Teniendo en cuenta que en la, por otra parte, idílica naturaleza las criaturas vivientes se dedican, como principal actividad, a devorar a otras más débiles e indefensas, considerando que las menos agresivas no cesan de arrancar la hierba o las hojas con los dientes, en vez de dejarlas crecer a su libre antojo, viendo cómo hasta los en apariencia tranquilos árboles se pelean, literalmente se azotan sin cuartel pero a cámara lenta con las raíces, podemos sacar por lo menos dos conclusiones. Una, que no vivimos en el mejor de los mundos pero casi.
Dos, que la competición por el poder es, de entre las maldiciones de la humanidad, la más reacia a dejarse moderar, no digamos remodelar, por la civilización y sus más amables formas de coexistencia.
Tanto es así que, de lograrse un modo o receta para orillar, ni que fuera en parte, la dichosa competencia por mandar sobre los demás y aprovecharse de ello mediante el disfrute exclusivo de múltiples ventajas, no sólo se vería facilitado el camino a la solución de numerosas lacras, como el hambre y las matanzas, endémicas en un futuro previsible, sino que lograríamos incrementar la riqueza, repartirla mejor, combatir al mismo tiempo el cambio climático y, agárrense, incrementar en mucho la eficiencia de las administraciones públicas.
Tengo, pues, para mí que nos quejamos, no sin razón, ¡alto!, de las consecuencias, principalmente de las que nos afectan, en vez de atacar las causas de tantas molestias evitables como debemos soportar, con el añadido de la irritación, que a su vez repercute en las relaciones con cuantos nos rodean, ya sean familiares, compañeros o vecinos -en el caso excepcional de que los tengamos-. Con toda propiedad los más avispados publicistas llaman héroes de la vida cotidiana a quienes, de hecho la gran mayoría, tratan a sus semejantes con educación en vez de ladrarles como correspondería, de no mediar dicha heroica sobreposición a tanta agresión por parte de las autoridades, porque en el fondo la no solución, o hasta el empeoramiento, de no pocos problemas, arremete contra nuestro estado ánimo, volviéndolo cuanto menos intranquilo.
Tantos como se presentan, tan pocos como se resuelven, menos aún de modo satisfactorio. Aún peor, cuántos de dichos problemas o molestias, irritantes por evitables, se resolverían de salir a la luz. Suerte tienen los administradores de nuestros impuestos que el espacio y el tiempo de los medios de comunicación sean limitados, de que los más avispados periodistas se dediquen a hablar de política, aunque de vez en cuando sea mal, como hoy y aquí, en vez de incrementar los espacios de denuncia, e incluso que cuando denuncia hay, que la hay, sean tantos los nuevos focos de atención como para que, si un día se habla de lo que nos afecta y perjudica, luego no se vuelva a mentar, para fastidio de los sufrientes ciudadanos y regocijo del alto cargo o el técnico superior en su despacho.
Tonto parecería si estropeara la presente redacción con algún ejemplo, pues ya se sabe que descender a la realidad, evaluar decisiones sopesando consecuencias con espíritu ecuánime, es menos agradecido que ironizar con cierta voluntad de estilo sobre las debilidades de la sociedad y sus estratos superiores. Así que, en lugar de hablarles de la ausencia de los mossos en Sant Cugat, que no de las carreteras, o de las redundantes averías de cercanías, o del verdín en las fuentes, o de recordar cómo ahora, después de años de protestas, los aviones, los mismos que salen de El Prat hacia los mismos destinos, han dejado de martirizar a los vecinos de Gavà Mar, insistiré para ir acabando en la causa de las causas, origen último de la ojeriza hacia ese poder cuyas consecuencias serían insufribles si no las sufriéramos a diario.
Tirando alto acertarán, pues la causa de las causas no es otra que la enunciada e incontenible propensión de los políticos a dedicar sus mejores energías a combatirse entre ellos. No sólo en el zafarrancho que se nos muestra, tanto en la arena parlamentaria como en el cuadrilátero de las declaraciones y contradeclaraciones, como en los propios medios, algunos de los cuales son verdaderos especialistas en azuzar las batallas políticas, por estériles que sean, cuando no a provocarlas directamente o participar en ellas como un luchador más, armado, eso sí, con cañones del calibre de las portadas. No sólo en el combate, digo, sino en la preparación de cada escaramuza, así como en la consolidación del terreno ganado y la recuperación del perdido. La política será salvaje mientras el poder sea un fin por sí mismo y no un instrumento para mejorar la sociedad, mientras no sea mal considerado y hasta castigado en las urnas pelearse por él como principal actividad de los líderes políticos y sus cohortes.
Tendríamos menos cosas de las que quejarnos si, a la espera de tan magno acontecimiento, se les impidiera trabajar más de cuarenta horas semanales. Seguro que las dedicarían a lo nuestro.

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