LA TERRAZA
Los miércoles, me parece que ya se lo he contado, tengo por costumbre ir a almorzar a Casa Leopoldo con un grupo de amigos: periodistas, un director de teatro, un abogado, un paleta -ambos anarquistas-, un chocolatero... A eso de la una me compro la prensa extranjera en el quiosco de Canaletas y me instalo en la barra del Boadas a tomarme un par de wiskeys, mientras me fumo un habano y hojeo los periódicos. A las dos menos cuarto abandono la hospitalaria barra del Boadas, bajo por la Rambla y al llegar a la calle del Hospital me meto en ella y me adentro en la Casbah camino de Casa Leopoldo, que como ustedes saben se halla en la calle de Sant Rafael, casi esquina con la Rambla del Raval, en la esquina donde asesinaron al Noi del Sucre.
Durante ese recorrido, que suelo hacer en un cuarto de hora o veinte minutos, paso por un par de plazas, la de Sant Agustí y la del Canonge Colom. La de Sant Agustí es una plaza grande, y la del canónigo, muy chiquita. Ambas plazas dan a la calle del Hospital y tienen una característica en común: ambas albergan la estatua de una gloria del teatro catalán. En la plaza de Sant Agustí, la estatua, un busto, del actor Iscle Soler, y en la del Canonge Colom, situada frente al teatro Romea, la de la actriz Margarida Xirgu. La estatua del actor Soler, una cabeza y unas espaldas en lo alto de un pedestal, no tiene nada de particular, podría ser el rostro de un tendero del barrio o de un regidor de la Lliga. En cuanto a la de la actriz Margarida Xirgu, obra de un tal E. Serra, ya resulta más problemática, por no decir inquietante. Y peligrosa, porque como pueden ver ustedes en la fotografía que me ha regalado Pilar Aymerich y que ilustra esta crónica, ese pincho en forma de brazo, o de lo que sea, puede causar un disgusto a más de un gato aficionado al teatro catalán.
Pero, si bien ambas estatuas son muy distintas entre sí, no obstante tienen mucho en común, amén del parentesco teatral. Tanto una como otra suelen soportar con resignación la mierda de las palomas, y más la pobre e inquietante Margarida, que, por hallarse situada en la placita del Canonige Colom, atrae, haciendo honor a su nombre, a un buen número de esas simpáticas aves. Pero, además, ambas estatuas se han convertido a su vez en dos parkings de bicicletas. Frente a la estatua del actor Soler, han colocado unas placas para que la gente pueda aparcar allí sus bicicletas, y alrededor de la supuesta estatua de la Xirgu, como puede verse en la fotografía, ocurre otro tanto. Y en el caso de la actriz, no sólo son las bicicletas, sino que algún que otro miércoles, al pasar por allí, he podido ver a un top-manta que desplegaba su mercancía justo al pie de esa horrible estatua, cubriendo con su sábana la inscripción que figura grabada en el suelo y que reza así: "La Gran Margarita Xirgu Actriz de Inmaculada Historia Artística Lumbrer..." (el resto de la inscripción resulta ilegible, pues la cubren unos hierros, restos, al parecer, de unas obras recientes).
Yo no sé lo que pensarán los señores del Romea, los señores Bieito, Canut y toda la pesca, pero yo cuando paso por delante de ese teatro y veo la porquería en que se ha convertido ese supuesto homenaje a la gran Margarida Xirgu, con la mierda de las palomas, las bicicletas y el negrata del top-manta, se me revuelven las tripas. Y si a ello le sumo la cabeza, no menos enmierdada, del "ciclista" Frederic Soler, el Pitarra de la Rambla, frente al Cosmos, convertido en urinario, y el Guimerà vecino a la iglesia del Pi, al que en más de una ocasión he visto representar el papel de víctima resignada de un alegre botellón, pues, la verdad, se me cae la cara de vergüenza y me pregunto de qué sirve levantar (cuando la levanten) una Ciutat del Teatre -con su plaza Margarida Xirgu convertida en parking, esta vez de coches-, o un mastodóntico Teatre Nacional, si la sensibilidad y el honor, sí señores, el honor, de nuestros teatreros son incapaces de indignarse y de rebelarse ante hechos tan lamentables como los de la plaza Sant Agustí y el Canonge Colom.
Por parte de padre, yo soy hijo del teatro catalán, y de pequeño me enseñaron a respetarlo. De mi padre aprendí quién fue Iscle Soler y quién fue Margarida Xirgu, y siguió siéndolo en su exilio, hasta que un día quiso regresar y se encontró con la bilis de César González-Ruano y se asustó. De pequeño aprendí a llamar "señora" a la actriz Maria Vila y ya más mayorcito acompañé su cadáver desde el Romea, donde estaba expuesto, hasta la iglesia de los Josepets. Esas cosas formaban parte de mi educación como futuro espectador. Del mismo modo que cuando mis padres me llevaban a las matinés de la Comedia Francesa me adoctrinaban sobre la historia de aquel teatro, sobre la tropa de Molière, sobre las estatuas y cuadros que allí se exponían. El teatro también es historia, que en nuestro caso es rica, y muy popular, y merece un respeto. A ciertos amigos míos de Granada, forofos de Lorca, les caería la cara de vergüenza, de vergüenza ajena, si viesen el lamentable estado en que se encuentra el homenaje a la Xirgu en la plaza del Canonge Colom.
Cuando murió mi madre y liquidamos el piso de la Bonanova en que yo había vivido con mis padres desde que regresamos de Francia, había en la biblioteca un busto de bronce de mi padre, obra del escultor Llauradó, que cedí al Teatro Romea, a la sazón Centre Dràmatic de la Generalitat. Me pareció lo más normal. ¿Qué mejor sitio que el Teatro Romea, donde mi padre había estrenado tantas obras? Se lo entregué a Domènec Reixach y él lo colocó en el hall del teatro, justo en la puerta de acceso a la platea. Y allí estuvo mucho tiempo, hasta que un buen día nombraron a Domènec director del Teatre Nacional y le dije que se llevase con él el busto. Un Teatre Nacional tampoco es mal sitio para albergar la cabeza del autor catalán más popular después de don Àngel Guimerá. Durante un tiempo el busto estuvo en el despacho de Domènec mientras buscaba un lugar donde exhibirlo. Sergi Belbel sustituyó a Domènec Reixach en la dirección del teatro, y este estío, mientras veraneaba en Espot, se me acercó un chico, que se me presentó como empleado de aquel teatro, el cual me dijo: "¿Ya sabe que su padre está en el Ikea?". Yo me quedé la mar de sorprendido. ¿En el Ikea? Hasta que el chico me aclaró que así es como llaman en el Teatre Nacional a la sala donde guardan el atrezzo para los montajes. Es decir, que el busto de mi padre estaba allí, junto a un presbiterio, un patíbulo, un mico disecado y unos cuantos orinales, en espera de hacer su aparición en una comedieta del señor Belbel o del señor Benet i Jornet.
Como ya se pueden figurar, me cabreé. Y aprovechando que el señor Joan Francesc Marco, consejero delegado del Teatre Nacional de Catalunya, había tenido la gentileza de mandarme un ejemplar en el que se recoge la historia de los primeros diez años de ese teatro, le llamé, agradeciéndole el libro, y le puse en conocimiento de que mi padre se hallaba encerrado en el Ikea. El bueno de Marco tampoco sabía lo que era el Ikea. Se lo expliqué y le dije que buscara un lugar más decente para exhibir la cabeza de mi padre. Me propuso la sala de juntas, donde se reúnen los señores del teatro. Yo le dije que la estatua era para que la viese el público, como ocurría en el Romea. Me dijo que se lo pensaría, y al poco tiempo me llamó para decirme que ni él ni los señores del TNC habían encontrado ningún lugar donde colocarla. "Ya sabes tú lo raro que es ese teatro", me dijo. Y tan raro. Total, que le dije que me devolviera la cabeza, que ya encontraría yo donde colocarla. Y lo he encontrado: en el bar del Ateneu Barcelonès. Estoy convencido de que después del feo que le han hecho a mi padre en el TNC, éste se va a sentir la mar de satisfecho y contento en el bar de una casa que fue la suya, que me enseñó a quererla como me enseñó a querer el teatro, y en cuya biblioteca escribió más de una de sus piezas teatrales. Es, además, lo mínimo que puedo hacer en agradecimiento a mi buen amigo Àngel Teixidor, el responsable del bar, el cual se ha sacado de la manga un cóctel que tiene mucho éxito y que ha bautizado con el nombre de Sagarra . El Sagarra es un combinado de vermú y de picón, con un chorrito de sifón. Vamos, lo que antes se llamaba una pera, y que yo todavía pillé en el Términus. Así que ya lo sabes, amigo Marco: haz el favor de mandarme cuanto antes el coco de mi papi, que hace un mes que lo espero. No sea que acabe enmierdado como el pobre Iscle Soler, que el tuyo es un teatro muy raro, amigo Marco.

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