Vayamos más allá de la sátira a la que invitan las recientes declaraciones de Imma Mayol declarándose "antisistema" desde el sillón oficial. La misma rara patología, por cierto, que la de un mandarín del negocio audiovisual que se enfada si se le describe como empresario. Lo de Mayol no se trató de un lapsus sino de un guiño electoralista para reforzar los lazos con ese segmento de electores que se mueve por querencia al fetichismo progre ultramoralizante y decorativo. Queda claro que este tipo de proclamas son incomprensibles para los votantes de la izquierda mayoritaria, la que no puede permitirse frivolidades porque su responsabilidad la hace realista, previsible y gerencial como el alcalde Hereu. O como otros nuevos alcaldes que el PSC se ha sacado de la manga. Hay que dar tranquilidad a la parroquia cuando la aluminosis de la marca PSC avanza, a pesar de que los socialistas controlan hoy todos los niveles de administración que pesan sobre la vida de la mayoría de los ciudadanos de Catalunya. Una decadencia tan aguda como soportable mientras pueda vivirse desde el poder.
Las palabras absurdas de Mayol iluminan el tipo especial de poder que informa la sociedad catalana. Fuera de Catalunya no es imaginable (salvo en la Venezuela de Chávez) que un político con mando en plaza y control sobre el erario público diga algo equiparable a lo que ha salido de la boca de la vicepresidenta de ICV. En Madrid, París, Berlín o Londres no se toleraría. Tampoco en Vitoria, por hablar de una autonomía donde los homólogos de ICV también gobiernan. ¿Por qué Catalunya genera y digiere este nivel de impostura oficial? Porque tenemos un poder diferido, menor y limitado, a pesar de nuestra historia milenaria y de contar con instituciones que no nacieron ayer. Este poderbonsái facilita la corrupción del sentido de las palabras y la relación fraudulenta de éstas con la realidad. Los poscomunistas chapotean en este caldo.
El éxito de ICV ha consistido en alejarse de la realidad lo suficiente para dejar que ésta sea, dentro de la izquierda, un asunto de exclusivo manejo del PSC. Los de Saura han sido hábiles al comprender que Catalunya es el gran paraíso del impostor ideológico que prescinde de los hechos y habita sólo en el discurso. ¿Dónde fue a parar esa mirada seria del extinto PSUC que supo leer, bajo el franquismo, la realidad tan bien como Jordi Pujol desde el campo contrario? Está claro: al PSC, a Convergència, a la empresa privada y a casa. Joan Saura, que procede de la vieja cultura del PSUC, prefirió olvidar lo que sabía e inspirarse en los verdes y los alterglobalizadores para ofrecer un chiringuito electoral cuya función básica es encauzar la mala conciencia de algunos sectores que se sienten más "progres" que "de izquierdas". El negocio es conocido: ICV canjea sus votos de "esquerra de debò" por los cargos que le regala el PSC, sin por ello dejar de pescar en los movimientos sociales, dentro y fuera del sistema. Se puede, a la vez, parasitar al PSC por arriba y aprovecharse de los alternativos por abajo. La frase genial de Mayol hace explícito, sin querer, este cambalache.
Al PSC le preocupa el avance de ICV en las elecciones al Parlament. ¿Solución? Poner a Saura al frente de la Conselleria d´Interior, la más alejada de la música celestial de los poscomunistas y lo más parecido al poder de verdad que tiene la Generalitat. El PSUC habría estado encantado con ello, pero ICV está en falso porque ha crecido alejándose de la realidad. Ahora, su líder debe enfrentarse con la realidad más fea y no sabe cómo. Por eso su mayor esfuerzo diario es negar los hechos, mientras la inseguridad crece y crece.

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