Domingo 21 de enero. El autocar sale de Elgoibar puntual, como cada domingo que la Real Sociedad juega en Anoeta. Sus pasajeros, todos fieles seguidores del equipo donostiarra, se conocen de esta liturgia que este año les está dando más disgustos que satisfacciones. Sin embargo, todos ellos van animados, dispuestos a ver un triunfo de los suyos ante el Valencia. También Arnaldo Otegi, quien ese día ha decidido tomarse un respiro y acudir al estadio a ver al club del que es socio. Le acompaña su hija adolescente, por la que siente -dicen los que le conocen- “verdadera debilidad”. Dos horas de fútbol, una de sus pasiones desde pequeño, con las que intenta evadirse de esa frenética actividad política que despliega desde que el pasado 30 de diciembre una furgoneta bomba de ETA enterrara bajo toneladas de escombros la vida de dos personas y un proceso de paz en el que sólo él y unos pocos aún creen.
Los políticos vascos que han hablado con Otegi después de aquel trágico día aseguran que le ven preocupado, desorientado. No deja de repetir a unos y otros que él no sabía que se iba a producir el atentado. Insiste que, pese a éste, aún hay tiempo para “reconducir la situación”. “Sabe que su tiempo político se acaba y, lo que es peor, también que su futuro cercano puede estar en una cárcel”, asegura un parlamentario vasco que ha compartido con él debates en la Cámara de Vitoria. Un panorama nada halagüeño que, sin embargo, no le ha hecho cambiar un ápice su forma de comportarse. “Se le ve optimista, como siempre, a pesar de la que está cayendo”, afirma una persona que con la que ha coincidido en varias ocasiones estos últimos días.
Aseguran los que le conocen que Otegi intenta mantener la normalidad de antes del atentado y que no ha cambiado sus costumbres. Sigue saliendo a pasear por los montes que rodean su pueblo, a montar en bicicleta, a pasarse por la sociedad gastronómica y a tomar vinos -rosados los pide él- con sus amigos. Continúa siendo el buen conversador de cine, literatura y fútbol que afirman que es. Y mantiene ese trato exquisito con las mujeres que le lleva a pagar siempre a él. Incluso aseguran que no ha dejado ese punto de coquetería que le hace vestir -a diferencia de la mayoría de sus compañeros de la mesa nacional de Batasuna- ropa de marca, con cierta debilidad por la del diseñador Adolfo Domínguez.
Una aparente normalidad que no impedirá que en breve empiece su peregrinar por los tribunales de Justicia. El Supremo y la Audiencia Nacional tienen en marcha siete causas contra él. Por una de ellas, la abierta por sus declaraciones en un acto de homenaje a la etarra Olaia Castresana, muerta cuando manipulaba una bomba, tendrá que sentarse en el banquillo de los acusados el próximo 21 de marzo. En privado reconoce su preocupación por la situación judicial a la que se enfrenta. Sabe que si vuelve a la cárcel, se acabará su papel protagonista, que tendrá que ceder el bastón de mando a otros, a los que queden fuera, y que con ello volverá al anonimato, al oscuro anonimato.
De Elgoibar a la clandestinidad
El mismo anonimato que disfrutó en su infancia y adolescencia en Elgoibar, donde había nacido el 6 de julio de 1958. Donde sus padres, Ascensio Otegi y María Dolores Mondragón, le llevaron a una ikastola clandestina para que aprendiera bien el euskera. Donde se aficionó a la lectura de la mano del fraile que le daba clase de Literatura en el Colegio del Pilar. Donde vio truncarse de crío sus sueños de futbolista tras chupar banquillo partido tras partido en el equipo local. Donde le apodaban con cierta sorna El Gordo, mote que aún recibe, por su entonces acusada delgadez. Y es que allí, en Elgoibar -y también en la vecina Eibar, donde estudió bachiller-, Otegi nunca dio muestras de liderazgo ni tan siquiera de activismo político.
Por eso, cuando a los 19 años desapareció tras caer en su pueblo un comando de ETA, muchos se sorprendieron. No sospechaban que aquel joven educado y poco dado a llamar la atención hubiera decidido dar el paso. Y, sin embargo, lo había dado. Desde entonces, la Policía y la Guardia Civil fueron engordando su ficha policial con sospechas de su participación en todo tipo de atentados. Desde el secuestro del político Javier Rupérez, al asalto al Hospital de Basurto para liberar a otro etarra, sin olvidar robos de vehículos, atracos a armerías y bancos, y el intento de capturar a Gabriel Cisneros que acabó con el dirigente de la UCD tiroteado. Sospechas, porque cuando la Justicia pudo sentarle en el banquillo de los acusados en 1987, sólo le pudo probar su participación en el secuestro del empresario vitoriano Luis Abaitua. Seis años y un día de cárcel le cayeron.
Pero hasta que llegó ese momento, Otegi permaneció seguro en la clandestinidad en Francia. Allí decidió cambiar los polis-milis por ETA militar. Un paso que le permitió codearse con algunos históricos de la banda armada, entre ellos Domingo Iturbe Abásolo, Txomin, y, a la vez, ascender en el organigrama de la banda hasta hacerse con el control del aparato logístico, según las fichas policiales a las que ha tenido acceso El Confidencial. Al Sur del país vecino, tras sus pasos, marchó su novia de toda la vida, Marijuli Arregi, con la que tuvo allí su primer hijo, Hodei, en mayo de 1982. Y también al otro lado de la muga supo por primera vez qué se siente al ser detenido. Fue en 1983, pero las autoridades galas le dejaron en libertad pocos días después. Cuatro años más tarde no tendría tanta suerte. La Policía francesa lo capturó y le hizo cruzar la frontera esposado. Lo esperaba la Guardia Civil. El 13 de julio de 1987 ingresó por primera vez en prisión.
Entre rejas estaba cuando el Gobierno de Felipe González abrió en 1989 las negociaciones de Argel. Se enteró por la televisión, junto a otro preso etarra, Iñaki de Juana. “Nos miramos los dos y nos preguntamos: ‘¿hemos ganado, no?’, ‘pues parece que sí’”, recuerda de aquel día en el libro-entrevista Mañana, Euskal Herria. Sin embargo, aquel proceso se vino abajo y él fue uno de los primeros presos afectados por la política de dispersión que a partir de ese momento aplicó el Ejecutivo socialista. Inició así un periplo carcelario que le llevó a las cárceles de Alcalá Meco, Herrera de La Mancha, Huelva, Sevilla, Almería, Granada, Carabanchel... con una huelga de hambre de doce días incluida. Un peregrinar que terminó el 4 de octubre de 1990, al ser puesto en libertad provisional.
Sin embargo, poco antes de poder celebrar su primer año en la calle, la Guardia Civil lo detuvo para que terminara de cumplir la condena por el secuestro de Abaitua, que ya era firme. San Sebastián, Ciudad Real, Herrera de La Mancha, Zaragoza y Huesca son las cárceles por las que pasó en veinte meses. Su expediente penitenciario, a cuyo contenido ha tenido acceso este diario, no refleja incidentes de aquellos días. Tampoco permisos. Únicamente que realizaba labores de auxiliar de limpieza y que, gracias a estos trabajos, consiguió redimir 493 días de su condena. Suficientes para salir a la calle en mayo de 1993. Ya en aquella segunda etapa entre rejas, varias fuentes consultadas le recuerdan como un líder nato, siempre dispuesto a mandar escritos a los directores de las cárceles reclamando tal o cual derecho. Un ejemplo: en Huesca, exigió para él y los otros reclusos de ETA cubiertos diferenciados para que no se mezclaran con los del resto de los internos.
El ascenso político
A su salida en libertad, volvió a Elgoibar, donde comenzó a trabajar en el bar de la familia. También fue el inicio de su actividad política. Así consiguió que, en las elecciones autonómicas de octubre de 2004, HB le incluyera en las listas por Guipúzcoa, en el séptimo puesto. No salió elegido por un solo escaño, pero la condena de seis años de cárcel de su compañera de candidatura Begoña Arrondo le abrió las puertas de la Cámara de Vitoria sólo unos días más tarde. Cuando tomó posesión como parlamentario, dejó sobre su escaño siete claveles rojos en recuerdo de los últimos fusilados del régimen de Francisco Franco, cuya aniversario se cumplía precisamente aquel día.
A pesar de este gesto, su protagonismo en la política vasca aún tardó en llegar. Exactamente, tres años. Fue en febrero de 1997, cuando protagoniza en el Parlamento de Vitoria un duro debate con el entonces consejero vasco de Interior, Juan María Atutxa, a raíz de la actuación de la Ertzaintza en una manifestación abertzale que se saldó con tres heridos por disparos. Otegi, buen orador, sorprendió a un Atutxa que no puede contenerse y le espetó: “En sus ojos existe una gran dosis de odio”. El diputado batasuno encontró rápidamente una afilada respuesta: “Yo a usted no le odio. Seguramente, usted a mí sí”.
A partir de aquel momento, Arnaldo Otegi salió del anonimato. El resto de las formaciones vascas empezaron a prestar atención a ese joven que apuntaba maneras de líder en una izquierda abertzale cuyos veteranos dirigentes comenzaban a darse cuenta de que había llegado el momento del relevo generacional. La Justicia le dio el último empujón a su carrera política en febrero de 1998, al ordenar el ingreso en prisión de los entonces miembros de la Mesa Nacional de HB por la difusión de un video de ETA. Otegi entró a formar parte de la gestora provisional y a compartir el papel de portavoz con otro joven que empezaba a despuntar, Joseba Permach.
Los acontecimientos se sucedieron a partir de ese momento con rapidez. HB pasó a llamarse Euskal Herritarrok. Otegi firmó el Pacto de Lizarra. ETA anunció una tregua indefinida. Y, en las elecciones de octubre, la izquierda abertzale consiguió los mejores resultados de su historia. Todo el mundo señalaba al joven de Elgoibar como el artífice. La prensa empezó a llamarle el Gerry Adams vasco. Y ni siquiera la puesta en libertad en julio de 1999 de la anterior dirección batasuna consiguió apartarle de la dirección del partido y del primer plano mediático.
Sin embargo, todo el castillo se viene abajo cuando ETA anunció a finales de ese año el fin de la tregua y volvió a matar poco después. Euskal Herritarrok sufrió un fuerte descalabro en las elecciones autonómicas de 2001. Una pequeña parte del partido se desgajó en Aralar. Y la Justicia lanzó una ofensiva contra la izquierda abertzale y sus dirigentes que acabó finalmente con la ilegalización de Batasuna y la apertura de numerosos procesos contra sus integrantes. Sin embargo, Otegi consiguió mantenerse al frente del partido y apostó por reabrir un canal de comunicación con los socialistas vascos, con los que ya se había reunido en secreto durante la tregua.
De Txillarre a la frustración
Es ese canal el que dio pie a sus reuniones secretas con el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, en el caserío Txillarre, de Elgoibar. Años de encuentros en la sombra entre ambos desembocaron, primero, en la célebre propuesta de Anoeta de noviembre de 2004 y, año y medio más tarde, en una nueva tregua de ETA. Otegi volvía así a situarse como el hombre clave del proceso que se abre. José Luis Rodríguez Zapatero llega a calificarle como “hombre de paz” e, incluso, le hizo llegar el mensaje de que si el diálogo avanza llegaría un día que lo recibiría a los pies de la escalera del Palacio de La Moncloa. Nada parecía ya capaz de eclipsarle. Ni siquiera los procesos abiertos contra él en la Audiencia Nacional y que, por dos veces, le volvieron a llevar a una cárcel en 2006 por cortos periodos de tiempo. Todo parecía ir sobre ruedas.
Sin embargo, la ETA que dirige su amigo José Antonio Urrutikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera, le dio un primer tirón de orejas a comienzos del verano de 2006. Nada de legalizar unas nuevas siglas como Otegi se había comprometido en sus encuentros con los socialistas. Meses después, a finales de octubre, le llegó el segundo rapapolvo. A la banda armada no le gustaba el acuerdo que él y Rufi Etxeberría acababan de alcanzar con PSE y PNV en las reuniones de Loyola para constituir una mesa de partidos. La banda le dejó en evidencia al obligarle a cambiar de discurso y endurecerlo.
En ese momento se inicia su declive. Rápidamente Otegi deja de ser ante los ojos de los otros partidos vascos el líder capaz de llevar a la izquierda abertzale a la otra orilla. Muchos empiezan verlo como un simple correveidile de los etarras sin capacidad de decisión. El 30 de diciembre, cuando se encuentra reunido con su amigo Eguiguren en el mismo caserío donde iniciaron los contactos para intentar reactivar el proceso, una furgoneta bomba mata a dos ciudadanos ecuatorianos en el aeropuerto de Barajas. El proceso de paz queda destruido, y con él, la escasa credibilidad política que le quedaba. No sabía nada. La banda armada había tomado la decisión y ni siquiera se la había comunicado.
El sol hace tiempo que se ha ocultado, cuando el autocar trae de vuelta a los seguidores de Real Sociedad. Ya no hay la alegría de la partida. Su equipo ha caído 0-1 ante el Valencia y no consigue salir de los puestos de descenso. Otegi y su hija regresan a su casa, en el barrio El Polígono. Les espera Marijuli, su gran apoyo, sobre todo ahora que ve que cada día que pasa la posibilidad de “reconducir” el proceso de paz está cada vez más lejos. Quizá sabe también que ésta era la última ocasión para ser el Gerry Adams vasco.

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