EL RUNRÚN
El hombre marca un número de teléfono y saluda a su interlocutor: "Envíame para mañana ocho Valerias, cuatro Irinas y cinco Ivanas porque me llegan muchos clientes". Busco algún rastro que ratifique su pertenencia a una mafia de la prostitución eslava, pero parece un tipo normal que lee a Paul Auster y habla por teléfono en las salas de espera de los aeropuertos. "Ni Dinas ni Vanis, tampoco me pongas gladiolos ni amapolos". El cambio de familia de palabras y de género me produce tal estupor que empiezo a mirarlo hasta que se dé cuenta de lo sospechoso que resulta. Sustituyo la hipótesis del proxeneta por la de traficante de drogas. Creo que ya ha advertido mi pálida presencia y antes de despedirse añade: "Prefiero grandes lagos a naikkai". Anuncian que el vuelo lleva retraso y mi vecino de espera hace otra llamada. En tan sólo veinte segundos su misterio se desvanece: se presenta como jefe de compras de El Corte Inglés y emerge un eficaz seleccionador de vestidos de primera comunión -que la gente del gremio bautiza arbitrariamente con nombres de muñecas rusas o de flores, al igual que los tejidos y las tendencias-.
"El grandes lagos y el porto son tejidos de fondo de armario", me dice una experta con quien comento la noticia que publicaba La Vanguardia el día 24 acerca del éxito de una cadena de moda, La tienda de Lolín, que vende un millón de prendas al año. Su superventas, nada más y nada menos que el pantalón Montilla. Averiguo que no se trata de ningún estudio antropométrico del president, ni se ha efectuado un patronaje inspirado en su figura, sino que, caprichos del azar, es el nombre que escogió el fabricante para bautizar una gasa crepeada con un 2% de elastán, y en lugar de Montilla hubiera podido llamarse indistintamente Maragall, Pujol o Rita. Pero el verdadero éxito de este modelo no se debe ni a su nombre presidencial ni a su tejido, sino a que existe desde la talla 42 hasta la 54 -hasta hoy la talla 46 es considerada especial, o sea, para gente obesa-. De la misma manera que el gremio textil ha acuñado una nomenclatura anecdótica, donde el palabra de honor se acompaña del sombrero panamá y del estampado safari, también se ha acostumbrado a un tallaje tan caprichoso como sus nombres. Casi la mitad de los españoles ignora su talla, como si se tratara de un arcano ajeno a cualquier tabulación. La talla 42 es una 44 italiana, una 38 alemana y una 40 francesa. Hay firmas que a la talla 42 le ponen la etiqueta de la 40, aunque, en general, la talla 46 de antaño se ha reducido hoy a la 42. En muchos casos, tanto de mujeres como de hombres, el bajar o aumentar una talla, según el probador que se visita, repercute directamente sobre la autoestima, especialmente entre los más jóvenes.
En el 2003 la Comisión Europea fue consultada respecto a la falta de estandarización de tallas y respondió que no consideraba iniciativa alguna para normalizarlas a fin de no crear obstáculos al libre comercio en la UE. Esta semana, el Ministerio de Sanidad y Consumo español ha respondido a las demandas de los consumidores y ha firmado un acuerdo con las asociaciones y empresarios textiles para unificar las tallas. Su anarquía y su libre albedrío tienen consecuencias directas sobre la salud.
Decidir qué número se coloca en la etiqueta, hoy, parece una responsabilidad de más calado que el hecho de decidir qué nombre, puro antojo, se le pone a un pantalón.

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