OBSERVATORIO

Los mensajes tranquilizadores sobre el explosivo asunto de la vivienda emitidos por los responsables del Gobierno, con el ministro de Economía, Pedro Solbes, a la cabeza, parecen haber excitado aún más los ánimos de los especuladores bursátiles españoles. Cuanto más evidente es que los títulos del sector inmobiliario están poseídos por una burbuja peligrosísima, más se empeñan esos empresarios en aumentar la presión al alza.

Estos últimos días hemos vuelto a presenciar nuevos episodios, siempre más exuberantes que los anteriores. Ofertas de compra de empresas por un precio que duplica al de seis meses antes, cuando ya se consideraban una locura, son un fenómeno cotidiano en el parqué español. En la mayoría de los casos asociados con extrañas fugas de información, calentones y vertiginosos ascensos previos de los precios. Episodios claros de mercadeo con la información privilegiada que sigue campando a sus anchas para vergüenza de los reguladores del mercado.

Siempre es difícil saber cuál será el momento preciso en el que el desastre acabará alcanzando a un mercado dominado por la fiebre del oro, pero de lo que no hay duda es de que ese instante funesto llegará.

No es fácil contraponer la racionalidad a las pasiones que desata la magia de la multiplicación de panes y peces que siempre encarnan las subidas de las acciones en la bolsa, pero el mercado español está sin duda en la fase previa a la gran caída. Y que nadie piense que cuando llegue el abismo se abrirá sólo para las acciones de las inmobiliarias y las constructoras. Prácticamente todo el Ibex, en el que está lo más selecto de las empresas españolas, está ya contaminado por la avaricia de los tiburones del siglo XXI.

Como enseña la historia de la especulación y las manías financieras, tan difícil es predecir el momento del crac como el motivo que lo desencadenará. En unos casos, ha sido una información errónea o un simple rumor infundado; en otros la intervención imprecisa de una autoridad o regulador; en otros la simple constatación de que lo que estaba ocurriendo era una locura.

Independientemente del detonante, las burbujas siempre acaban sepultando en su debacle a los últimos en llegar, que compran a precios imposibles a los listos que salen corriendo sin apagar la luz, y a los pequeños inversores que creen, incautos, que los ricos son más listos y que si están en un mercado al rojo vivo sus razones tendrán.

La cuestión última en los desplomes bursátiles es que siempre los que se tienen por más listos piensan que sabrán saltar a tiempo. Tenga cuidado con los alardes de vanidad.