvidamos -maliciosamente- de la historia de un largo período de luchas obreras en defensa de los derechos y la dignidad de su clase. Primer error de la izquierda.
Avergonzada de su pasado, Asturias ignoró el legítimo protagonismo de su propio e histórico movimiento obrero, sobre el que la derecha radical volcó las iras de su peculiar cainismo genético. El patrimonio industrial -minero y siderúrgico- le fue expoliado sin contemplaciones: no le ofrecieron ni una sola alternativa que les permitiera a los asturianos mantener su (relativo) bienestar social y económico; ni tan siquiera pudo conservar la tradicional cultura del trabajo. Solamente se les facilitó un beneficio semántico: en vez de hablar de desmantelamiento industrial se les habló de reconversión.
El sector siderúrgico cayó fácilmente en las manos del capitalismo europeo, mientras la emulsionada izquierda de la Transición pensaba que ese era el precio que debía pagar Asturias para europeizarse mejor y más deprisa. Segundo error de la izquierda.
En un alarde de demagogia obrerista, Hunosa pudo sobrevivir al radical expolio europeizante. Hoy, Hunosa es el trampantojo del progreso industrial y laboral de Asturias. Finge una actividad -mientras cierra pozos y recorta su plantilla laboral- por evidentes razones de interés benéficosocial: a) Bruselas es el principal pozo minero de Hunosa, con su importantísima producción de fondos económicos mineros; b) la antigua raza obrera de picadores, en trance de extinción total, se suple con una novísima clase burocrática: la de los políticos-picadores, que son los que trabajan a destajo en las ricas capas financieras de las subvenciones económicas con las que la Unión Europea intenta aliviar las consecuencias sociales de la crisis minera asturiana; c) Qué sería del SOMA si no existiera Hunosa...?. He aquí, el tercer error de la izquierda.
(Digo que son errores cometidos por la izquierda -la única posible, la que hizo los ejercicios espirituales de la transición puesto que la otra izquierda, la de la época en que Asturias era una región con peso económico y político en el país, ya no existe- porque, según nos enseña la épica Historia Sagrada de España la derecha nunca comete errores.)
Las tremendas contradicciones a las que está encadenada la sociedad asturiana no se descubren oteando desde la cima del Olimpo, hasta donde ha trepado la mayoría de los políticos gracias al sufragio universal. Es imprescindible apearse de esa nube mitológica -pero no conozco un solo político, de la izquierda o de la derecha, que padezca de vértigo jerárquico- para darse cuenta de que este viaje, que ya dura treinta años, alrededor de nuestro ombligo antropológico, es un disparate. Como también ha sido otro disparate empeñarse en ignorar que el precio pagado por Asturias, para que la sociedad española se democratizara sin sobresaltos, ha sido el más oneroso de cuantos haya pagado el resto del país. A cambio de unas relativas libertades democráticas -digo relativas porque la derecha neofranquista se encarga de que así sean- entregó gratuitamente la riqueza de su tradicional patrimonio industrial, y algo que es mucho más grave todavía: su histórica cultura del trabajo, acumulada durante años por la sucesivas generaciones de trabajadores que hicieron posible que Asturias fuera durante un siglo, por lo menos, una poderosa región española minerosiderúrgica.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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