EL RETO DE LA INMIGRACION

Una familia guineana revive la tragedia del hijo muerto en un cayuco

El pequeño cementerio de Candemba-Uri, en medio del bosque tropical, está tomado por las hierbas que en la temporada de lluvias, entre mayo y octubre, crecen imparables sin respeto por los muertos, y ahora amarillean secas por un calor húmedo, pegajoso, o enrojecen de polvo. El camposanto es un espacio sin delimitación física donde las mujeres no pueden entrar y los hombres lo hacen sólo después de recitar el Corán para rogar por el alma de los muertos. Las altas sombras de los mangos en flor forman la cúpula catedralicia del cementerio, y en el suelo, capas y capas de hojas muertas dan un aspecto engañoso de caducidad.

Pero nada pueden la pobreza extrema, la emigración, la enfermedad y la muerte contra la vitalidad de África. La familia Cande se resigna porque cree que el destino de Laovo era morir y sólo en la mano de Dios está la suerte de cada persona. La muerte cayó este verano sobre varias embarcaciones con inmigrantes rumbo a Canarias. Dentro de una de esas piraguas que viajan a la tragedia iban treinta hombres atenazados por el frío, la sed y el hambre. Fallecieron siete, entre ellos Laovo Cande, de 22 años, natural de Candemba-Uri, cerca de Bafatá, provincia de Guinea-Bissau. Los supervivientes fueron rescatados el 28 de julio a cien millas de Tenerife. Umaro Cande, que vive y trabaja como soldador en Bilbao desde hace seis años, ha luchado con la justicia española para hacerse cargo del cuerpo de Laovo y llevarlo a casa, ofrecerle un funeral digno y enterrarlo en el cementerio de su aldea. (Ver La Vanguardia del 11 de agosto del 2006). Finalmente, el cuerpo fue incinerado en Tenerife, y Umaro tuvo que conformarse con llegar a su pueblo con un enorme televisor, un DVD, un sintonizador de canales por satélite, una bicicleta...

Ésta es la crónica de lo que esconde la muerte de un inmigrante en un cayuco. Podría empezar con Umaro conmocionado en las morgues de Canarias tratando de reconocer entre cientos de cadáveres rescatados de los cayucos el cuerpo de su hermano pequeño. O con el llanto de la madre o la esposa de Laovo cuando recibieron la noticia de su fallecimiento. Pero empieza sobrecogido por la solemnidad del cementerio de Candemba-Uri. No es fácil describir la quietud de un camposanto en el bosque tropical, el suelo iluminado por rayos que se filtran desde la copa de los gigantescos mangos. Las tumbas están delimitadas por ramas secas clavadas en el suelo. El cementerio de altos techos sin paredes ha acogido siempre los restos de los Cande. Allí descansa Gurel Cande, padre de Mamadu, que vive en Lisboa; Aliu, que está en Bissau; Abdelrramane, en Candemba-Uri; Yide, en Gabú; Umaro, en Bilbao, y Laovo, fallecido. A este cementerio irán a parar un día los restos de Adama, su madre, casi consumida ya por los años y la dureza de esta vida. Pero nunca recibirá el cuerpo de Laovo, que fue incinerado en Tenerife por orden judicial. La incineración es un secreto que guarda Umaro porque los musulmanes no aceptan otra forma de exhumación que el entierro. El recuerdo de Laovo perdurará en Candemba-Uri, donde lo consideran un mártir por la supervivencia de los suyos. Cuando Laovo vivía nunca faltó nada en casa, recuerda su madre. Esta crónica de la muerte en una piragua sigue con la escena de cinco hombres que descargan un televisor entre las casas de una aldea sin electricidad que lo haga funcionar. El inútil aparato ha viajado miles de kilómetros de Bilbao a Barcelona, en barco hasta Dakar (Senegal) y sobre un coche, durante 20 horas por caminos impracticables, hasta Guinea-Bissau. Ahora permanece en un rincón a la espera del día improbable que puedan enchufarlo a un generador.

Umaro Cande vive en Bilbao y regresa a su pueblo sin el cuerpo de Laovo, pero cargado de regalos. Lo reciben con cierta frialdad, pero puede que sólo estén cohibidos por la presencia de periodistas blancos que van con él o, como dice Umaro, porque son poco dados a expresar los sentimientos. Sólo la luminosidad de los ojos indica que están felices. Los niños se arremolinan para darle la mano, las mujeres lo observan de arriba abajo, y los hombres le sonríen con admiración y envidia. La cuñada rompe el hielo al ofrecerle el primer puñado de arroz recién cocido con cebolla, que Umaro recibe con el cuenco de la mano y come. Es lo mismo que una bendición después del largo regreso a casa. Viaje de 800 kilómetros en un desvencijado Peugeot por carreteras como queso de gruyer y caminos polvorientos, paradas a medianoche en cruces donde gente sufrida ofrece al viajero algo parecido a un café con pan y huevos duros delante de una fogata, debajo de las estrellas. La llegada de Umaro a la aldea con profusión de regalos no hace más que avivar el ansia de emigración que ya caracteriza a los jóvenes. Todos quieren irse y miran a Umaro como a un héroe capaz de superar cualquier contratiempo. Fotografiarse con él es compartir su suerte.

Inútil del todo no es el televisor, símbolo más patente de la prosperidad traída de Europa. Inservible aún, vale para paliar la ausencia del fallecido Laovo. Más que alimentos, la obsesión de los habitantes de esta zona al emigrar es conseguir mejores condiciones de vida y, sobre todo, una casa que la lluvia y el viento no se lleven todos los años varias veces. Dicen que en ningún lugar del mundo llueve tanto como en la región de Bafatá. Guinea-Bissau, situado entre Senegal y Guinea-Conakry, es un país tan rico en recursos naturales, agricultura y ganadería principalmente, como pobre en su aprovechamiento. Eso empuja a miles de jóvenes a emigrar. Nadie sabe cuántos se han ido porque el país ni siquiera tiene un censo de población. Tulai Balde, la esposa de Laovo, va a tener pronto otro marido, y el hijo, Idrisi, de tres años, sabrá que su padre era un buen trabajador que murió cuando buscaba el dinero necesario para hacer una casa nueva, de bloques en vez de adobe, con techo de zinc y no de paja. Las mujeres Fula no pueden estar sin un marido, así que Tulai dejará de llorar como ahora por la ausencia de Laovo. Mientras llega su boda, ella tiene que vivir bajo la tutela de su padre, y la casa de paredes de adobe y techo de ramas que compartía con Laovo es utilizada sólo por las gallinas. Nadie se atreve a derribarla ni a ocuparla de nuevo.

La aldea la forman una veintena de chozas dispersas, dos de las cuales las ha hecho construir Umaro Cande con el dinero enviado desde Bilbao, donde trabaja de soldador. Una vivienda para toda la familia y otra, aún en obras, en la que vive Abdelrramane, único de los siete hijos que parió Sira que sigue en Candemba-Uri: los demás emigraron a distintos puntos de Guinea-Bissau o Europa. Conocer a la familia Cande es un lío por la poligamia y la endogamia que caracterizan a los musulmanes de la etnia fula, a la que pertenece. Para no confundir, en resumen, Laovo, el fallecido en la piragua, era Cande como su padre, pero de distinta madre que Mamadu, Aliu, Abdelrramane, Sila y Umaro. La madre de éstos es Sira, y vive junto a la carretera. La madre de Laovo es Adama, que reside en una de las casas del interior del bosque. Sira y Adama comparten ahora a Gañá Cande como marido. Gañá es un honorable anciano, alto y seco, con ojos hechos a las lágrimas. Yarama es la palabra Fula con la que los Cande dan las gracias a los visitantes por haber venido tan lejos y a una tierra tan pobre. Yarama repiten a todas horas con ojos cálidos. Después de una interminable sucesión de saludos que empieza con yamiali,buenos días, y yantande,la respuesta, anuncian que la familia Cande ofrece a los invitados el sacrificio de una vaca. El encargado de dar muerte al animal es Aliu, el mayor en ausencia de Mamadu, que está en Lisboa. Corta el cuello del animal, y un río de sangre rosada corre por la tierra. Unas ramas de cayú (árbol del anacardo) evitan que la fuerza de la sangre salpique al coro de niños que observan la muerte. Una bandada de más de treinta buitres espera en los árboles que llegue su momento para el banquete.