IDEAS Y DEBATES

Todo libro de Ángel Viñas, a partir del que sacudió el ambiente erudito con el provocador título La Alemania nazi y el 18 de Julio - y como ha ocurrido con su decena de libros lanzados aquí y fuera de aquí- siempre cae en el lago de un mundo circunscrito y dado al refrito. Me parece oportuno traer hoy aquí a este hombre radicalmente joven que irrumpió en su día con el número uno en el distinguido cuerpo de los Técnicos Comerciales del Estado y que más tarde desempeñó a fondo varios años de sus servicios en Bonn, de donde surge su fluidez de palabra, entresacada de algunas prosas de Walter Benjamin.

Sus deberes en el cuerpo le llevaron poco después a conseguir brillantemente la cátedra de Economía Aplicada en la Universidad de Valencia y también a desempeñar su gestión como director general de ordenación universitaria. Sin olvidar su labor en misiones diplomáticas en el FMI, en Bruselas y en Nueva York.

Lo que resulta notable e incluso sorprendente es el hecho de que Ángel Viñas mientras rozaba el sí, ministro ha conseguido llegar y hacer doctrina. Dejaré para otra ocasión el comentario de su destacado libro De Francisco Franco a Felipe González. Los pactos sobre EE. UU.(Crítica, Barcelona 2003). Hoy quisiera simplemente llamar la atención de expertos y aficionados, para que se comprenda una afirmación sólida que surge entre el surtido de pseudohistoriadores, muchos de ellos como Sancho en la isla de Barataria.

No puedo dejar de recordar una solemne advertencia que me hizo uno de mis maestros: don Ramón Carande. Allí, en su despacho sevillano me dijo: "Estapé, tenga usted en cuenta, ahora que tiene la cátedra tan cerca, la necesidad de que recuerde mi criterio: lo primero es enseñar a los alumnos a distinguir entre los manuales y los pedales".

Lástima, que don Ramón no siga entre nosotros para lamentar el manoseo que se está haciendo de la Historia, hasta rozar la pornografía. Varias semanas llevo en mi refugio leonés, disertando - tranquilamente, eso sí- para que se sepa que Ricardo de la Cierva ha perecido en un mar de confusiones, desde el análisis del Vaticano a la perduración de la masonería en España (¡qué error, qué inmenso error!) y que no son historiadores merecedores de ese nombre, César Vidal, Pío Moa, Carlos Ávila, Isabel Durán ni, finalmente, el inefable Serafín Fanjul, quizá el más desnortado de todos.

Una exudación

Y no me quedaría tranquilo si alguien entre ustedes cree que esto no es más que una exudación de viejo cascarrabias; viejo, es posible e inevitable, pero cascarrabias, en absoluto, ya que si así fuera no podría percibir la alegría que produce observar a los gigantes que acaban en pitufos. Finalmente, quisiera recordar algo del tema que insinué el domingo pasado: quiero insistir en que cuando me ha llegado la ocasión de hablar de una mosca, al decir que tiene seis patas, no la he injuriado, simplemente me he limitado a describirla.

Mientras tanto, les recomiendo sinceramente que dediquen unas horas a leer la última obra de Ángel Viñas, La Soledad de la República (Crítica, Barcelona 2006). Ya en su introducción, Ángel advierte que va a analizar "el abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética". Es un gran libro, inicio de una trilogía que ocupará un lugar destacado en ese anaquel singular que, como decía Paul Preston, ayudará a pensar y valorar el dramático pasado que comenzó, como decía mi compañero Nicolás Ramiro Rico (El Animal Latino), al preguntársele por el probable final del régimen: "muy sencillo, chapoteando en sangre como comenzó".