¿Sirvió para algo la victoria de los demócratas en las últimas elecciones en Estados Unidos? A la vista de los proyectos de Bush y de sus seguidores, merece la pena plantearse la cuestión. Hasta la fecha, el resultado de esa victoria ha sido, sobre todo por parte de los demócratas, pedir investigaciones sobre los problemas de corrupción. Salvo las valientes declaraciones del senador Edgard Kennedy, comparando la situación actual en Irak a la de antaño en Vietnam y otras de unos diputados sin verdadero peso dentro del partido demócrata, no existe un consenso real en la nueva mayoría sobre lo que hay que hacer frente a Bush y a su guerrero vicepresidente Cheney, responsable de la destrucción de Irak. A muchos observadores les parece la situación bastante curiosa, pues todos los sondeos demostraban que el fracaso de los republicanos era debido, en esos comicios, a la estrategia de Bush en Irak. El aspirante a la candidatura demócrata para las próximas presidenciales que tenía la posición más clara en contra de la guerra, el senador demócrata Barack Obama, al anunciar su posible entrada en campaña electoral eludió hablar sobre la situación en Irak. No apoyó la propuesta de Kennedy de cortar los créditos militares para impedir el aumento de las tropas en Irak, aunque varios diputados de su partido piden esa medida. Hilary Clinton, probablemente próxima candidata oficial de los demócratas a las presidenciales, tiene una posición más que tímida sobre el asunto. No promete cortar los créditos al Ejército norteamericano en Irak, sino cortar la ayuda al Gobierno iraquí si éste sigue favoreciendo la «confesionalidad» de las fuerzas de policías y del Ejército iraquí. Lo que es, según el famoso dicho, pedir peras al olmo.
¿Qué es lo que explica la actitud coincidente de Bush y la de los demócratas? Por supuesto, no obedecen a las mismas razones. En contra de las propuestas del informe Baker y en vez de preparar un giro estratégico sobre Irak retirando las tropas (más de 1.400.000 soldados), el presidente norteamericano incrementó el contingente con 20.000 soldados más, intensificando la represión y apoyando a un régimen iraquí no representativo de la diversidad multiconfesional del país. Paralelamente, el Ejército norteamericano en la región se refuerza cada día con tropas nuevas y naves de guerra, sobre todo en la península arábiga. Parece como si los Estados Unidos estuvieran preparando una ofensiva de gran envergadura en contra de Irán, considerado a la vez responsable del desarrollo de la guerra civil en Irak y una amenaza para el aliado israelí. Las maniobras clásicas de la diplomacia norteamericana se despliegan con mucha intensidad: viaje de Condoleezza Rice a Oriente Medio y probable encuentro bajo mando norteamericano del presidente de la Autoridad Palestina con los israelíes; reunión de los aliados árabes de los países del golfo, también bajo mando norteamericano, con posiciones duras ante el «peligro» iraní; amenazas del nuevo secretariado de Defensa americano, Robert Gates, en contra de Irán; cambio en el Ejercito americano de los generales que fracasaron en Irak, y que ahora piden la retirada, y llegada al frente del Ejército de generales partidarios de la guerra total, etcétera...
En resumidas cuentas, el Gobierno norteamericano da más la impresión de que se está preparando para una guerra que para una retirada de Irak. Los grupos partidarios de esa opción son conocidos: los republicanos neoconservadores (versión fanática de la extrema derecha americana) y los grupos de presión proisraelíes, cuyo objetivo es desencadenar una guerra en contra de Irán, considerado, después de la destrucción de Irak en la que participaron, como la única amenaza seria en contra de la política israelí en la región. ¿Es posible un ataque combinado americano-israelí?, ¿lo puede hacer Bush? Al menos no tiene nada que perder ahora. Y sobre todo porque ha actuado, hasta la fecha, no como un jefe de Estado políticamente responsable, sino como un ideólogo de tipo mesiánico, sentado sobre el Ejército mas potente del planeta.
Respecto a los demócratas: ¿por qué se muestran tan puerilmente temerosos frente a Bush? Primera razón, el papel importante de la comunidad proisraelí dentro del partido. Este partido es un partido de «comunidades» y de «minorías»: judíos, hispanos, italianos, afroamericanos y varias otras. El conjunto hace que el interés general sea concebido más como un compromiso entre ellas dentro del partido que como algo que tiene que ver con todos los ciudadanos del país. Ahora bien, la comunidad proisraelí juega un papel clave y varios de sus representantes dicen que el partido puede perder el voto «judío» si ataca la postura de Bush sobre Irán y Irak. No se puede verificar esa aserción, porque también hay muchos judíos en contra de la guerra, pero da miedo a los dirigentes del partido. Además, el «lobby» judío es en realidad mucho más un lobby proisraelí que específicamente judío y conlleva muchos grupos de interés no judíos.
Por otra parte, es especialmente destacable el hecho de que los demócratas no tienen una política alternativa a la de Bush. Pueden pedir una retirada ordenada, pero saben que va a provocar la caída inmediata del gobierno de El Maliki en Irak y que la guerra civil se puede transformar en el estallido de toda la región. Por supuesto hay otra alternativa, que sería la retirada total y la puesta bajo mando de la ONU de la transición iraquí, con el apoyo de los países árabes, un régimen constitucional que reconociera derechos iguales a los sunitas en Irak, el pago de la reconstrucción del país destrozado por el Gobierno norteamericano etcétera... Pero los demócratas no pueden aceptar esta solución porque apoyaron la invasión y la guerra. De hecho, al haber sostenido a Bush, se encuentran hoy en día prisioneros de sus propias contradicciones.
Mientras tanto, la opinión pública se radicaliza en contra de la guerra. Si Bush decide una nueva intervención, calentando la atmósfera con un discurso apocalíptico sobre la «amenaza nuclear» iraní (todos los especialistas, empezando por Mohammed Baradaï, el director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, saben que antes de entre siete a diez años, los iraníes no pueden conseguir el arma nuclear) va a tener problemas serios para conseguir el apoyo de su opinión pública. Total: tanto el Gobierno como la oposición son incapaces de ofrecer una salida seria a la aventura sangrienta de Irak. Lo más probable, cualquiera que sea la estrategia elegida por Bush, es que todo eso acabe, tal y como teme el senador Edgard Kennedy, con un fracaso final. Un callejón sin salida para Estados Unidos: el peor castigo en contra de la estupidez en política.

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