Sabemos que la fuerza y la leyenda el mítico Hércules no es precisamente lo que adorna al líder del PP, Mariano Rajoy; pero el líder de la oposición haría bien en emprender reformas y relevos en el seno de su partido si de verdad quiere convertirse en alternativa creíble y con posibilidades de victoria frente al presidente Zapatero y el PSOE, en este tiempo de incertidumbres en el que crece la abstención y donde los ciudadanos esperan encontrar certezas y mensajes claros y coherentes antes de tomar una decisión en las distintas convocatorias electorales que se van a desarrollar en este año 2007 y principios del 2008. A decir de nuestros líderes políticos y sus respectivos altavoces, los españoles estamos a mitad de camino entre la derecha extrema y la extrema idiotez, lo que facilita la bronca y el gran desencuentro de las primeras formaciones políticas nacionales en un tiempo en el que los partidos nacionalistas —incluido el pro etarra Batasuna— han alcanzado cotas de protagonismo e influencia política determinantes en la gobernabilidad y reforma del modelo del Estado por la vía de hechos consumados, que escapan a cualquier intento de reforma de la Constitución como debería ser obligado. La responsabilidad del Gobierno de Zapatero en este nuevo mapa político es decisiva y en parte obligada, no en vano su estabilidad en el Gobierno depende de los apoyos parlamentarios de ERC, PNV, CiU e IU, y ello le obliga y condiciona sus posiciones hasta el punto de no sólo hacer de esta necesidad virtud sino hasta identificarse con los nacionalistas de tal manera que llegó a desbordarlos en sus reivindicaciones. Le ocurrió con el primer Estatuto catalán que aprobó el Parlamento de Cataluña (con los votos del PSC-PSOE) y que luego hubo de ser rectificado con la ayuda de CiU. De igual manera que el PNV, con su discurso de “primero la paz y luego la política”, le obligó a Zapatero a rectificar el rumbo de su entreguista negociación con ETA que no pudo culminar y cuyo final es harto conocido, o cuando el PSOE con la intervención de Rubalcaba consiguió enmendar el discurso ambiguo de Zapatero en el Congreso de los Diputados cuando allí se presentó el Plan Ibarretxe.
Del disenso imperante entre el PSOE y el PP en cuestiones fundamentales nace lo que se suele llamar la crispación, y de ella se suele beneficiar, por el cansancio de los más informados o ilustrados electores que deambulan por el centro sociológico español, la abstención, que fue la gran triunfadora del referéndum de Cataluña. Un precedente que anuncia el crecimiento en España, si las cosas siguen como van, de este fantasmagórico ejército de abstencionista que no ven en Zapatero ni Rajoy el liderazgo, el proyecto y las maneras adecuadas para salir de esta absurda dualidad en la que nos encontramos y en la que no está en juego la ideología, o la prioridades de Gobierno de las políticas que de verdad interesan y afectan de cerca la vida de los ciudadanos (vivienda, seguridad, paro, créditos, educación, etc.), una vez que la política económica viene a ser la misma, como ocurre en la mayoría de las naciones europeas de nuestro entorno, aunque ello no se reproduce en la acción exterior. Está en juego mucho más: el modelo de Estado y de la convivencia nacional.
Zapatero tiene el poder y en un régimen parlamentario y partitocrático como el español eso significa mucho, porque permite la acumulación del Ejecutivo, Legislativo, Judicial, los medios de comunicación y grandes influencias sobre la banca y las empresas en las que el Estado tiene capacidad de regulación (energía, telecomunicaciones, transportes, etc.). Además, aunque a regañadientes, el presidente mantiene unido a su partido, a pesar de que lo ha descapitalizado en dirigentes —reduciéndolo a su liderazgo y José Blanco—, y goza de la imagen del hombre bueno, dialogante, progresista y pacificador que él mismo se ha fabricado. Imagen en la que la retirada fulminante de tropas españolas desplegadas en Iraq —y poco a poco trasladadas a Líbano o Afganistán— le sirvió a Zapatero como la prueba de su compromiso con la paz, luego ampliada a la Alianza de Civilizaciones, el plan de paz para Oriente Próximo y la negociación con ETA disfrazada de “proceso de paz”. Una serie de iniciativas legislativas de corte social y progresista —matrimonios gays, ayuda a la dependencia, ley de la igualdad, mejoras a jubilados, autónomos, etc.— redondean el discurso del “buenismo” que, al margen de los grandes errores que ponen en tela de juicio el modelo de Estado y la convivencia ciudadana, le permite a Zapatero mantener una expectativas de voto que no consigue superar el PP.
Entre otras cosas porque este partido está aún por celebrar el congreso de su verdadera renovación, que le permita poner un punto y aparte en dirigentes, ideas y proyectos con la pasada etapa de Aznar, sus luces y sus sombras, y con el trauma nacional de aquellos atentados del 11M, mal gestionados por el último Gobierno del PP y en especial por el gabinete de crisis en el que figuraban en un primer plano, imborrable de la memoria, los dos dirigentes del PP que aún acompañan a Rajoy en la dirección del partido, Acebes y Zaplana. Los que cuentan con altos índices de rechazo social, modales y habilidades en contra de Rajoy en las batallas internas de poder dentro del PP —Madrid y Valencia, por ejemplo—, que son deslealtades tan notorias como sus intrigas a favor de los medios más reaccionarios de la derecha —El Mundo y la COPE—, que están empeñados en que el PP no abandone el traumático pasado del 11M, sobre el que estos políticos y publicistas de cabecera han montado la teoría de la conspiración.
La que tanto beneficia a Zapatero, al PSOE y a sus bases electorales, a las que movilizan con gran facilidad este bronco sector del PP. Los Acebes y Zaplana que, para justificar lo que fue su catastrófica gestión del 11M bajo la dirección de Aznar, y El Mundo y la COPE, que no cesan de alentar la sospecha conspirativa y el mensaje de unas elecciones fraudulentas en el 14D del 2004, lo que les otorga a estos medios el título de campeones de la derecha y los lanza ante la opinión pública como máximos intérpretes y portavoces del PP, en menoscabo de la moderación y de la verdad.
Convirtiendo a Rajoy en el rehén de esta pinza política y mediática sobre la que vuela, con pasadas furiosas y rasantes, el propio José María Aznar, tal y como lo acabamos de comprobar en su aparición en San Sebastián. Y todo ello completado con una vulgar e indecente campaña contra ABC, pilotada desde la COPE de la Conferencia Episcopal, y una maquiavélica estrategia manejada desde la dirección de El Mundo que consiste en, con una mano, lanzar a Rajoy como un obús contra Zapatero y, con la otra, cuando llega la hora de la verdad en el atentado de ETA del 30 de diciembre en Barajas que pone en evidencia el fracaso de Zapatero, dándole masaje al presidente del Gobierno, ocultando primero su responsabilidad y anunciando después a los cuatro vientos, con una encuesta de dudosa fiabilidad, su derrota en el debate parlamentario sobre el atentado etarra.
El PP es, después de los nacionalistas y a su pesar, el mejor aliado de Zapatero, quien ha conseguido además que Rajoy se ponga al frente del sector más duro del partido, para así vestir esa “derecha extrema” de la que se mofan en el PSOE con bastante razón y de la que el presidente del PP dice ahora estar muy orgulloso porque “sus convicciones” le obligan a tomar ese camino, aunque le dañe electoralmente. Nadie le ha pedido a Rajoy que renuncie a sus convicciones, sino a los malos modales y a medir sus tiempos —cosa de lo que presume— con más inteligencia y menos visceralidad. Pero el verdadero mal de la derecha, extrema, moderada, confesional o liberal —ahora Rajoy también se acaba de subir al carro zaplanista de la Constitución de 1812—, está no sólo en los errores y en la mala estrategia o mala imagen de sus dirigentes, sino en los cimientos de esta nueva etapa del PP que siguió al omnipotente liderazgo de Aznar, del que no se han liberado.
Y, aunque sabemos que en la sede central del PP no piensan rectificar y que confían más en los errores de Zapatero y en el regreso de ETA que en sus propias iniciativas, hay cosas que se deberían rectificar y que merecen el adelanto del congreso del PP que está previsto para el otoño:
1. La confirmación del liderazgo de Rajoy con un proyecto y programa político que vaya más allá de sus trabajos y conferencias políticas sectoriales sobre política económica y social, inmigración, seguridad y modelo de Estado, que marque un vocación clara de conexión con el centro político, la juventud y profesionales. Y que permita una mejora de la relación del PP con formaciones nacionalistas más moderadas como CiU, el “PNV de Imaz”, Coalición Canaria, los andalucistas del PA y los regionalistas de Cantabria, entre otros.
2. El relevo inmediato de los más notorios portavoces y dirigentes del PP de los tiempos de Aznar y del Gobierno del 11M. Tanto en el cardo de la secretaría general que ostenta Acebes, como en el de portavoz del PP en el Congreso que ocupa Zaplana, quien además no oculta nada su deslealtad al PP de Valencia. Como ambos dos han participado en las luchas personalistas de Madrid a favor de Aguirre —su particular candidata a la presidencia del PP— y contra Gallardón.
3. Reconocimiento definitivo y contundente de los resultados electorales del 14D del 2004, eliminando toda denuncia de trampa electoral, como todavía insinúan algunos dirigentes y publicistas del partido.
4. Supresión de toda iniciativa política y parlamentaria de cuanto les hace partícipes de las teorías conspirativas de los atentados del 11M, por más que se enfaden los medios bronquistas que agitan semejante conspiración y que luego dan amparo a Zapatero tras el atentado de Barajas.
5. Reconocimiento explícito de los errores cometidos por el Gobierno de Aznar a propósito de la guerra de Iraq y las mentiras que justificaron el apoyo de España al conflicto y el envío de tropas a la fase de ocupación del territorio iraquí, tal y como lo han hecho, al menos en parte, los gobiernos de Bush y Blair.
6. Recuperación en la dirección del PP de los dirigentes del máximo prestigio y la mayor influencia y capacidad de organización del partido —organización que está manga por hombro bajo la égida confusa de Acebes— como Rodrigo Rato, Francisco Álvarez-Cascos, Cristóbal Montoro, Luisa Fernanda Rudi y nuevos y jóvenes dirigentes y profesionales.
7. Ofrecimiento de un mayor protagonismo a dirigentes del PP más comprometidos con el centro como Gallardón, Camps, Herrera, Piqué y Arenas.
8. Recuperación de un lenguaje y unas maneras más moderadas y lejos de todo lo que supone agresiones personales —como las del propio Rajoy a Zapatero— o de los disparates de algunos dirigentes que son aprovechados por el PSOE para dar la imagen de una derecha crispada y extrema. La pésima administración de la crisis de la bomba de ETA en Barajas, negándole menor apoyo, ni siquiera en lo personal, al presidente del Gobierno, impidiendo la presencia de dirigentes del PP en la manifestación de Madrid y exigiendo un debate que se volvió contra el PP por causa de las descalificaciones personales, son un ejemplo flagrante del mal hacer y la peor estrategia.
9. Cambio de una política informativa que hasta ahora se ha revelado ineficaz porque se prima a los periodistas fanáticos del PP, en vez de conseguir llegar a los que tienen credibilidad y capacidad de influencia en el centro. Eliminando de la órbita del PP a los profesionales de la bronca, autores de vídeos tan negativos como el reciente de la Seguridad y otros que han salido de la fábrica de FAES. Y punto final a iniciativas políticas y también económicas como las que han puesto en marcha Acebes, Zaplana y Aguirre para primar a los medios de su entorno y discriminar o censurar a otros medios y profesionales de prestigio, y todo ello con el silencio y la complicidad consecuente de Rajoy.
10. Búsqueda en el mundo de la cultura, el pensamiento político y sociológico, la empresa privada, la Universidad, el deporte y juventud de personas de prestigio e influencia social que mejoren y centren la imagen del PP y unan su nombre y esfuerzos para recuperar la estabilidad constitucional y la convivencia nacional.
Naturalmente, Rajoy y el PP podrían hacer estas y otras muchas cosas para salir de su actual círculo si es que quieren convertirse en alternativa de verdad, porque no sólo son ellos los que tienen que decir lo que son y lo que pretenden, sino que deberían ser vistos y apreciados por una mayoría de la sociedad como alternativa razonable y moderada al principal problema que tenemos planteado, que tiene su anclaje en la escasa capacidad política de unos gobernantes cuya dependencia del nacionalismo que no acata el marco constitucional, que conculca a diario la legalidad y nos conduce a horizontes inciertos de inestabilidad y enfrentamiento social. Si el PP no es capaz de dar el giro al centro, la abstención triunfará y las cosas, en la política, seguirán más o menos como están. O aparecerá, ya lo verán, un nuevo partido de centro a nivel nacional, oriundo del PP en votos y dirigentes, o de nueva y creadora factura. El ejemplo de Ciutadans en Cataluña nadie lo debería olvidar. Entre otras cosas porque el cansancio de la actual bronca entre el PSOE y el PP no sólo afecta al electorado de centro indeciso sino también a sectores de la izquierda y la derecha con que toda seguridad apoyarían una nueva iniciativa si las cosas siguen como van.

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