SABATINAS INTEMPESTIVAS

Los secretos son aquellas cosas que se explican pero no se cuentan. Digo que deben explicarse porque hay que encontrarles un motivo, incluso una razón para que se consideren secretos. Al fin y al cabo, qué demonios es un secreto, ¿acaso algo diferente a un club privado? Un secreto no va más allá de un juego privado para gente que está en el secreto. Prefiero no extenderme en por qué creo yo que a Barcelona le gusta llamarse la ciudad de los milagros, sin que tenga nada que ver con la literatura y Eduardo Mendoza. A toda ciudad con un peso fuerte de la menestralía y las clases medias le gusta mucho darse pisto. Yo nací en una de ellas, tan pequeña como soberbia, de esas que perfectamente podrían pasar por el sillón del psicoanalista y exigirle un precio por el privilegio de tenerla delante. Y en ese mismo sentido Barcelona es una capital devorada por el cáncer de la autoestima y el complejo, reciente, inexistente antes de que el pujolismo le diera a todo una pátina de exultante mediocridad. Esa dialéctica letal del qué opinan de nosotros/ nosotros somos especiales. Esta es una ciudad de secretos, no de milagros. Y los secretos dijimos que son como un juego de socios de un club. No conozco ninguna otra ciudad de España donde la diferencia entre lo que se sabe en el club y lo que se cuenta a la ciudadanía sea tan abismal.

Y entonces llega Kafka. Por un prurito nacido de su albacea Max Brod y algunos apresurados comentaristas literarios, la obra de Frank Kafka aseguran que refleja un mundo siniestro que de algún modo preludia lo que significaría el nazismo, el holocausto judío y los totalitarismos. Está muy bien, pero nada de eso es cierto sino por aproximación. Es decir, si tenemos en cuenta el final de la novia de Kafka, Milena, y lo que rodeó a la vida de algunos de sus íntimos, esto puede ser así, pero es un argumento a posteriori. A mí se me vino un mundo encima, o por mejor decir, se me cayó un tópico destrozándome todo el esquema, cuando supe que los amigos de Kafka le incitaban a leer sus relatos, porque se descojonaban de risa con sus excéntricas historias, y es más, el propio autor incitaba a la risa porque no era ningún sórdido personaje sino un tipo muy consecuente, poco hablador, divertido cuando tocaba, vegetariano y sionista a temporadas, amante lejano intimidado por la proximidad y el compromiso, dubitativo, elegante, y sobre todo, repito, sobre todo, muy educado. Frank Kafka era por encima de cualquier cosa un caballero, un caballero praguense, sin el cual la ciudad no sería hoy lo que es -me estoy refiriendo al icono turístico cultural-. Kafka es un laberinto, como escritor, como persona y como icono, porque no deja de tener su gracia que sea el más importante escritor checo de todos los tiempos... que escribía en alemán. Algo así como el rompecojones de todos los nacionalistas lingüísticos. Los filólogos nacionalistas son una variante de menor cuantía cultural pero de notable gasto público.

Estamos pues en que Barcelona es una ciudad de secretos y que Frank Kafka era un humorista sardónico -Borges, sin ir más lejos, es mucho más cruel en su literatura de lo que había sido Kafka; entre otras cosas porque era bastante más petulante, frustrado y resentido que el bueno de Frank-. Y entonces llegamos a la ciudad, a su meollo urbano, y hete aquí que nos encontramos con dificultades de expresión literaria. Atascados ante la impericia de narrar lo imposible, y no es que uno se desayune un día metamorfoseado en cucaracha o en renuente visitante de posada con derecho a pernocta, como en El Castillo, esperando que el señor insomne y lejano le permita al fin entrar y le consienta exponer sus quejas.

A mí la historia que me conmueve como a cualquier Kafka con pretensiones es la del propietario de la calle Urgell, que a la vuelta de un viaje subió a su casa y se encontró con la cerradura cambiada y cuatro chilenos dentro. Eso es una historia, y no los chistes del jajaja. Fijemos el marco, porque a mí todo esto me parece una ficción. El joven propietario del piso que le tocó en herencia llega y se encuentra su casa con otra cerradura y dentro cuatro individuos que afirman estar pagando un alquiler a una señora que asume el papel de dueña del local. No logro entender nada. A menos que todos engañen a todos, esto no tiene ningún sentido. El propietario denuncia su caso a la Policía, y a los Mossos d´Esquadra les lleva mes y medio la rigurosa investigación kafkiana. Y la juez esperando el informe para decidir. Y los ciudadanos, amigos de Kafka sin saberlo, perplejos ante una situación inimaginable hasta para una novelita de Borges.

El toque de color lo dan los chilenos, supuestos, como se suele decir aquí con arrogante reiteración, cuando iniciada la reconquista del piso por su propietario, denuncian a los medios de comunicación por acoso e instalan una bandera patriótica en el balcón. Confieso que lo de la bandera chilena en el balcón de la calle Urgell me ha conmovido. Pero aún no sé si estoy en Kafka o en Barcelona, lo único que sé es que casi todo, informativamente, está por hacer. ¿Quién es realmente el propietario? ¿Quiénes son los cuatro chilenos? ¿Se dedican al champiñón, a la petanca, o estudian diseño? No hay una tan notoria colonia chilena en Barcelona para que pasen desapercibidos. ¿Cómo se llaman de verdad y de dónde son? No es lo mismo ser de Valparaíso que de Chuquicamata, ser estudiante o ex presidiario. ¿Y quién les cobra? ¿Tiene cara y ojos? ¿O le pasan un recibo bancario por la Caixa?, lo cual sería un sarcasmo autóctono. Nadie precisa nada fuera de un rostro cubierto, no se sabe si por la vergüenza o por la desvergüenza.

Ahora estamos acercándonos adonde quería llegar. Hay tanto diseño que en el monte ya no todo es orégano sino dibujo, voluta, y lo que resta es secreto del club de los que saben. Los demás abstenerse. O sea que montamos una de órdago a lo grande por unos supuestos okupas que colocan la bandera chilena. ¡Qué gesto patriótico!.

Acabamos de empezar la campaña electoral para las municipales en Barcelona con las historias de okupas y estamos sensibilizando al personal para lo que nos espera en los próximos meses. Llevo años en permanente perplejidad ante la clase política catalana, y más aún, si cabe, respecto a la escuela de mandos del Ayuntamiento de Barcelona. ¿Alguien tiene la menor duda de que el Ayuntamiento de Barcelona es un vivero de la política española? No quiero decir que no sepa lo que hacen y menos sus intenciones, quiero decir que no entiendo cómo es posible mezclar de manera tan burda la incompetencia con las triquiñuelas corruptas, mezclado todo eso con la desgana y el desdén hacia la ciudadanía. El tema de los chilenos con bandera sobre un piso de la Barcelona mesocrática es un chiste que refleja la decadencia de esta ciudad; de unos poderes públicos que llevan mes y medio para aclararse sobre lo que deben hacer, y de los medios de comunicación que aún no han logrado contar qué diantre ha pasado.

Aún no estoy repuesto de la campaña publicitaria Barcelona, batega. Por más vueltas que le doy no logro encontrar el intríngulis, y a lo mejor es algo tan sencillo como que un puñado de listos del diseño y el presupuesto, no sabían qué hacer para gastarse el presupuesto, ¡y ahí va! Seguro que es culpa mía, pero no puedo entender que se pague una campaña para decir que Barcelona late, está viva, es genial, somos cojonudos... hecha para nosotros mismos. Yo creo que esta es la única ciudad que se otorga dosis de autosatisfacción con cierta periodicidad. Aquí tiene que haber mucho dinero que no saben cómo gastar, porque de otra forma sería como una apelación al terrorismo urbano. ¿Se creen ustedes que los Servicios Funerarios de la ciudad pueden programar ciclos de conferencias a 4.000 euros la charla? Servicios Funerarios para la cultura bien pagada. Ni Kafka lograba tal aportación al campo creativo.

O una de dos, o aquí nadie protesta por nada, o la protesta no aparece en los medios de comunicación, y cuando lo hace, es tan efímera que da la impresión que se corrigió el defecto al día siguiente. No soy historiador municipal pero me gustaría saber cuándo empezó la moda edilicia barcelonina de los zurullos de diseño. Me refiero a monstruosas excrecencias que aparecen en las plazas, o en las calles o en las casas. Ejemplo, estas navidades se instaló nada menos que en la plaza de Catalunya un inmenso zurullo blanco; los zurullos de diseño pueden ser de los colores más insólitos: blancos o color ala de mosca, que decían los novelistas del XIX. ¿Quién toma las decisiones que afectan a los ciudadanos? Ahora se va a construir un edificio singular, fashion total -pronúnciese en castizo, fachion- frente a la Pedrera por un arquitecto japonés para un empresario de la hostelería. Prefiero decir que no entiendo algo a que la tensión arterial me suba a cotas peligrosas. Pero hay cosas que me niego a creer que sean ciertas, porque son de chiste. Yo no me puedo creer que una organización cultural de raigambre y suculenta subvención como Òmnium Cultural haya cumplido misión tan intelectualmente elevada como denunciar a Horchatería La Valenciana porque no tenía el preceptivo rótulo en catalán, por lo que ha sido multada con 200 euros. Aunque ya estoy curado de espanto, me cuesta creerlo.

Lo peor que le puede pasar a las autoridades de esta ciudad y de este país y de este mundo nuestro rico y zafio, es que te tomen la medida; un viejo truco popular para sortear las intemperancias del poder. Un conocido restaurante mexicano de Barcelona ha puesto en la entrada, y bien visible, un cartel inspirado en Cantinflas: "Perdoneu el nostre català, ja estem rebent lliçons els dijous de 5 a 6 PM".