En la última asamblea de este miércoles en Can Vies, casa okupada cerca de la plaza de Sants, uno de los grandes temas de debate fue si en las fiestas se seguían comprando barriles de Moritz o bien se recuperaba la relación comercial con Damm.

El margen de ganancia era muy similar y uno de los presentes recordó un incidente desagradable con la distribuidora de la cervecera controlada por Demetrio Carceller. Moritz seguirá en el centro okupa, así como las latas de Coca-Cola, a pesar de ser uno de los símbolos más odiados por la retórica anticapitalista que impera en esas casas.

A la pregunta de por qué uno es okupa, Quim, del barrio de Sants y con un hurón en el hombro, dice sin tapujos: “Porque me da la gana”. En cambio, Albert Martínez, miembro de la Asamblea de Okupas de Barcelona, rechaza que le tilden de “antisistema” y prefiere hablar de “practicantes de la alterpolítica”.

El movimiento okupa barcelonés es un mosaico fragmentado en el que se mezclan estudiantes, técnicos informáticos, educadores sociales, artistas por vocación y hasta bomberos. Desde adoradores de la autogestión hasta repetidores incansables de la frase del socialista utópico Proudhon: “La propiedad es un robo”.

No hay un retrato-robot, hay varios. Desde las rastas a las melenas con cola, pasando por los rapados de todo tipo. Se suceden los pañuelos palestinos y la ropa de montaña. Hay okupas con estudios universitarios y otros que no acabaron la secundaria. Ante el hecho de que varios de los integrantes de este movimiento procedan de buena familia la respuesta uniforme es: “Nadie escoge a sus padres”.

El Ayuntamiento de Barcelona está viviendo estos días un potente debate interno acerca de esta situación. Y mientras la tercera teniente de alcalde, Imma Mayol (ICV), se declara “antisistema”, el alcalde Jordi Hereu, socialista, dice que su compromiso es combatir el fenómeno. Prueba de ello es la idea de inventar los desalojos-exprés para ayudar a los propietarios. Hereu asegura que no quiere perderse en un debate ideológico y admite que “la cuestión es que haya una mejor y más rápida aplicación de la ley, que se defienda la legislación”.

Por su parte, los okupas tienen en común una característica: que creen que lo que hacen es por convicción, no por necesidad, y que no son, en ningún caso, unos aprovechados o unos delincuentes. Sobre este último término, la penalización de la okupación, en Barcelona hay más de 2.000 personas imputadas por delitos de usurpación.

Desde plantar habas y berzas a realizar clases de yoga para gente del barrio. A esto se dedican los okupas. En la capital catalana hay 165 “centros sociales autogestionados”, que es como denominan las okupaciones sus integrantes. Se calcula que hay más de 800 individuos en esas casas.

Buena salud de los ‘okupas’

Después de los Juegos Olímpicos de 1992, el fenómeno okupa despierta en Barcelona, sobre todo en los distritos de Gràcia y de Ciutat Vella. Actualmente, hay que añadir que Sants y Sant Andreu compiten en el ránking de casas okupadas.

Este movimiento goza de buena salud, sobre todo como respuesta al interés mediático que se le está dando. Prueba de ello es que la última reunión de la Asamblea de Okupas de Barcelona congregó a más de 50 casas de toda la ciudad.

¿Cómo acceden a los inmuebles?

Okupar una casa no es sencillo ni algo que sea espontáneo. Hay rastreadores del espacio abandonado. El primer paso que dan es ir al Ayuntamiento y cotejar los datos del registro. Además, también comprueban el estado fiscal del inmueble y confirman si se paga el IBI. Paralelamente, los okupas preguntan a los vecinos para que les indiquen el estado de la casa en cuestión. Finalmente, tienen en cuenta si el inmueble está afectado por un plan urbanístico, ya que eso les otorga la seguridad de que no habrá dificultades en la okupación, aunque tenga fecha de caducidad.

Lo que no dice el manual del okupa es cómo acceden a los servicios básicos como agua y luz. El acceso al gas lo solventan con bombonas de butano. Prefieren no explicar cómo “pinchan” la electricidad. Se conectan a un ramal común, y no de los vecinos, para evitar disputas con ellos y evitar más presión policial.

¿Qué hacen en las casas?

Los centros son de lo más variopintos y sus usos muy distintos. Can Masdeu, un gran edificio en Collserola que cuenta con más de 30 okupas, se dedica a la agricultura principalmente. Algunos de sus integrantes trabajan fuera de la casa y “hacen sus ocho horas”. No todos los okupas son gente que vive en los centros que administran sino que una gran parte dedican su tiempo a gestionar sus acciones.

Además de hacer actividades abiertas al barrio –talleres de teatro y de yoga, cinefórums–, también salen del centro y realizan actividades –a título individual– educativas en centros sociales. Hay 30 casas okupas que actúan como centros sociales en Barcelona. También son muy cotizados para hacer fiestas, incluso por parte de universidades y centros públicos.

La idea del Ayuntamiento de fomentar desalojos-exprés hace que algunos digan que “cada vez es más difícil ser okupa”. Eso piensan los más veteranos, ya que la población okupa envejece. Ahora existe un sector que pasa los treinta y empieza a tener hijos. En los últimos dos años, hay un baby-boom en las casa okupas ya que ha habido más de 30 nacimientos.